PARTE 2: LA HEREDERA DESPERTÓ

Rodó los hombros con impaciencia.

—¿Valeria?

Su voz sonaba distinta.

Ya no era el hombre que me había prometido amor frente al altar.

Era un desconocido.

Me quedé inmóvil debajo de la cama, con la respiración contenida y las manos aferradas al dobladillo del vestido.

Entonces sonó su teléfono.

Contestó de inmediato.

—Ya está hecho.

Escuchó unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa que jamás le había visto.

—No, no despertará hasta mañana. El médico dijo que la dosis era suficiente.

Sentí que el estómago se me congelaba.

¿El médico?

—En cuanto firme la autorización, todo pasará a nuestro control. Ella ni siquiera recordará esta noche.

Hizo una pausa.

—Sí… los poderes ya están preparados.

Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que iba a delatarme.

Él caminó hasta el escritorio.

Escuché el sonido de una carpeta al abrirse.

—Mañana despertará sin nada.

Aquellas cinco palabras terminaron de destruir todo lo que creía saber sobre mi matrimonio.

No lloré.

No podía.

Solo intentaba entender cómo había llegado hasta allí.

La persona al otro lado del teléfono volvió a hablar.

Santiago respondió con tranquilidad.

—Su madre firmará como testigo. Cree que son documentos del seguro.

Sentí un escalofrío.

No.

Mi madre jamás haría algo así si supiera la verdad.

Entonces comprendí.

La estaban engañando a ella también.

Unos segundos después llamaron a la puerta de la suite.

Tres golpes suaves.

Santiago abrió.

—¿Todo listo? —preguntó una voz masculina.

—Sí.

—¿Dónde está ella?

—Dormida.

Escuché unos pasos acercarse a la cama.

Alguien apartó ligeramente el edredón.

—Perfecto. Antes de que amanezca hay que llevar estos documentos al notario.

Papeles cambiando de manos.

Un bolígrafo.

Una carpeta cerrándose.

Memoricé cada sonido.

Cada voz.

Cada detalle.

Porque si salía viva de aquella habitación, iba a necesitarlos todos.

Cuando los hombres salieron, Santiago volvió a quedarse solo.

Suspiró.

—Debiste conformarte con enamorarte de mí, Valeria.

Guardó los documentos en un maletín.

Apagó las luces.

Y abandonó la habitación.

Esperé.

Un minuto.

Dos.

Cinco.

Solo cuando estuve completamente segura de que no volvería, salí lentamente de debajo de la cama.

Las piernas apenas me sostenían.

Todavía sentía el efecto de la bebida.

Sobre la alfombra encontré algo que él no había visto.

Una hoja había caído del maletín.

La recogí con manos temblorosas.

Era una copia del documento que pensaban presentar al día siguiente.

Mi nombre aparecía al pie de la página.

Y, junto a la firma que supuestamente era la mía, había un error que solo una persona podía reconocer.

No era mi firma.

Ni siquiera era una buena imitación.

Porque mi padre me había enseñado, desde que cumplí dieciocho años, a firmar todos los documentos importantes con un pequeño trazo oculto dentro de la última letra de mi apellido.

Un detalle invisible para cualquiera.

Excepto para mí.

Apreté el papel contra mi pecho.

Ya no tenía ninguna duda.

Aquella boda nunca había sido una historia de amor.

Había sido el primer paso de un plan para despojarme de toda mi herencia.

Y ellos todavía no sabían que la mujer que creían dormida acababa de convertirse en la única testigo de su propia conspiración.

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