PARTE 2: LA HERENCIA OCULTA

Lucas sintió un nudo en el estómago mientras la pantalla seguía reproduciendo las grabaciones.

Rachel aparecía una y otra vez.

Nunca estaba sola.

Derek caminaba detrás de ella por los pasillos de la mansión con una confianza que solo tiene quien se siente dueño de un lugar que todavía no le pertenece.

Una grabación tenía fecha de ocho meses atrás.

Rachel cerró con llave la puerta del dormitorio de Walter y soltó una carcajada.

—Ya casi no bebe agua. No hará falta esperar mucho más.

Derek sonrió.

—¿Y si el viejo cambia el testamento antes?

Ella negó con tranquilidad.

—No puede. Apenas puede mover un dedo.

Walter observaba las imágenes sin alterar el rostro.

Pero sus manos temblaban ligeramente sobre los reposabrazos.

—Creían que estaba inconsciente… —murmuró—. Nunca imaginaron que podía escucharlo todo.

Lucas apenas podía respirar.

—¿Durante cuánto tiempo estuvieron haciendo esto?

Walter deslizó otra carpeta sobre la mesa.

—Abre los archivos de audio.

Lucas obedeció.

La primera grabación comenzó con la voz de Gregory.

—Cuando el viejo muera, venderemos el aserradero principal. Con ese dinero compraremos el terreno del lago.

Pamela respondió enseguida.

—¿Y Lucas?

Se hizo un breve silencio.

Entonces Rachel habló con una frialdad que Lucas jamás le había conocido.

—Firmará el divorcio. Si no acepta… encontraremos la forma de culparlo por algún fraude de la empresa.

Lucas sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Durante años había trabajado jornadas interminables para mantener a flote el negocio familiar.

Mientras él recorría bosques, supervisaba cargamentos y resolvía problemas con los proveedores, ellos planeaban convertirlo en el culpable de todo.

Walter apoyó una mano sobre su hombro.

—Eso tampoco es lo peor.

Abrió la unidad flash y apareció una carpeta titulada “Proyecto Eclipse”.

Dentro había transferencias bancarias, contratos falsificados y documentos contables.

Millones de dólares habían desaparecido poco a poco de la empresa durante los últimos tres años.

Todo estaba firmado por Derek.

Pero cada autorización llevaba también la firma digital de Rachel.

Lucas levantó la vista.

—Han estado robando la empresa…

Walter asintió lentamente.

—Y utilizando mi enfermedad como excusa para que nadie revisara las cuentas.

En ese momento sonó el teléfono oculto.

Era el doctor Reynolds.

—Señor Lawson, ya estoy entrando por la puerta principal. El abogado también viene en camino… pero hay un problema.

Walter frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

—Alguien acaba de acceder al sistema de seguridad de la casa desde las Bahamas.

Lucas y Walter intercambiaron una mirada.

El médico continuó hablando.

—Han activado todas las cámaras interiores… y parece que saben que usted ya no está en la cama.

Walter se incorporó despacio.

Por primera vez en dos años, se puso de pie completamente erguido.

Aunque sus piernas temblaban, mantenía la misma presencia imponente del hombre que había levantado un imperio maderero desde cero.

Miró a Lucas con absoluta serenidad.

—No van a regresar dentro de dos semanas.

—¿Qué quiere decir?

Walter señaló la pantalla del teléfono.

Un aviso acababa de aparecer.

Vuelo privado Nassau–Boise. Despegue: hace treinta y siete minutos.

—Vienen hacia aquí.

Lucas sintió que el pulso se aceleraba.

—¿Porque descubrieron que usted está vivo?

Walter negó lentamente.

—No.

Su expresión se volvió sombría.

—Vienen porque creen que todavía están a tiempo de encontrar algo que yo escondí hace veinte años.

El abogado entró en ese instante con una caja fuerte portátil entre las manos.

La colocó sobre la mesa y dijo con voz grave:

—Señor Lawson… ya confirmé la información.

Walter respiró hondo antes de responder.

—Entonces ya no queda ninguna duda.

—Ninguna.

El abogado abrió la caja.

Dentro descansaba un sobre amarillento sellado con cera roja.

En el frente podía leerse una única frase escrita por el propio Walter muchos años atrás:

“Solo deberá abrirse si un miembro de mi familia intenta asesinarme para quedarse con mi fortuna.”

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