Durante un segundo, nadie se movió.
La pequeña llave dorada atravesó la ventana abierta y desapareció hacia el patio interior del edificio.
Valeria sonrió con desesperación.
—Ahora no podrán demostrar nada.
El presidente Bao levantó una mano.
—Cierren todas las salidas.
Los guardias actuaron de inmediato. Uno bloqueó el ascensor. Otro cerró las puertas de emergencia. Los empleados permanecieron junto a sus escritorios, demasiado asustados para hablar.
Yo abracé a Mateo.
—¿Qué significa que mi hijo es heredero de su familia?
El presidente miró el análisis de ADN sobre la mesa.
—Significa que Mateo es mi nieto.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
—Eso no puede ser.
—Su padre lo sabía.
—Mi padre era contable. No tenía ninguna relación con ustedes.
El señor Bao negó lentamente.
—Su padre no trabajaba solo como contable. Durante años investigó el robo de dinero dentro de esta compañía. Cuando descubrió quién estaba detrás, también encontró documentos sobre Mateo.
Valeria soltó una carcajada nerviosa.
—No le crea. Está intentando convertirla en parte de su familia para ocultar sus propios errores.
Uno de los abogados se acercó a ella.
—Señora Valeria, queda apartada de su cargo hasta que termine la investigación.
—No pueden hacerme esto.
—Podemos —respondió el presidente—. Y lo haremos.
Mateo tiró suavemente de mi manga.
—Mamá, yo sé dónde cayó la llave.
Todos lo miraron.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté.
El niño señaló la ventana.
—No cayó al patio. Rebotó en el toldo azul.
Uno de los guardias salió corriendo.
Valeria perdió el color.
El presidente se agachó frente a Mateo.
—¿Tu abuelo te habló alguna vez de una habitación?
Mateo asintió.
—Decía que había una puerta que no debía abrir hasta que viniera el señor del reloj roto.
El presidente Bao se quedó inmóvil.
Llevaba un antiguo reloj de bolsillo sujeto al chaleco. La tapa estaba agrietada.
—Ese reloj perteneció a mi hijo —murmuró.
—¿A su hijo? —pregunté.
El hombre abrió la tapa.
Dentro había una fotografía de un joven sonriente.
Reconocí su rostro.
Lo había visto una sola vez, seis años atrás, en una gala de la empresa a la que mi padre me llevó. Aquella noche, un desconocido me ayudó cuando me sentí mareada. Me consiguió agua, llamó a un coche y esperó conmigo hasta que pude volver a casa.
Yo jamás supe su nombre.
—Se llamaba Andrés Bao —dijo el presidente—. Murió en un accidente poco después de aquella gala.
La garganta se me cerró.
—Yo lo conocí.
El señor Bao levantó la mirada.
—Lo sabemos.
—No. No lo sabe. Solo hablamos unos minutos.
El abogado abrió otra carpeta.
Dentro había fotografías tomadas aquella noche.
En una de ellas, Andrés me sostenía del brazo mientras mi padre hablaba por teléfono a pocos metros.
En otra, Valeria aparecía detrás de nosotros, observándonos.
—Estas imágenes fueron recuperadas del ordenador de su padre —explicó el abogado—. Creemos que Andrés no murió en un accidente.
Valeria retrocedió.
—Eso es absurdo.
—Usted organizó el vehículo que lo recogió esa noche —respondió el presidente.
—Era mi trabajo.
—También modificó el informe del accidente.
El silencio se hizo más pesado.
El guardia regresó con la llave en la mano.
Mateo sonrió.
—Te dije que estaba en el toldo.
Valeria se abalanzó hacia ella, pero dos guardias la sujetaron.
—¡No abran esa habitación! —gritó—. ¡No saben lo que van a encontrar!
El presidente tomó la llave.
—Precisamente por eso vamos a abrirla.
Nos dirigimos al piso inferior.
Nadie sabía de qué habitación hablaban, pero Mateo caminaba con una seguridad extraña.
