PARTE 2: LA INVESTIGACIÓN

Durante las tres semanas siguientes interpreté el papel de la esposa perfecta.

Desayunaba con Rodrigo.

Sonreía en las fotografías.

Asistía a reuniones familiares.

Incluso fingía planear nuestra luna de miel.

Cada noche él me besaba antes de dormir.

Y cada mañana yo enviaba nuevas pruebas a Esteban.

La auditoría secreta avanzó mucho más rápido de lo esperado.

Lucía consiguió acceso al correo corporativo de Camila gracias a una antigua asistente.

Treinta y siete correos electrónicos aparecieron en una sola carpeta.

Todos hablaban del mismo tema.

Empresas fantasma.

Facturas falsas.

Transferencias internacionales.

Y un mismo destinatario.

Beatriz Salinas.

Mi suegra.

Ninguno mencionaba mi nombre.

Ellos nunca imaginaron que terminarían convirtiéndose en la prueba de su propia caída.

Una semana después, Esteban llegó a mi oficina.

Traía otra carpeta.

—Encontramos algo peor.

Abrió los documentos.

Había contratos firmados por Rodrigo antes incluso de nuestra boda.

—¿Qué son?

—Acuerdos de garantía.

Fruncí el ceño.

—Si tú morías o perdías el control de la empresa, todas las acciones pasaban automáticamente a una sociedad administrada por tu esposo.

Sentí un escalofrío.

Ni siquiera esperaban el divorcio.

Ya tenían preparado otro camino.

—¿Crees que…?

Esteban terminó mi pregunta.

—No descarto absolutamente nada.

Esa misma tarde entregamos toda la información a la Unidad Especializada en Delitos Financieros.

La grabación.

Los treinta y siete correos.

Los contratos.

Los informes de la auditoría.

Los investigadores solo hicieron una pregunta.

—¿Está dispuesta a seguir fingiendo?

Asentí.

—Hasta el final.

Dos semanas después llegó la invitación.

La familia de Rodrigo organizaba una gran gala para anunciar la expansión internacional de su grupo empresarial.

Más de cuatrocientos invitados.

Empresarios.

Políticos.

Inversionistas.

Prensa nacional.

Era exactamente el escenario que necesitábamos.

La noche del evento, Rodrigo ajustó mi collar de diamantes frente al espejo.

—Esta será nuestra gran noche.

Lo observé sonreír.

—Estoy segura de eso.

Tomó mi mano.

Todavía llevaba el anillo de bodas.

Yo también.

Pero el mío ya no significaba matrimonio.

Era simplemente una prueba más.

Al llegar al hotel, los fotógrafos comenzaron a disparar sus cámaras.

—¡Señor Rodrigo!

—¡Señora Mariana!

—¡Miren hacia aquí!

Rodrigo saludaba con la confianza de un hombre convencido de haber ganado.

Dentro del salón levantó una copa de champán.

—Gracias por acompañarnos en este nuevo comienzo.

Los aplausos llenaron el lugar.

En ese instante las puertas principales volvieron a abrirse.

No eran nuevos invitados.

Cinco agentes de la Fiscalía Especializada entraron acompañados por dos auditores federales.

El murmullo recorrió todo el salón.

Rodrigo dejó lentamente la copa sobre la mesa.

Uno de los agentes caminó directamente hacia nosotros.

—¿Señor Rodrigo Salinas?

Él sonrió con naturalidad.

—¿Ocurre algo?

El hombre mostró una orden judicial.

—Queda formalmente notificado del inicio de una investigación por fraude corporativo, lavado de dinero, asociación delictuosa y conspiración para el despojo patrimonial.

Toda la sala quedó completamente en silencio.

Beatriz dio un paso atrás.

Camila dejó caer su bolso.

Rodrigo giró lentamente hacia mí.

Por primera vez desde nuestra boda, dejó de sonreír.

—¿Qué hiciste?

Lo miré con absoluta tranquilidad.

Saqué el anillo de bodas.

Lo coloqué sobre la copa de champán que él acababa de usar.

Y respondí con la misma calma con la que él había planeado destruirme.

—Solo le di a la justicia los mismos documentos que ustedes prepararon para destruir a mi familia.

Entonces el agente abrió una segunda carpeta y pronunció una frase que hizo palidecer incluso a los abogados presentes.

—Además, acabamos de recibir autorización para registrar todas las propiedades de la familia Salinas porque existe la sospecha de que el verdadero líder de la red nunca fue Rodrigo… sino su padre, fallecido oficialmente hace nueve años.

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