Gabriel permaneció inmóvil con el teléfono en la mano.
—¿Qué acaba de decir?
La abogada repitió cada palabra con absoluta calma.
—La señora Eleanor Cross modificó su testamento cuarenta y ocho horas antes de fallecer.
—Todo su paquete accionario pasó a nombre de Emily Shaw.
Gabriel sintió que el aire desaparecía.
—Eso es imposible.
—Puede comprobarlo en la lectura testamentaria de mañana.
La llamada terminó.
Aquella noche no durmió.
A las nueve de la mañana siguiente llegó al despacho del notario.
Natalie insistió en acompañarlo.
—Debes estar muy afectado.
—No deberías pasar por esto solo.
Gabriel no respondió.
Por primera vez desde que la conocía, su voz le resultaba insoportablemente molesta.
En la sala ya estaban su padre, varios abogados y los antiguos directivos del Grupo Cross.
Solo faltaba Emily.
Cinco minutos después, la puerta se abrió.
No entró ella.
Entró Caroline Trent.
Llevaba una carpeta azul.
—Represento legalmente a la señora Emily Shaw.
El notario comenzó la lectura.
Después de varias cláusulas menores llegó al apartado principal.
—Por decisión expresa de la señora Eleanor Cross…
Todos levantaron la vista.
—…el cincuenta y uno por ciento de las acciones con derecho a voto de Cross Industries será transferido íntegramente a Emily Shaw.
Los murmullos llenaron la sala.
Gabriel se puso de pie.
—Mi madre jamás habría hecho eso.
El notario deslizó un sobre hacia él.
—Dejó además una carta personal.
Con manos temblorosas rompió el sello.
Reconoció inmediatamente la letra de su madre.
“Gabriel…”
“Si estás leyendo esto, significa que ya no estoy contigo.”
“No dejo la empresa a Emily porque sea mi nuera.”
“Se la dejo porque durante diez años fue la única persona que realmente cuidó de esta familia.”
Las siguientes líneas hicieron que Gabriel sintiera un nudo en la garganta.
“Mientras tú viajabas, ella me acompañaba a las consultas médicas.”
“Cuando me diagnosticaron insuficiencia cardíaca, te llamé diecisiete veces.”
“Nunca contestaste.”
Gabriel cerró los ojos.
Recordó todas aquellas llamadas rechazadas.
Siempre estaba ocupado.
O eso se decía.
La carta continuaba.
“Emily jamás te contó que fui yo quien le pidió guardar silencio.”
“No quería que sintieras culpa.”
“Ella dejó de lado su carrera para cuidar de mí.”
“Tú nunca se lo agradeciste.”
Las lágrimas comenzaron a caer sobre el papel.
Entonces llegó la última página.
“Hay una última verdad que decidimos ocultarte.”
“Emily nunca pudo tener hijos.”
“No porque ella fuera estéril.”
“Hace seis años el médico confirmó que el problema eras tú.”
Gabriel levantó la vista de golpe.
Natalie palideció.
El notario sacó otro documento.
Era un informe médico.
Su nombre aparecía claramente.
Infertilidad irreversible.
Fecha.
Seis años atrás.
El mismo año en que empezó su relación con Natalie.
Gabriel recordó todas las veces que culpó a Emily por no quedar embarazada.
Todas las clínicas.
Todas las discusiones.
Todas las humillaciones.
Caroline habló por primera vez.
—La señora Shaw destruyó ese informe por orden de su madre.
No quería que usted perdiera la confianza en sí mismo.
Gabriel ya no podía sostener la carta.
Entonces Natalie rompió el silencio.
Su voz apenas era un susurro.
—Gabriel…
Él giró lentamente hacia ella.
—¿Qué?
Ella comenzó a llorar.
—Hay algo que necesito decirte.
Toda la sala volvió la vista hacia ella.
Natalie apoyó una mano sobre su vientre.

—El bebé…
No es tuyo.
El silencio que siguió fue tan absoluto que incluso el notario dejó caer la pluma sobre la mesa.