A las ocho de la mañana, Ethan apareció en mi oficina sin llamar.
—Cancelaste mi fiesta —dijo.
Tenía dieciocho años y la expresión indignada de alguien a quien nunca le habían negado nada importante. Reconocí la chaqueta que llevaba: yo se la había comprado para la entrevista de admisión.
—Sí.
—Todos van a enterarse.
—Tu padre hizo pública la verdad cuando te llevó a vivir con Nora. Yo solo cancelé una celebración que había organizado para ti.
Ethan apoyó las manos sobre mi escritorio.
—Nora dice que estás haciendo esto para castigarnos.
Lo miré. En mi otra vida habría querido explicarle cuánto lo amaba. Habría buscado una frase capaz de conservar al hijo que había criado.
—¿Tú qué piensas? —pregunté.
Vaciló.
—Pienso que me estás quitando todo porque quiero estar con mi madre.
—Puedes vivir con ella. También puedes estudiar en la universidad que elegiste. Tu padre y Nora tendrán que hablar contigo sobre los gastos. Yo no voy a pagarlos.
—Pero siempre dijiste que harías cualquier cosa por mí.
—Lo dije cuando creía que podía confiar en nosotros.
Ethan apartó la mirada. Se fue sin despedirse y dejó la puerta abierta.
Aquella tarde recibí a mis abogados. Revisamos mi participación en la empresa, los bienes del matrimonio y las transferencias hechas por Daniel a Nora. Di instrucciones para preservar los registros y presentar la reclamación correspondiente. Después les pedí algo que no habían previsto.
—Quiero saber cómo llegó Mia a casa de Nora cuando era un bebé —dije—. Y quiero hacerlo sin obligarla a hablar conmigo.
Uno de ellos cerró la carpeta.
—Podemos reunir los registros. Mia ya es mayor de edad; cualquier contacto tendrá que ser decisión suya.
—Eso es exactamente lo que quiero.
En mi vida anterior había perseguido a Mia con la desesperación de recuperar dieciocho años. Cada vez que ella retrocedía, yo avanzaba un paso más. Creía que el vínculo de sangre acabaría convenciéndola. Nunca le había preguntado qué significaba para ella descubrir que las dos personas que la habían criado le habían mentido.
Tres días después, Daniel vino a buscarme.
—Nora está angustiada. Ethan no tiene dinero para la residencia y Mia no sabe qué hacer el próximo año.
—Puedes ayudarlos —respondí.
—Tú tienes acceso a las cuentas de la empresa.
—Y tú has tenido acceso durante dieciocho años. Por eso estamos revisándolas.
Daniel cerró la puerta a su espalda.
—Si sigues adelante, destruirás a esta familia.
—Cambiaste a dos recién nacidos —dije—. La familia lleva dieciocho años viviendo con lo que hiciste.
Por primera vez desde su confesión, no intentó hablar de un error, de una noche de alcohol ni de cuánto había sufrido Nora. Se sentó frente a mí y se quedó mirando el suelo.
—Pensé que tendría tiempo para decirte la verdad.
—Tuviste dieciocho años.
No respondió.
Los abogados localizaron los documentos de nacimiento, declaraciones contradictorias y un pago de Daniel al empleado que había alterado los registros. Entregamos la información a las autoridades para que investigaran el cambio. También solicité el divorcio. Necesitaba proteger mi patrimonio, pero quería algo más sencillo: que los papeles dijeran lo que ya era cierto.
Una tarde, mi secretaria anunció a Mia Bennett.
Sentí que el pulso se me aceleraba. Le pedí que la hiciera pasar y me levanté antes de recordar que no sabía si Mia deseaba que me acercara.
Entró con una mochila al hombro. Se parecía a mi madre cuando era joven: los mismos ojos oscuros, la misma manera de alzar la barbilla al sentirse observada.
—Nora dice que vas a intentar quitarme de su lado —dijo.
—Tienes dieciocho años. Nadie puede decidir dónde debes vivir.
Mia no se sentó.
—Dice que quieres que te llame mamá.
La palabra quedó entre nosotras.
—Quiero conocerte, si tú quieres —respondí—. Puedes seguir llamando mamá a quien elijas.
Su expresión cambió apenas.
—Entonces, ¿por qué estás investigando lo que pasó?
—Porque tienes derecho a conocer tu historia. Yo también.
Mia miró las estanterías de mi oficina. Había fotografías de Ethan en casi todas las etapas de su vida: su primer día de escuela, un concurso de ciencias, la ceremonia de graduación. Seguí su mirada y sentí la vergüenza de mostrarle una pared donde ella no aparecía.
—Siempre pensé que, si hubiera crecido aquí, me habría ido mejor en los exámenes —dijo.
—No sé cómo habría sido tu vida aquí. Tampoco sé qué necesitas ahora. Puedo ayudarte a explorar tus opciones, aunque decidas no volver a verme.
Se sentó por fin.
Hablamos una hora. Mia me contó que le gustaba dibujar edificios y que había dejado de hacerlo para preparar un examen que ya no quería repetir. Le hablé de mi trabajo como profesora y de los años en que ayudé a dirigir la empresa. No intentamos convertir aquella conversación en dieciocho años de recuerdos compartidos. Al marcharse, me pidió que le enviara información sobre un programa de diseño.
Esa noche aparté una de las fotografías de Ethan para hacer sitio a una hoja que Mia había dejado sobre la mesa: el dibujo de una biblioteca con ventanas enormes. Me detuve antes de pegarla en la pared. Era suyo. Le escribí para preguntarle si podía conservarlo allí.
Sí, respondió. Pero la próxima vez te enseñaré uno mejor.
La investigación avanzó durante meses. Daniel afrontó las consecuencias del cambio de bebés y de los documentos alterados. La revisión financiera estableció qué gastos debían restituirse. Nora dejó de trabajar para la empresa; Ethan recibió de su padre la ayuda que ambos acordaron. Nada sucedió tan deprisa como en mis recuerdos de la primera vida. Hubo entrevistas incómodas, esperas interminables y días en que quise cerrar todas las carpetas.
Mia siguió viniendo algunas tardes. A veces dibujábamos en silencio. Otras discutíamos, como dos personas que todavía estaban aprendiendo a conocerse. Nunca le pedí que dejara de ver a Nora. Mia empezó a descubrir por sí misma qué cosas podía perdonarle y cuáles necesitaba preguntarle de frente.
Un año después, recibí una invitación para la exposición de estudiantes del programa de diseño. Mia había dibujado una biblioteca de barrio. Esta vez conocía el edificio: era el de la calle donde Nora la había criado.
Fui y la encontré explicándole el proyecto a un visitante. Cuando terminó, se acercó con una sonrisa nerviosa.
—Viniste.
—Me invitaste.
Me tomó del brazo para enseñarme la maqueta. Había trabajado semanas en ella; conocía cada ventana, cada mesa y cada rincón donde una persona podría sentarse a leer.
Al salir, me preguntó si quería cenar con ella. Caminamos juntas hacia un restaurante cercano, discutiendo si la biblioteca necesitaba una entrada más grande. Mia defendió la suya con tanta seguridad que terminé riéndome.
No podía recuperar la infancia que nos habían robado. Aquella noche, mientras la escuchaba hablar de lo que quería construir, supe que todavía teníamos tiempo para conocernos.