PARTE 2: LA HIJA QUE ÉL QUISO RECUPERAR

Pasaron doce años.

Mi tía cumplió su promesa.

Nunca volvió a tratarme como una carga.

Mateo dejó de llamarme prima.

Para todos, éramos hermanos.

Mi tío pagó mis estudios, pero cuando cumplí dieciocho años dejé de utilizar aquella tarjeta bancaria.

Quería construir algo mío.

A los veinte conseguí mi primer trabajo.

A los veintidós compré un pequeño apartamento.

Y a los veinticuatro recibí una llamada que llevaba años sin esperar.

—¿Clara?

Reconocí la voz inmediatamente.

Mi padre.

—Tu hermano necesita ayuda.

No preguntó cómo estaba.

No pidió perdón.

Su hijo con mi madrastra había acumulado una enorme deuda y necesitaban dinero.

—Somos familia —dijo—. Deberías ayudarnos.

Miré a mi tía, sentada frente a mí.

Ella no intervino.

La decisión era mía.

—¿Familia?

Mi padre guardó silencio.

—Cuando tenía ocho años me diste cien yuanes y un boleto de tren.

—Clara, aquello fue hace muchísimo…

—Lo sé.

Respiré profundamente.

—Por eso ya no estoy enfadada.

Pareció aliviado.

Entonces añadí:

—Pero tampoco soy tu hija cuando necesitas dinero.

Colgué.

Tres días después apareció frente a nuestra casa.

Mi madrastra y mi medio hermano estaban con él.

Mi padre apenas alcanzó a pronunciar mi nombre cuando un automóvil negro se detuvo detrás.

Mi tía bajó.

Seguía usando tacones altos.

Seguía teniendo aquella mirada capaz de hacer callar una habitación.

Se colocó a mi lado.

—Hermano, ¿recuerdas lo que dijiste cuando la mandaste conmigo?

Mi padre palideció.

Ella sacó de su bolso un viejo boleto de tren protegido dentro de una funda transparente.

Yo lo reconocí inmediatamente.

Mi tía lo había conservado durante doce años.

—Dijiste que ya no podías mantenerla.

Lo dejó en sus manos.

—Perfecto.

Luego me abrazó por los hombros.

—Porque desde aquel día la mantuvimos nosotros.

Mateo apareció detrás.

—Corrección, mamá.

Me entregó las llaves de mi automóvil y sonrió.

—La criamos nosotros. Ahora ella puede mantenerse sola.

Mi padre me miró como si finalmente comprendiera todo lo que había perdido.

—Clara… vuelve a casa.

Negué con la cabeza.

—Papá, yo ya volví a casa hace doce años.

Tomé la mano de mi tía.

Y entré.

Porque aquel boleto que mi padre me había dado para deshacerse de mí terminó llevándome exactamente al lugar donde, por primera vez, alguien había preparado una habitación esperando mi llegada.

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