Camila dobló cuidadosamente la hoja.
La guardó debajo del delgado colchón de la litera.
No era una lista.
Era un calendario.
Cada punto tenía una fecha.
Cada fecha coincidía exactamente con los quince días que Adrián creía mantenerla encerrada.
Mientras él organizaba su boda perfecta, ella ya había empezado a desmontar su imperio.
A la mañana siguiente, una guardia abrió la puerta de la celda.
—Torres.
Camila levantó la vista.
—Tiene una visita.
Las otras mujeres intercambiaron miradas.
—¿Tan rápido? —murmuró la señora de cabello rizado.
Camila siguió a la guardia hasta la pequeña sala de visitas.
Al otro lado del cristal no estaba ningún familiar.
Era una mujer elegante de unos cincuenta años, vestida con un discreto traje azul marino.
Cabello recogido.
Postura impecable.
En cuanto sus miradas se cruzaron, la mujer sonrió apenas.
—Ha pasado demasiado tiempo, señorita.
Camila tomó el teléfono.
—Pensé que tardaría más en encontrarme, Clara.
—Su abuelo me llamó hace una hora.
Camila permaneció en silencio.
Clara Méndez había sido durante veinte años la directora jurídica del Grupo Valdés.
También era la única persona fuera de la familia que conocía su verdadera identidad.
—¿Él ya lo sabe?
—Lo sabe todo.
Clara deslizó una carpeta contra el cristal.
—Y me pidió entregarle esto personalmente.
Dentro había un único documento.
Una copia certificada del registro accionario del grupo empresarial.
Camila recorrió las páginas lentamente.
Nada había cambiado.
Seguía siendo propietaria del sesenta y dos por ciento de las acciones.
Adrián solo administraba la empresa.
Nunca la había poseído.
—¿Él todavía cree…?
Clara dejó escapar una leve sonrisa.
—Cree que usted era una empleada administrativa con la que salió durante unos años.
Camila cerró la carpeta.
Eso explicaba muchas cosas.
Cuando decidió ocultar su apellido cuatro años atrás, quería descubrir si alguien podía quererla sin interesarse por el poder de los Valdés.
Adrián había parecido diferente.
Trabajador.
Ambicioso.
Inteligente.
Lo ayudó discretamente.
Corrigió contratos.
Negoció adquisiciones.
Presentó inversionistas usando intermediarios para que él jamás supiera quién abría realmente las puertas.
Cuando el consejo dudó en nombrarlo presidente, fue ella quien convenció a los accionistas independientes.
Nunca pidió reconocimiento.
Solo esperaba construir una vida juntos.
En cambio, él terminó utilizándola como un obstáculo que debía desaparecer antes de casarse con otra mujer.
—El consejo directivo se reúne dentro de cinco días —dijo Clara.
Camila levantó la vista.
—Lo sé.
—Sin usted no pueden destituir a Adrián.
—Tampoco pueden ratificarlo.
Clara asintió lentamente.
Todo seguía exactamente como Camila había previsto.
—Hay otra noticia.
Sacó una segunda carpeta.
—Su abuelo decidió adelantar el protocolo sucesorio.
Camila frunció ligeramente el ceño.
—¿Está enfermo?
—Mucho más de lo que imaginábamos.
El silencio cayó entre ambas.
—Quiere verla antes del viaje.
—¿Qué viaje?
Clara respiró hondo.
—El de usted.
Abrió un sobre.
Dentro había un pasaporte.
No decía “Camila Torres”.
Decía:
Victoria Valdés Herrera.
Su verdadero nombre.
Junto al pasaporte había un boleto de primera clase.
Destino:
Zúrich, Suiza.
Salida:
Tres días después de recuperar su libertad.
Camila comprendió inmediatamente el plan completo.
Su abuelo no solo quería apartarla de Adrián.
Quería ponerla fuera del alcance de cualquiera que intentara detener lo que estaba a punto de ocurrir.
En ese momento sonó el teléfono interno de la sala de visitas.
La guardia respondió.
Escuchó unos segundos.
Luego miró directamente a Camila.
—Su tiempo terminó.
Clara se puso de pie.
Antes de marcharse dijo una única frase.
—Disfrute la boda.
Camila arqueó una ceja.
—No pienso asistir.
—No hace falta.
La abogada sonrió por primera vez.
—Créame… será el novio quien termine buscándola desesperadamente.
Tres días después, exactamente como el conductor había prometido, la puerta de la prisión se abrió.
Camila salió llevando únicamente una pequeña maleta gris.
Nadie fue a recogerla.
No lo necesitaba.
Una limusina negra ya la esperaba al otro lado de la calle.
Dentro estaban Clara y dos miembros del consejo de administración.
—Bienvenida de nuevo, señorita Valdés.
Mientras el automóvil avanzaba hacia el aeropuerto privado, el teléfono de Clara comenzó a vibrar sin descanso.
Todas las llamadas provenían del mismo número.
Adrián Valdés.
Clara apagó la pantalla sin responder.
Miró a Camila.
—Parece que la ceremonia no salió como esperaba.
Camila observó por la ventanilla el avión que ya estaba preparado para despegar.
Entonces el teléfono volvió a sonar.
Esta vez llegó un mensaje de voz.
La pantalla mostraba una duración de apenas doce segundos.
Clara reprodujo el audio.
La voz de Adrián ya no sonaba orgullosa.

Sonaba completamente desesperada.
—¡Camila!… ¿Dónde estás?… Isabella acaba de cancelar la boda… y el consejo dice que necesito encontrarte antes de esta noche… porque acaban de decirme quién eres realmente…