PARTE 2: La Heredera Moreau

El ruido de las hélices hizo temblar los cristales de la habitación.

Tres helicópteros negros descendieron sobre la azotea del hospital mientras médicos, enfermeras y personal de seguridad levantaban la vista sin comprender qué estaba ocurriendo.

La puerta de mi habitación se abrió.

Entraron ocho hombres vestidos de negro.

Nadie llevaba armas a la vista.

Todos llevaban el mismo escudo plateado bordado sobre la solapa.

Una “M”.

Detrás de ellos apareció Bastien.

Tenía el cabello completamente blanco, el traje impecable y la misma elegancia con la que lo recordaba siete años atrás.

En cuanto me vio, inclinó la cabeza.

—Señorita Valentina.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Hacía demasiado tiempo que nadie pronunciaba ese nombre.

Bastien se acercó a la cama.

Sus ojos se humedecieron.

—Su abuelo estará muy feliz de saber que al fin regresará a casa.

Asentí lentamente.

—Primero mis hijos.

—Ya está preparado.

Sacó una carpeta.

—El profesor William Carter, el mejor especialista neonatal del mundo, acaba de aterrizar desde Londres.

Otros cuatro médicos ingresaron inmediatamente detrás de él.

Uno de ellos revisó mi historial clínico.

Frunció el ceño.

—¿Quién autorizó suspender el protocolo avanzado para los gemelos?

Una enfermera respondió con voz temblorosa.

—El señor Alexander Grant firmó una limitación económica del tratamiento.

El médico levantó la vista.

—Desde este momento queda anulada.

Bastien entregó una tarjeta negra.

—El Grupo Moreau cubrirá cualquier gasto.

Sin límite.

Los médicos salieron corriendo hacia la unidad neonatal.

Mientras tanto, Bastien colocó otra carpeta sobre mis piernas.

—Hay algo que debe ver.

La abrí.

Era un informe financiero de Grant Holdings.

Las primeras páginas mostraban balances impecables.

Pero las últimas eran muy diferentes.

Deudas ocultas.

Préstamos puente.

Garantías comprometidas.

Y una enorme anotación en rojo.

Proyecto Portuario Atlantic Horizon.

Valor estimado.

Doce mil millones de dólares.

—¿Qué significa esto?

Bastien sonrió apenas.

—Que el imperio Grant ya no es tan sólido como aparenta.

Pasó otra página.

—El proyecto depende completamente de un único inversionista.

Leí el nombre.

Blue Harbor Capital.

Sentí una amarga ironía.

Era mi propio fondo de inversión.

Alexander jamás supo quién estaba detrás.

Durante siete años creyó negociar con un consejo internacional.

Nunca imaginó que todas las decisiones importantes terminaban sobre mi escritorio.

—¿Él no sabe…?

—Nadie lo sabe.

Bastien cerró lentamente la carpeta.

—Mañana debe firmarse la inversión definitiva.

—¿Y si no se firma?

Él respondió sin titubear.

—Grant Holdings pierde más del sesenta por ciento de su liquidez.

Los bancos ejecutarán las garantías.

Las acciones caerán.

Y el grupo podría entrar en insolvencia antes de treinta días.

Guardé silencio.

No necesitaba vengarme.

Solo debía dejar de protegerlo.

En ese momento mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Alexander.

“Olvidaste llevarte unas joyas que compré para ti. Haré que mi abogado las envíe.”

Ni siquiera había preguntado por Noah.

Ni por Liam.

Ni una sola palabra sobre sus hijos.

Apagué la pantalla.

Bastien me observó en silencio.

—Todavía lo ama.

Negué con suavidad.

—No.

Miré hacia la incubadora donde trasladaban a mis pequeños.

—Solo estoy despidiéndome de la mujer que fui.

Esa misma noche, en la mansión Grant, Alexander brindaba con champaña junto a Camila.

—Por nuestro futuro.

Ella levantó la copa.

—Y por nuestro hijo.

Ambos reían.

Ignoraban que, a pocos kilómetros de allí, el presidente ejecutivo de Blue Harbor Capital acababa de convocar una reunión extraordinaria.

Solo había un punto en la agenda.

“Cancelar inmediatamente toda financiación a Grant Holdings.”

Pero lo que Alexander todavía desconocía era aún peor.

El presidente del fondo no tomaría esa decisión.

La única persona con autoridad para hacerlo acababa de abandonar el hospital en una ambulancia privada.

Y en menos de doce horas…

Sería presentada oficialmente al mundo como Valentina Moreau, la mujer cuya firma decidiría si el apellido Grant seguía existiendo o desaparecía para siempre.

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