Ocho semanas después entré a aquella boda con mi hija en brazos.
Adrian me vio desde el altar.
Primero sonrió.
Después miró a la bebé.
Y dejó de respirar.
Celeste también la vio.
—¿De quién es esa niña?
Saqué la prueba de ADN.
—De Adrian.
El salón entero quedó en silencio.
Su madre palideció.
Adrian bajó del altar.
—Mia… ¿es mi hija?
—Sí. La hija del hombre que me llamó estéril.
Intentó acercarse, pero retrocedí.
—Todavía falta algo.
Mi abogado entregó varias carpetas a los representantes de la empresa patrocinadora.
Extractos bancarios.
Transferencias.
Correos.
Documentos relacionados con la herencia de mi abuela.
El director financiero abrió uno y su expresión cambió.
—Celeste, estas cuentas aparecen vinculadas a nuestra compañía.
Adrian giró hacia su prometida.
—¿Qué hiciste?
Celeste empezó a llorar.
—¡Tú sabías lo que estábamos haciendo!
Ese fue su error.
Adrian quedó inmóvil.
Yo sonreí.
Habían pasado meses culpándome de no poder darle una familia.
Ahora, delante de todos, Adrian acababa de descubrir que ya tenía una hija…
y que la mujer con quien pensaba casarse podía ayudar a destruir mucho más que su boda.
Tomé a mi bebé y caminé hacia la salida.
Adrian corrió detrás de mí.
—Mia, espera. Podemos arreglar esto.

Me detuve.
—No vine a recuperar un marido.
Miré hacia el salón, donde sus socios ya hablaban con mi abogado.
—Vine a recuperar lo que me robaron.
Y seguí caminando.
Detrás de mí, la boda nunca llegó a celebrarse.