—Por aquí —dijo.
Nos condujo hasta el antiguo archivo, una zona clausurada desde hacía años.
Al fondo había una pared cubierta por estanterías metálicas.
Mateo señaló la última.
—El abuelo dibujó esto.
En la base de la estantería había una pequeña marca en forma de estrella.
El presidente presionó la madera.
La estructura se desplazó unos centímetros y dejó al descubierto una puerta estrecha.
La cerradura era dorada.
Valeria comenzó a forcejear.
—¡No tienen derecho!
—Mi padre desapareció por esto —respondí—. Tengo todo el derecho.
Introduje la llave.
La puerta se abrió con un chasquido.
Dentro había una habitación sin ventanas, llena de cajas, carpetas y pantallas antiguas.
En una pared colgaban fotografías de ejecutivos, empleados y transferencias bancarias.
En el centro había un escritorio.
Sobre él, una grabadora.
La encendí.
La voz de mi padre llenó la habitación.
—Si estás escuchando esto, hija, significa que ya encontraron a Mateo.
Me tapé la boca.
Mateo levantó la cabeza al reconocer la voz.
—Abuelo…
La grabación continuó.
—Perdóname por no haberte contado la verdad. Andrés Bao era el padre de tu hijo. No lo supiste porque alguien manipuló tus recuerdos de aquella noche.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Manipuló mis recuerdos? —susurré.
Valeria cerró los ojos.
El presidente Bao apretó los puños.
—Siga escuchando.
La voz de mi padre tembló.
—Después de la gala, te llevaron a una clínica privada. Te administraron un sedante y falsificaron los registros. Cuando semanas después descubriste que estabas embarazada, creíste que el padre era tu novio de entonces.
Recordé aquella noche.
El coche.
El cansancio repentino.
La sensación de despertar en mi habitación sin recordar cómo había llegado.
—No… —murmuré.
—Andrés quiso encontrarte —continuó la grabación—, pero Valeria se lo impidió. Ella estaba comprometida con él en secreto y sabía que, si nacía un heredero, perdería el control de las acciones que esperaba recibir.
Todos miraron a Valeria.
—¡Es mentira! —gritó—. Andrés iba a casarse conmigo.
El presidente Bao se volvió hacia ella.
—Nunca quiso hacerlo.
Valeria comenzó a llorar.
—Yo le di todo.
—Y él eligió buscarla a ella.
Mi padre siguió hablando desde la grabadora.
—Andrés descubrió que Valeria había usado empresas falsas para desviar dinero. Reunió las pruebas y me pidió ayuda. Murió tres días después.
Uno de los abogados abrió la primera caja.
Dentro había facturas, contratos y copias de cuentas bancarias.
—Esto basta para iniciar una investigación criminal —dijo.
Pero yo apenas podía escuchar.
—¿Dónde está mi padre?
La grabación quedó en silencio unos segundos.
Luego su voz regresó, más baja.
—Si Valeria todavía lleva la llave, significa que me encontró antes de que pudiera salir del edificio.
Valeria dejó de forcejear.
Su rostro cambió.
Ya no parecía asustada.
Parecía derrotada.
—¿Qué le hiciste? —pregunté.
Ella me miró directamente.
—Su padre era demasiado terco.
—¿Dónde está?
—No lo maté.
El presidente Bao se acercó.
—Entonces hable.
Valeria señaló una de las pantallas.
—La cámara número siete.
Un abogado encendió el sistema.
Las pantallas parpadearon.
Seis mostraban pasillos vacíos.
La séptima mostraba una habitación pequeña con una cama, una silla y una puerta de metal.
Un hombre estaba sentado frente a la pared.
Tenía el cabello completamente blanco y el cuerpo encorvado.
Pero reconocí sus manos.
Las mismas manos que me enseñaron a escribir.
—Papá…
El hombre levantó la cabeza, como si hubiera escuchado mi voz a través de la pantalla.
Mateo corrió hacia el monitor.
—¡Abuelo!
