PARTE 2: LA HEREDERA Y EL VERDUGO

Elena miró la espada de Adrián.

Luego observó el rostro sereno de su madre.

Durante veintidós años había creído que aquella mujer era una viuda humilde que cosía vestidos para sobrevivir. Ahora estaba frente a ella vestida como una reina, acompañada por soldados y llevando en la muñeca el símbolo de quienes querían asesinarla.

—Dime que está mintiendo —susurró Elena.

Adrián no respondió.

La reina levantó la barbilla.

—No puede negarlo.

—Pregunté a Adrián.

El comandante apretó la empuñadura de su espada.

—Yo dirigí la ejecución.

El patio estalló en murmullos.

Elena sintió que las piernas le fallaban, pero se obligó a permanecer erguida.

—Entonces era cierto.

—No de la forma en que ella pretende contarlo.

—¿Qué otra forma existe de ejecutar a un hombre?

La reina avanzó y tomó la mano de su hija.

—Tu padre descubrió que Adrián quería apoderarse del ejército. Intentó detenerlo y pagó con su vida.

Adrián soltó una risa amarga.

—Pregúntale dónde estaba ella mientras su esposo moría.

La reina clavó la mirada en él.

—Cállate.

—Pregúntaselo, Elena.

La joven retiró la mano de su madre.

—¿Dónde estabas?

—Intentando salvarte.

—Eso no responde.

La reina respiró profundamente.

—Tu padre fue acusado de traición. Si yo hubiera intervenido, también te habrían ejecutado.

—¿Quién lo acusó?

La mujer guardó silencio.

Adrián dio un paso adelante.

—Ella.

Elena sintió un golpe helado en el pecho.

—No.

—Tu madre firmó la orden de arresto.

La reina desenvainó una daga.

Los soldados que la acompañaban levantaron sus armas.

Adrián hizo una señal y los guardias del palacio formaron una barrera alrededor de Elena.

De pronto, el patio quedó dividido en dos ejércitos.

—Bajad las armas —ordenó Elena.

Nadie obedeció.

—¡He dicho que las bajéis!

Su voz resonó con tal autoridad que incluso los músicos escondidos junto a las columnas levantaron la cabeza.

Adrián fue el primero en inclinar la espada.

—Como ordenéis.

La reina observó a su hija con una expresión extraña.

No era orgullo.

Era preocupación.

—No le des órdenes como si ya fueras soberana.

—Acabas de llamarme heredera delante de todo el palacio.

—Ser heredera no significa estar preparada para gobernar.

—Pero sí significa que merezco la verdad.

Elena se volvió hacia Adrián.

—Empieza desde el principio.

El comandante guardó su espada.

—Hace veintidós años, el rey Esteban descubrió que varios miembros del Consejo vendían información militar al reino del norte.

—Mi padre —murmuró Elena.

Adrián asintió.

—Reunió pruebas. Nombres, pagos y rutas secretas. Pero antes de poder presentarlas, alguien robó los documentos y lo acusó a él de traición.

Elena miró a su madre.

—¿Firmaste su arresto?

La reina respondió con voz fría:

—Sí.

El dolor atravesó a Elena.

—¿Por qué?

—Porque me prometieron que respetarían su vida.

Adrián cerró los ojos.

—Nunca hicieron esa promesa.

—¡Tú estabas presente!

—Estaba presente cuando usted aceptó entregar a su esposo a cambio de conservar la corona.

La reina levantó la daga.

—Una palabra más y te corto la lengua.

Adrián no se movió.

—Podéis intentarlo.

Elena se interpuso entre ambos.

—Basta.

Su madre la miró con furia.

—Apártate.

—No.

—Soy tu reina.

—Y yo soy la hija que intentaste mantener escondida durante toda su vida.

Aquellas palabras hicieron que la mujer bajara lentamente el arma.

Elena continuó:

—Quiero saber por qué Adrián dice que ejecutó a mi padre si asegura que intentaba protegerlo.

El comandante sacó del interior de su uniforme un trozo de tela doblado.

Lo abrió.

Dentro había un anillo de sello cubierto por manchas oscuras y antiguas.

