PARTE 2: LA HUIDA ANTES DEL PARTO

—Unidad de Protección Médica. ¿Cuál es su emergencia?

Apreté el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

—Mi nombre es Marina Whitmore. Estoy internada en el Hospital St. Gabriel. Creo que intentan usar mi embarazo para un procedimiento médico que nunca autoricé. Mi esposo está involucrado. Si vuelve antes de que salgan de aquí, no volveré a tener otra oportunidad.

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

Después, una voz firme respondió:

—No cuelgue. Ya enviamos un equipo.

Guardé el teléfono bajo la almohada justo cuando una contracción me dobló el cuerpo.

No era una falsa alarma.

Mi hijo quería nacer.

O quizá los dos.

Porque aquella frase del ecografista seguía golpeando mi cabeza.

“Los dos corazones laten con fuerza.”

Tres minutos después entraron dos personas con batas blancas.

No eran médicos del piso.

Llevaban credenciales azules que nunca había visto.

—¿Señora Whitmore?

Asentí.

—Necesitamos hablar con usted a solas.

La enfermera habitual intentó quedarse.

Uno de ellos levantó una carpeta.

—Orden de intervención emitida por el Comité Nacional de Bioética. El resto del personal debe abandonar la habitación.

La expresión de la enfermera cambió por completo.

Salió sin decir una palabra.

Cuando la puerta se cerró, la mujer abrió la carpeta.

—Necesitamos hacerle una sola pregunta.

Sacó varios documentos.

—¿Firmó usted alguna autorización para participar en un tratamiento experimental de ingeniería de tejidos cardíacos durante su embarazo?

Negué con la cabeza.

—Jamás.

Ella deslizó un formulario hacia mí.

En la última página aparecía una firma.

Mi firma.

O una imitación casi perfecta.

Sentí un escalofrío.

—Esa no la hice yo.

El hombre fotografió inmediatamente el documento.

—Eso era lo que necesitábamos confirmar.

Antes de que pudiera preguntar nada más, la puerta volvió a abrirse.

Adrian había regresado.

Traía una caja de la pastelería entre las manos.

Se quedó inmóvil al ver a los dos desconocidos.

—¿Quiénes son ustedes?

El hombre mostró su credencial.

—Unidad Nacional de Supervisión Médica.

La sonrisa de Adrian desapareció.

—¿Qué ocurre?

—Estamos investigando un posible procedimiento realizado sin consentimiento informado.

Vi cómo el color abandonaba lentamente su rostro.

—Debe tratarse de un error.

—Eso lo determinará la investigación.

Adrian dejó la caja del pastel sobre la mesa.

—Mi esposa está muy enferma. No pueden alterarla ahora.

Por primera vez desde que lo conocía, hablé antes que él.

—Quiero abandonar este hospital.

Adrian giró hacia mí.

—Marina…

—Ahora.

Su voz tembló.

—No puedes irte. El parto puede comenzar en cualquier momento.

—Precisamente por eso.

Él dio un paso hacia la cama.

—Escúchame…

—No.

Era la primera vez que lo interrumpía.

—Durante siete años siempre te escuché a ti.

Respiró hondo.

—No sabes toda la verdad.

Lo miré fijamente.

—Entonces empieza por decirme por qué alguien falsificó mi firma.

Adrian abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

El silencio respondió por él.

En ese mismo instante sonó la alarma del monitor fetal.

Los pitidos comenzaron a acelerarse.

Una enfermera irrumpió corriendo.

—¡La paciente está entrando en trabajo de parto!

Otra contracción me atravesó el abdomen.

Sentí un dolor insoportable.

La doctora revisó rápidamente los monitores.

Su expresión cambió de inmediato.

—No podemos esperar más.

Miró a todo el equipo y gritó:

—¡Quirófano inmediatamente!

Dos camilleros empujaron mi cama hacia la puerta.

Adrian intentó seguirnos.

Uno de los inspectores le bloqueó el paso.

—Usted deberá esperar aquí.

—¡Soy el esposo!

—Y también forma parte de la investigación.

Adrian forcejeó.

—¡Mi esposa me necesita!

Desde la camilla giré lentamente la cabeza.

Lo observé por última vez antes de que las puertas del quirófano se cerraran entre nosotros.

Y entonces vi algo que hizo que incluso el cirujano dejara de moverse.

La ecografía de emergencia acababa de aparecer en la pantalla principal.

La doctora levantó la vista hacia mí con una expresión de absoluta incredulidad.

—Señora Whitmore…

Su voz apenas era un susurro.

—No estaba equivocada la primera ecografía.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

La doctora tragó saliva antes de continuar.

—Usted no está embarazada de un solo bebé.

Hizo una pausa mientras todo el quirófano guardaba silencio.

—Va a dar a luz a gemelos… y ninguno de los dos tiene el corazón que aparece en los informes médicos de este hospital.

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