PARTE 2: LA HERENCIA QUE QUERÍAN ROBAR.

Julián permaneció inmóvil.

Durante años había pensado que la crueldad de Karla nacía del dinero, del resentimiento o de la influencia de su familia.

Jamás imaginó que todo hubiera sido planeado.

—¿Qué dinero? —preguntó con la voz seca.

Sergio conectó la memoria a la computadora portátil del comandante Ramírez.

La primera grabación tenía fecha de cinco meses atrás.

La cocina aparecía vacía.

Después entró Karla.

Detrás de ella estaban Bruno, César y Lorena.

Bruno dejó una carpeta sobre la mesa.

—Cuando el chamaco cumpla ocho años podremos mover el fideicomiso sin tantos problemas.

Julián sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

El comandante detuvo el video.

—¿Fideicomiso?

—Mi padre nunca habló de ninguno —murmuró Julián.

Sergio abrió otro archivo.

Esta vez era solo audio.

La voz de Karla sonó perfectamente clara.

—Mientras Julián siga viajando por trabajo, nadie sospechará.

Bruno respondió riéndose.

—Primero hacemos que el niño le tenga miedo.

—Luego convencemos al juez de que el padre es violento y nunca está en casa.

Lorena añadió:

—Cuando él pierda la custodia, nosotros administraremos el dinero hasta que Mateo sea mayor.

El silencio llenó la habitación.

El comandante Ramírez cerró lentamente la computadora.

—¿De qué fideicomiso hablan?

Julián respiró hondo.

Entonces recordó una conversación ocurrida siete años antes.

El nacimiento de Mateo.

Su abuelo materno, don Ernesto Herrera, empresario del sector agrícola, había insistido en crear un fideicomiso educativo.

Cinco millones de pesos.

Invertidos hasta que el niño cumpliera veinticinco años.

Solo podían utilizarse antes en caso de emergencia médica o con autorización conjunta de ambos padres y del administrador del patrimonio.

Después de la muerte del anciano, Julián jamás volvió a pensar en ese dinero.

Karla sí.

Sergio abrió otra grabación.

Esta vez provenía de la cámara instalada en el estudio.

Bruno sostenía varios documentos.

—Si el niño desaparece o queda incapacitado, ¿quién hereda?

César respondió sin dudar.

—La madre.

Lorena sonrió.

—Y si Julián termina en prisión por violencia familiar…

Bruno golpeó la mesa.

—Nos quedamos con todo.

Mateo, que seguía abrazado a su padre, levantó lentamente la cabeza.

—¿Querían quitarme contigo, papá?

Julián sintió un nudo en la garganta.

—No lo van a lograr.

Nunca.

El comandante Ramírez hizo una señal a dos investigadores.

—Aseguren todas las computadoras, teléfonos y documentos de la vivienda.

Nadie sale sin autorización.

En ese momento, un agente entró apresuradamente.

—Comandante.

Encontramos una caja fuerte detrás del clóset principal.

Karla comenzó a gritar desde el jardín.

—¡No pueden abrir nada! ¡Necesitan una orden!

Ramírez la miró con serenidad.

—La orden acaba de ser autorizada por la fiscalía.

Minutos después, la caja fuerte estaba sobre la mesa del comedor.

Dentro había pasaportes.

Dinero en efectivo.

Tres teléfonos desechables.

Y una carpeta amarilla.

El investigador abrió el primer documento.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Comandante…

Aquí hay formularios de solicitud de tutela permanente.

El solicitante es Bruno Morales.

La causa…

Levantó lentamente la vista hacia Julián.

—Incapacidad física y psicológica del menor después de un accidente doméstico.

Julián sintió un escalofrío.

Mateo jamás había sufrido ese supuesto accidente.

El documento ya estaba preparado.

Solo faltaba ponerle fecha.

Entonces apareció otro sobre.

En su interior había boletos de avión con destino a Guatemala para cuatro adultos.

Salida dentro de seis días.

Sin boleto para Mateo.

El comandante Ramírez cerró la carpeta lentamente.

—Ahora entiendo por qué hoy hablaban de “hacer por fin lo que llevaban meses preparando”.

No estaban castigando al niño.

Estaban fabricando el accidente que necesitaban para apoderarse legalmente de toda su herencia… y desaparecer antes de que alguien descubriera la verdad.

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