Los tres golpes volvieron a sonar.
Lentos.
Precisos.
Nadie habló.
Elena seguía sujetando mi muñeca, convencida de que mi pulso se apagaba.
Martín respiraba con impaciencia.
—No abras.
Todavía no.
La voz de la inspectora volvió a escucharse desde el otro lado.
—Señorita Lucía, necesitamos retocar el maquillaje antes de la ceremonia.
Elena respondió intentando imitar mi tono.
—Cinco minutos más.
La inspectora guardó silencio.
Después respondió con absoluta tranquilidad.
—Perfecto.
Esperaremos.
Aquellas dos palabras hicieron que Elena frunciera el ceño.
Ella esperaba insistencia.
No paciencia.
Cuando dejó de oír pasos detrás de la puerta, volvió a mirarme.
—Tenemos poco tiempo.
Agarró el cierre de mi vestido y tiró con fuerza.
El sonido de la tela rasgándose me atravesó el pecho.
Martín observaba la escena con los brazos cruzados.
—Hazlo rápido.
El abogado ya debe tener preparados los documentos.
Dentro de mi cuerpo el veneno seguía avanzando.
La garganta ardía.
Las manos comenzaban a perder sensibilidad.
Pero todavía podía mover un dedo.
Solo uno.
Debajo de la liga encontré el pequeño inyector transparente.
La doctora me había repetido aquella misma mañana:
—Cuando notes que empiezas a perder el aire…
No esperes.
Inyéctate inmediatamente.
Esperé un segundo más.
Necesitaba que siguieran hablando.
Necesitaba que la policía escuchara todo.
Elena soltó una carcajada.
—¿Sabes qué es lo mejor de todo?
Nadie distinguirá nuestros rostros bajo el velo.
Hoy todos me felicitarán por casarme con el hombre que siempre debió ser mío.
Martín sonrió.
—Y dentro de una semana venderemos las bodegas.
Después nadie recordará siquiera a Lucía.
Aquella frase era suficiente.
Hundí con todas mis fuerzas el inyector contra mi muslo.
El clic apenas fue audible.
El medicamento comenzó a entrar.
Elena dio un salto hacia atrás.
—¿Qué fue eso?
Abrí lentamente los ojos.
Respiré con dificultad.
Pero respiré.
Su expresión cambió por completo.
—No…
Eso es imposible.
Me incorporé apoyándome en la pared.
La adrenalina quemaba todo mi cuerpo.
Sentía el corazón desbocado.
Las piernas temblaban.
Pero seguía viva.
Martín retrocedió un paso.
—¡Levántate!
¡Detenla!
Elena intentó arrancarme el inyector.
La aparté de un empujón.
Por primera vez en años dejó de parecer mi hermana.
Solo parecía una desconocida aterrorizada.
Levanté lentamente la vista.
—Se acabó.
Martín corrió hacia la puerta.
Quería escapar.
Giró el seguro.
Antes de que pudiera abrirlo…
Sonaron otra vez tres golpes.
Esta vez mucho más fuertes.
La voz de la inspectora Vega ya no sonaba amable.
—¡Policía!
¡Abran inmediatamente!
Martín quedó paralizado.
Elena me miró desesperada.
—¡Diles que fue un accidente!
Sonreí por primera vez aquella mañana.
—No puedo.
Todo quedó grabado.
Los dos giraron la cabeza al mismo tiempo.
Miraron mi liga.
El pequeño transmisor seguía encendido.
Una luz verde parpadeaba entre los pliegues del vestido.
Comprendieron demasiado tarde que cada palabra había sido escuchada.
Martín perdió completamente el control.
Corrió hacia mí.
Intentó arrancarme el dispositivo.
No llegó.
La puerta explotó hacia adentro.
La inspectora Vega entró acompañada por dos agentes.
Detrás aparecieron Gabriel, el notario y la doctora.
—¡Nadie se mueva!
Martín levantó inmediatamente las manos.
Elena dio dos pasos hacia atrás.
Luego señaló el ramo.
—¡Fue ella!
¡Ella sola se intoxicó!
La inspectora ni siquiera respondió.
Uno de los agentes recogió cuidadosamente el ramo utilizando guantes.
La doctora observó mi cuello inflamado.
—Anafilaxia confirmada.
Necesita otra dosis y traslado inmediato.
Mientras un paramédico se acercaba a mí, Gabriel colocó una carpeta sobre el tocador.
—Inspectora…
Aquí están las auditorías informáticas.
Los contratos falsificados.
Las modificaciones bancarias.
Y las copias certificadas del borrador de venta preparado para ejecutarse después de la muerte de mi clienta.
El rostro de Martín perdió todo el color.
Pensó que el problema era el ramo.
No sabía que aquello era apenas el principio.
La inspectora abrió lentamente la carpeta.
En la primera página aparecía una transferencia realizada tres meses antes.
Beneficiario.
Elena Salcedo.
Concepto.
Pago inicial.
Debajo había otra.
Y otra.
Y otra más.
Todas provenientes de una empresa controlada en secreto por Martín.
La inspectora levantó la vista.
—Parece que la boda nunca fue el verdadero negocio.
Gabriel respondió con calma.
—No.
La boda solo era el paso final.
Porque, si Lucía moría hoy, la cláusula sucesoria del grupo empresarial entraba automáticamente en vigor…
Y antes de que pudiera terminar la frase, uno de los agentes levantó otro documento encontrado dentro del portafolio de Martín.
Lo leyó en voz alta.
—”Nueva beneficiaria única de la totalidad del patrimonio…”

El salón quedó en silencio.
El nombre escrito en aquella hoja no era el de Elena.
Era el de una mujer completamente distinta.
Y en ese instante, Elena comprendió que incluso después de ayudar a planear mi asesinato… ella también había sido traicionada.