La reina palideció.

—¿Por qué conservas eso?

—Porque Esteban me ordenó entregárselo a su hija cuando estuviera preparada.

Elena reconoció el mismo emblema grabado en la medalla que su madre acababa de darle.

—¿Mi padre te habló antes de morir?

—Sí.

—¿Qué dijo?

Adrián la miró directamente.

—Que no confiara en la reina.

Los soldados comenzaron a murmurar.

La madre de Elena alzó la voz.

—¡Ese hombre está manipulando el último recuerdo de tu padre!

—Entonces dime qué ocurrió —exigió Elena.

La reina guardó la daga.

—El Consejo exigió una ejecución pública. Si me negaba, iniciarían una rebelión y te buscarían.

—¿Así que permitiste que mataran a tu esposo?

—Permití que el reino creyera que había muerto.

Elena dejó de respirar.

Adrián levantó la cabeza.

—¿Qué acabas de decir?

La reina sonrió débilmente.

—Tú ejecutaste a un prisionero encapuchado.

El comandante dio un paso hacia ella.

—Yo comprobé el anillo.

—Porque yo misma se lo coloqué.

—Vi el cuerpo.

—Viste el cuerpo de un hombre con la altura y la complexión de Esteban. Nada más.

Elena sintió que el mundo volvía a cambiar bajo sus pies.

—¿Mi padre está vivo?

—Lo estaba cuando lo saqué del reino.

Adrián agarró a la reina por el brazo.

—¿Dónde está?

Los soldados lo rodearon inmediatamente.

Elena levantó una mano.

—Soltad las armas.

Adrián obedeció, pero no apartó los ojos de la reina.

—Pasé veinte años creyendo que había matado a un hombre inocente.

—Necesitaba que todos lo creyeran.

—Me convertiste en su verdugo.

—Y gracias a eso nadie buscó al verdadero rey.

Elena sintió un destello de esperanza.

—Llévame con él.

Su madre la miró con tristeza.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque hace siete años dejó de enviarme mensajes.

La esperanza murió tan rápido como había aparecido.

—¿Qué ocurrió?

—Alguien encontró su escondite.

Adrián miró el tatuaje de la muñeca de la reina.

—Ese símbolo pertenece a la Hermandad del Cuervo.

Elena observó la marca negra.

—El mismo símbolo de la nota.

La reina cubrió su muñeca con la manga.

—La Hermandad me ayudó a sacar a tu padre del reino.

—¿Y ahora intenta matarme?

—La organización se dividió. Algunos todavía me obedecen. Otros sirven al Consejo.

—Entonces no sabes quién envió la flecha.

—Sí lo sé.

Elena sintió que todos en el patio contenían la respiración.

—¿Quién?

La reina señaló a Adrián.

—Su hermano.

El comandante se quedó inmóvil.

—Mi hermano murió en la frontera.

—Eso fue lo que te hicieron creer.

La reina hizo una señal a uno de sus soldados.

El hombre colocó una caja de hierro sobre la mesa.

Dentro había cartas, mapas y una máscara negra.

Adrián tomó una de las cartas.

Reconoció la firma al instante.

—Gabriel…

—Tu hermano dirige la facción de la Hermandad que quiere eliminar a Elena —explicó la reina—. Cree que la muerte de la heredera provocará una guerra civil y le permitirá tomar el trono.

Elena observó al comandante.

—¿Sabías que estaba vivo?

—No.

Por primera vez, la seguridad de Adrián desapareció por completo.

La reina aprovechó su silencio.

—Ahora entiendes por qué no puedes casarte con él. La sangre de los Valverde está ligada a quienes destruyeron nuestra familia.

Adrián arrugó la carta entre sus dedos.

—Yo no soy mi hermano.

—Pero quieres casarte con mi hija para controlar su derecho al trono.

—Quiero casarme con ella para mantenerla viva.

Elena lo miró.

—¿Esa es la única razón?

Adrián tardó demasiado en responder.

—Es la razón que importa.

Elena sintió una punzada de decepción que no quiso reconocer.

—Entonces no habrá boda.

