Fang Zhi Nhu sonrió.
Creyó que mi pregunta significaba que finalmente había cedido.
—A las nueve de la mañana.
Se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—No te preocupes. Nian Zhou ha pagado para que todo sea discreto.
—Después podrás descansar unos meses y empezar de nuevo.
Empezar de nuevo.
Como si pudiera borrar a mi hijo igual que se eliminaba una línea equivocada de un contrato.
Asentí lentamente.
—Entiendo.
La sonrisa de Fang Zhi Nhu se volvió más brillante.
Se levantó, acomodó su abrigo y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, giró la cabeza.
—Hermana Wan Ning, eres más inteligente de lo que pensaba.
La puerta se cerró.
Esperé hasta escuchar el ascensor.
Entonces me levanté.
Fui directamente al dormitorio y saqué la bolsa de tela.
Pasaporte.
Dinero en efectivo.
El documento de mi madre.
Un cambio de ropa.
Y todos los informes médicos que había guardado en secreto.
No tenía mucho tiempo.
Pero tampoco necesitaba escapar por la puerta principal.
Mientras Fang Zhi Nhu estaba conmigo, su conductor había dejado abierto el acceso al estacionamiento privado para subir varias cajas.
Era el único punto que el equipo de seguridad de Lu Nian Zhou no vigilaba de manera constante.
Me puse un abrigo ancho.
Después llamé a la empleada doméstica.
—La señorita Fang olvidó una bolsa en el garaje.
—Baja a buscarla.
La mujer dudó.
—Pero el señor Lu dijo que no debía dejarla sola.
La miré.
—Estoy embarazada de siete meses.
Levanté lentamente las manos.
—¿Adónde crees que podría ir?
Ella se sonrojó.
—No quise decir eso.
Cuando salió, esperé exactamente treinta segundos.
Abrí la puerta de servicio y bajé por las escaleras.
Cada paso hacía que el peso de mi vientre tirara de mi espalda.
No podía correr.
Solo avanzar.
Lentamente.
Sin detenerme.
En el estacionamiento, un camión de reparto estaba descargando cajas.
Me acerqué al conductor.
—Por favor, ayúdeme.
Saqué todo el dinero que llevaba en el bolsillo.
—Solo necesito salir de este complejo.
El hombre miró mi rostro pálido.
Después mi vientre.
No hizo preguntas.
Abrió la puerta trasera.
Me escondí entre varias cajas vacías.
Cinco minutos más tarde, el vehículo atravesó la barrera principal.
Cuando las luces del complejo desaparecieron, respiré por primera vez.
Pero aún no estaba a salvo.
Lu Nian Zhou podía cerrar aeropuertos.
Estaciones.
Autopistas.
También podía localizar mis tarjetas y mi teléfono.
Por eso apagué el móvil.
Saqué la tarjeta SIM.
La rompí en dos.
Después pedí al conductor que me dejara frente a una pequeña terminal de autobuses.
Compré un billete en efectivo.
No hacia Yunnan.
Eso habría sido demasiado evidente.
Primero viajé hacia el norte.
Después cambié de autobús dos veces.
Al amanecer ya estaba en otra provincia.
Mientras tanto, Lu Nian Zhou regresó a casa antes de lo previsto.
La empleada doméstica estaba llorando en la entrada.
—Señor Lu… la señora desapareció.
Él se quedó inmóvil.
—¿Qué has dicho?
—Solo bajé unos minutos.
—Cuando regresé, ya no estaba.
Lu Nian Zhou entró en el dormitorio.
El armario estaba casi intacto.
Mis vestidos seguían colgados.
Las joyas permanecían en los cajones.
Incluso el anillo de matrimonio seguía sobre la mesa.
Todo parecía indicar que no había planeado marcharme.
Pero él me conocía.
Precisamente por eso comprendió que aquello era peor.
Revisó las cámaras.
Vio el camión.
Vio el momento en que subí.
Golpeó el escritorio con tanta fuerza que el vaso cayó al suelo.
—Encuéntrenla.
Su asistente tragó saliva.
—Señor Lu, ¿debemos informar a la policía?
—No.
Su voz era fría.
