PARTE 2: La heredera que Alexander creyó haber destruido

Firmé en la última página.

Victoria recogió el acuerdo sin mostrar emoción.

—A partir de este momento, nuestros abogados se encargarán de todo.

—No quiero que mi abuelo destruya a Alexander por mí.

Victoria arqueó ligeramente una ceja.

—El señor Miller esperaba que dijera eso.

—Entonces dígale que no necesito venganza. Necesito que se investigue lo que pasó.

Mi matrimonio podía terminar con una firma.

Lo ocurrido en aquel estacionamiento era otra cosa.

Y si Alexander realmente había ordenado que cuatro hombres me atacaran, no pensaba responder utilizando su mismo lenguaje.

Quería pruebas.


Esa tarde llegaron los detectives.

Las cámaras del estacionamiento de Shaw Group habían dejado de grabar durante diecisiete minutos.

Exactamente los diecisiete minutos relacionados con mi agresión.

Alexander estaba en París.

Camila publicaba fotografías de vestidos de novia.

Y Ryan aseguró que desconocía cualquier orden dada a los guardaespaldas.

Parecía que Alexander había limpiado perfectamente su camino.

Hasta que Victoria preguntó:

—¿Su teléfono estaba con usted aquella noche?

Asentí.

—En mi bolso.

—¿Qué pasó con él?

Me quedé quieta.

No estaba en el hospital.


Lo encontraron al día siguiente.

No en Shaw Group.

En el automóvil de uno de los guardaespaldas.

El dispositivo estaba dañado, pero una copia automática había conservado parte del audio.

No era suficiente por sí sola para demostrar toda la cadena de responsabilidad.

Pero sí contenía voces.

La mía.

La de los hombres.

Y una llamada.

—Señor Shaw, ya fue suficiente. ¿La llevamos al hospital?

Después, durante tres segundos, se escuchaba otra voz.

La de Alexander.

Victoria no sonrió.

—Ahora dejamos que los investigadores hagan su trabajo.


Pero mientras revisábamos mis documentos matrimoniales apareció algo inesperado.

Alexander no había empezado a mover dinero después de conocer a Camila.

Lo llevaba haciendo casi dos años.

Shaw Group había recibido enormes inversiones procedentes de una sociedad llamada ML Capital Partners.

Yo conocía esas iniciales.

—Miller.

Victoria asintió.

—Una filial de Miller International.

La miré sorprendida.

—¿Mi familia financiaba a Alexander?

—Eso estamos intentando determinar.

El primer acuerdo se había firmado seis meses antes de mi boda.

Mi abuelo supuestamente no había intervenido en mi vida.

Mi madre me había mantenido alejada de los Miller.

Entonces ¿por qué una empresa de mi familia había invertido en el hombre con quien acabaría casándome?


Victoria pidió los contratos originales.

Encontramos una cláusula.

Si Alexander obtenía control de determinados activos pertenecientes a un accionista Miller mediante matrimonio, representación o transferencia, ML Capital podría convertir su inversión en acciones de Shaw Group.

—¿Qué significa?

—Que alguien contempló la posibilidad de que usted se casara con él antes de que ocurriera.

Sentí frío.

—Alexander me conoció en una cafetería.

Victoria no respondió.

—Fue casualidad.

—Tal vez.

Aquella palabra dolió más de lo que esperaba.


Dos días después, Ryan Cole apareció en el hospital.

Venía solo.

Dejó una memoria USB sobre la mesa.

—No puedo seguir trabajando para él.

Victoria permaneció junto a la puerta.

—¿Qué contiene?

Ryan me miró.

—La verdadera razón por la que Alexander se casó contigo.

Mi garganta se cerró.

—Habla.

—Hace cuatro años, Shaw Group estaba al borde del colapso.

Alexander buscaba inversionistas.

Entonces recibió una propuesta anónima.

Si conseguía acercarse a Isabella Miller y mantenía el matrimonio durante al menos tres años, sus obligaciones financieras serían reestructuradas.

Tres años.

Nuestro matrimonio había durado exactamente tres años.

—¿Alexander sabía quién era yo?

Ryan bajó los ojos.

—Sabía que estabas relacionada con alguien importante. No conocía la cifra exacta.

Sentí una calma extraña.

—¿Y mi madre?

Ryan negó con la cabeza.

—Hay algo más.


La propuesta no había salido de mi abuelo.

Victoria lo confirmó aquella misma noche.

La autorización llevaba la firma de Margaret Miller.

Mi abuela.

—Mi abuela murió cuando yo tenía nueve años.

—Eso dicen los registros familiares —respondió Victoria.

La propuesta había sido emitida hacía cuatro años.

Quince años después de su supuesta muerte.

Alguien estaba utilizando su identidad.

O mi familia me había ocultado mucho más de lo que imaginaba.


Entonces Alexander llamó.

Era la primera vez desde aquella noche.

—Isabella.

Su voz sonaba diferente.

Ya no autoritaria.

—Me dijeron quién eres.

No respondí.

—Podemos detener el divorcio.

Casi me reí.

—Hace cuatro días me ofreciste doscientos mil dólares para desaparecer.

—Fue un error.

—No. Fue una decisión.

Silencio.

Después dijo:

—Camila y yo podemos cancelar el compromiso.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

—Isabella, escucha. Hay cosas sobre nuestro matrimonio que no entiendes.

Miré a Victoria.

—Tienes razón.

Alexander respiró aliviado.

Entonces continué:

—Por ejemplo, todavía no entiendo quién te pagó para que te acercaras a mí.

Silencio absoluto.

La llamada terminó.


Una hora después, Victoria recibió un mensaje.

Abrió un archivo adjunto y perdió por primera vez su expresión tranquila.

—¿Qué pasa?

Giró la pantalla.

Era una fotografía tomada cuatro años atrás.

Alexander estaba entrando en un restaurante privado.

Frente a él había una mujer mayor.

En el reverso digital aparecía una identificación:

Margaret Miller.

Mi abuela.

La mujer oficialmente muerta desde hacía diecinueve años.

Pero no fue eso lo que hizo temblar mis manos.

Sentada junto a Margaret estaba mi madre.

La misma mujer que antes de morir me había suplicado:

“No te cases con Alexander Shaw.”

Debajo de la fotografía había una fecha.

Tres meses antes de que Alexander y yo nos conociéramos.

Y una nota:

“Isabella debe casarse con Shaw. Es la única forma de obligarlo a devolver lo que robó.”

Levanté la mirada.

De repente, mi matrimonio ya no parecía únicamente una trampa de Alexander.

Parecía una operación que dos familias habían preparado alrededor de mí.

Y mi madre había sabido de ella desde el principio.

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