La reina sonrió satisfecha.

—Has tomado la decisión correcta.

—Tampoco iré contigo.

La sonrisa desapareció.

—Elena.

—Me ocultaste mi nombre, mi sangre y la verdad sobre mi padre. No confiaré mi vida a ninguno de los dos.

Un trueno sacudió el cielo.

Desde una de las torres llegó el sonido de una campana.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Adrián levantó la cabeza.

—Esa es la alarma del muro oriental.

Un guardia apareció corriendo.

—¡Comandante! Un ejército se aproxima desde el bosque.

—¿Cuántos hombres?

—Más de cinco mil.

La reina palideció.

—Han llegado demasiado pronto.

Elena la miró.

—¿Quiénes?

Antes de que respondiera, una flecha atravesó el patio y se clavó en la mesa.

Llevaba atada una cinta roja.

Adrián la arrancó y leyó el mensaje.

Su rostro se endureció.

—Es de Gabriel.

—¿Qué dice? —preguntó Elena.

Él le entregó la nota.

“Entregad a la heredera antes de la medianoche o mostraremos al reino la tumba vacía del rey.”

Elena alzó la vista.

—Si mi padre no está muerto, ¿por qué hablan de una tumba vacía?

La reina comenzó a temblar.

—Porque la tumba no estaba vacía cuando la sellaron.

Adrián la sujetó por los hombros.

—¿A quién enterraste?

La mujer no respondió.

Elena tomó la espada de uno de los guardias y apuntó hacia su madre.

—Habla.

La reina la miró con lágrimas en los ojos.

—Enterré al verdadero hijo de los Valverde.

Adrián soltó a la mujer.

—Mi hermano está vivo.

—Gabriel no es tu hermano.

El patio quedó en absoluto silencio.

—¿Qué significa eso? —preguntó Adrián.

La reina señaló la cicatriz junto a su ojo.

—El niño que creció contigo fue colocado en tu familia después de la ejecución. El verdadero Gabriel murió aquella noche.

Adrián retrocedió.

—¿Quién es el hombre que dirige ese ejército?

La reina miró a Elena.

—Tu padre.

Elena sintió que el arma se volvía demasiado pesada en sus manos.

—Dijiste que mi padre estaba escondido.

—Lo estuvo. Hasta que descubrió que yo había ordenado sustituirlo por otro hombre en la ejecución.

—¿Por qué querría matarme?

La reina bajó la mirada.

—Porque cree que no eres su hija.

Un estruendo sacudió las puertas exteriores.

Los soldados del patio formaron filas.

Adrián desenvainó su espada.

—Llevad a Elena a la torre.

—No iré a ninguna parte —respondió ella.

—Hay un ejército esperando tu entrega.

—Entonces hablaré con su comandante.

La reina intentó detenerla.

—No puedes acercarte a él.

—He pasado toda mi vida obedeciendo mentiras. Se acabó.

Elena caminó hacia las puertas del palacio.

Adrián se colocó a su lado.

—Dijiste que no te casarías conmigo.

—No lo haré.

—Entonces no estás bajo mi protección militar.

Ella le quitó el broche de comandante de la capa y lo prendió en su propio vestido.

—Soy la heredera. A partir de ahora, el ejército está bajo mi protección.

Adrián la miró, sorprendido.

Por primera vez, sonrió sin arrogancia.

—Ahora sí pareces hija de un rey.

Las puertas se abrieron lentamente.

Al otro lado esperaba un ejército cubierto de armaduras negras.

Frente a ellos había un jinete alto con una corona rota.

El hombre desmontó.

Tenía el cabello gris y el rostro marcado por antiguas heridas.

Elena reconoció sus ojos.

Eran los mismos que veía cada mañana en el espejo.

—Padre… —susurró.

El rey Esteban la contempló sin emoción.

Después sacó una espada y apuntó hacia Adrián.

—Apártate de ella.

El comandante no se movió.

—No volveréis a llevárosla.

Esteban sonrió.

—No he venido a llevármela.

Miró a Elena.

—He venido a ejecutarla antes de que su madre revele quién la engendró realmente.

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