—Quiero que la encuentren antes de que alguien sepa que se fue.
En ese instante recibió una llamada.
Era Fang Zhi Nhu.
—Nian Zhou, el equipo médico ya está listo para mañana.
Él cerró los ojos.
—No habrá examen.
—¿Por qué?
Lu Nian Zhou miró el anillo que había dejado sobre la mesa.
—Porque ella escapó.
Al otro lado hubo un largo silencio.
—¿Escapó?
—¿Cómo pudo hacerlo?
Lu Nian Zhou no respondió.
Solo recordó algo que yo le había dicho muchos años atrás.
Cuando todos creían que Wen Wan Ning estaba arrinconada…
Era cuando más peligrosa se volvía.
Tres días después, llegué al pequeño pueblo de Yunnan.
No aparecía en muchas aplicaciones de mapas.
Las montañas lo rodeaban por completo.
Una mujer anciana abrió la puerta de una vieja casa de madera.
Miró el documento de mi madre.
Después me observó durante mucho tiempo.
—Tienes sus ojos.
Sentí que las fuerzas me abandonaban.
—¿La conoció?
La anciana abrió la puerta.
—Su Man era mi hermana.
Aquellas palabras fueron lo último que escuché antes de desmayarme.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba acostada en una cama sencilla.
Una partera del pueblo examinaba mis constantes.
—Estás agotada.
—Necesitas descansar.
Me llevé las manos al vientre.
—¿Mi bebé?
La mujer sonrió.
—Está bien.
Por primera vez en varios días, lloré.
No de dolor.
De alivio.
Dos meses más tarde, durante una madrugada lluviosa, mi hijo nació sano.
Lo llamé Su An.
An.
Paz.
La única cosa que su padre jamás había sabido darme.
Tres años pasaron.
Aprendí a vivir sin sirvientes.
Sin chófer.
Sin joyas.
Abrí una pequeña tienda de bordados cerca del jardín de infancia.
Su An creció rodeado de montañas, árboles y personas que lo querían.
Nunca le hablé mal de su padre.
Pero tampoco le mentí.
Solo le dije:
—Tu papá vive muy lejos.
Una tarde, mientras esperaba frente al jardín, un automóvil negro se detuvo al otro lado de la calle.
Lu Nian Zhou bajó.
Había venido a negociar la compra de unos terrenos para un proyecto turístico.
No esperaba encontrarme allí.
Tampoco esperaba ver a Su An salir corriendo por la puerta.
El niño llevaba una pequeña mochila azul.
Sus ojos eran oscuros.
Sus cejas rectas.
Y cuando frunció el ceño porque no me vio de inmediato, su expresión fue exactamente igual a la de Lu Nian Zhou.
Él quedó paralizado.
Su An corrió hacia mí.
—¡Mamá!
Me abrazó las piernas.

Le acaricié el cabello.
Entonces levanté la vista.
Nuestros ojos se encontraron después de tres años.
Lu Nian Zhou parecía incapaz de respirar.
Miró al niño.
Después mi rostro.
Finalmente descendió la mirada hacia la edad escrita en la tarjeta del jardín que colgaba de su mochila.
Tres años.
Toda su arrogancia se desmoronó en ese instante.
Cruzó la calle lentamente.
—Wan Ning…
Tomé la mano de mi hijo.
—Señor Lu.
Mi forma de llamarlo lo detuvo.
Miró a Su An otra vez.
Su voz salió ronca.
—¿Es mío?
Sonreí sin calidez.
—No.
Sus ojos se oscurecieron.
Pero antes de que pudiera reaccionar, añadí:
—Es mi hijo.
—El niño al que tú ordenaste que eliminara.
—El niño que elegí cuando me obligaste a escoger entre él y tu apellido.
Lu Nian Zhou abrió la boca.
No salió ninguna palabra.
Su An tiró suavemente de mi mano.
—Mamá, ¿quién es?
Lo miré.
Después miré al hombre que había tardado tres años en descubrir lo que había perdido.
—Un desconocido.
Lu Nian Zhou palideció.
Y por primera vez comprendió que encontrarme no significaba recuperarme.