Mi padre se puso de pie lentamente.
Estaba vivo.
—¿Dónde está esa habitación? —exigió el presidente.
Valeria no respondió.
Uno de los guardias la sacudió por los hombros.
—¡Hable!
Ella sonrió.
—Está debajo del edificio. Pero no encontrarán la entrada sin mí.
—Entonces nos llevará.
—No.
—No tiene elección.
Valeria miró a Mateo.
—Sí la tengo.
En la pantalla, una luz roja comenzó a parpadear.
El abogado revisó el panel.
—Está activándose un sistema de cierre.
La puerta de la habitación donde estaba mi padre empezó a bajar lentamente.
—¡Deténganlo! —grité.
Valeria levantó la barbilla.
—Solo yo conozco el código.
—Dígalo.
—Primero quiero salir de aquí.
El presidente Bao se acercó hasta quedar frente a ella.
—Si ese hombre muere, no volverá a ver la luz del día.
—Y si yo no salgo, él tampoco.
Mateo observó el teclado de seguridad.
Luego señaló una serie de números escritos en la pared.
—Mamá, el abuelo me enseñó esa canción.
—¿Qué canción?
El niño comenzó a recitar lentamente:
—Cinco, dos, ocho… uno, nueve, tres.
El abogado introdujo los números.
El sistema emitió un pitido.
La luz roja se apagó.
La puerta dejó de cerrarse.
Valeria palideció.
—¿Cómo sabe eso?
Mateo se volvió hacia ella.
—Porque el abuelo me llamaba cada domingo.
Sentí un escalofrío.
—Mateo, tu abuelo desapareció antes de que pudieras hablar.
El niño negó con la cabeza.
—No me llamaba con su voz.
Sacó de su pequeño bolsillo un teléfono de juguete que yo jamás había visto.
Presionó un botón.
La voz de mi padre salió del altavoz:
—Mateo, recuerda los números. Algún día salvarán a nuestra familia.
Todos quedaron en silencio.
Yo miré a mi hijo.
—¿Quién te dio ese teléfono?
Mateo señaló a Valeria.
—Ella.
La directora dejó de respirar.
—Eso es imposible.

—Me lo dio una señora que se parecía a ella —continuó el niño—, pero tenía el cabello rojo.
El presidente Bao cerró los ojos.
—Su hermana.
Valeria comenzó a llorar.
—Ella murió hace diez años.
—No —respondió el presidente—. Cambió de identidad y siguió trabajando para usted.
Uno de los abogados abrió la última caja.
Dentro había un expediente con una fotografía reciente.
Mostraba a una mujer pelirroja entrando en el colegio de Mateo.
En la parte inferior aparecía su nombre:
Sofía Bao.
El presidente se quedó completamente inmóvil.
—Mi hija está viva.
Valeria soltó una risa quebrada.
—Y ella es la verdadera madre legal de Mateo.
Me giré hacia ella.
—¿Qué acaba de decir?
El abogado abrió el expediente.
Había un certificado de nacimiento distinto al que yo guardaba en casa.
En él, mi nombre no aparecía.
La madre registrada era Sofía Bao.
El padre era Andrés Bao.
Y junto al documento había una orden de custodia firmada hacía cinco años.
—Esto está falsificado —dije.
—Sí —respondió el abogado—. Pero fue utilizado para transferir acciones de la familia al niño.
El presidente miró a Mateo con horror.
—Entonces alguien ha estado administrando una fortuna en su nombre.
Valeria sonrió por última vez.
—Exactamente.
—¿Quién?
Las luces se apagaron.
Desde el pasillo llegó el sonido de un ascensor abriéndose.
Una voz femenina habló desde la oscuridad:
—Yo.
Cuando las luces de emergencia se encendieron, una mujer pelirroja estaba de pie junto a la puerta.
Sostenía una carpeta en una mano.
Y con la otra apuntaba directamente al presidente Bao.
—Padre —dijo—, por fin has encontrado a tu heredero.