PARTE 2: LA HABITACIÓN 614

Durante unos segundos no entendí la pregunta.

—¿Contarme qué?

David cerró los ojos.

La enfermera detrás del mostrador bajó la cabeza.

De repente sentí frío.

—David, ¿dónde está mi marido?

Él miró la bolsa de comida que llevaba entre las manos.

—Ven conmigo.

—No voy a ninguna parte hasta que me digas qué ocurre.

—Por favor.

Algo en su voz consiguió que lo siguiera.

Atravesamos dos pasillos hasta llegar a una pequeña sala de descanso.

David cerró la puerta.

—Marcus no trabaja hoy.

—Claro que trabaja. Salió esta mañana vestido para venir aquí.

David negó lentamente.

—Emma, Marcus no opera desde hace casi cuatro meses.

Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.

—Eso es imposible.

—Ojalá lo fuera.

—Sale de casa todos los días.

—Viene al hospital, sí. Pero no como cirujano.

Dejé la bolsa sobre una silla.

—¿Qué le pasó?

David se sentó frente a mí.

—Hace cinco meses Marcus empezó a cometer pequeños errores de memoria. Nada grave al principio. Olvidaba nombres, repetía preguntas…

—Está agotado.

—Eso pensamos.

Su voz se quebró.

—Hasta que durante una intervención se quedó mirando el instrumental y no recordó durante varios segundos qué debía hacer después.

Me tapé la boca.

—No.

—El paciente estuvo bien. Otro cirujano terminó la operación.

—¿Por qué no me lo dijo?

David no respondió.

Ya conocía la respuesta.

Nuestra hija.

Yo.

La vida que Marcus creía que debía proteger.

—¿Qué tiene?

—No puedo darte sus detalles médicos.

—Soy su esposa.

—Entonces necesitas escucharlo de él.

Me levanté.

—¿Dónde está?

David miró hacia la puerta.

—Neurología.

El ascensor tardó una eternidad.

Cuando llegamos a la sexta planta, comprendí por qué tantas personas me habían mirado de aquella manera.

Conocían a Marcus.

Todos.

Y todos sabían algo que yo ignoraba.

David se detuvo frente a la habitación 614.

No tuve fuerzas para llamar.

Abrí.

Marcus estaba sentado junto a la ventana.

Sin bata.

Sin acreditación.

Sin aquella expresión de médico invencible que llevaba once años viendo.

Tenía una pulsera de paciente alrededor de la muñeca.

Levantó la cabeza.

Cuando me vio, cerró los ojos.

—David te lo ha contado.

—No.

Mi voz temblaba.

—Tú vas a contármelo.

Me senté frente a él.

Marcus miró mis manos.

—Me encontraron una lesión en el cerebro.

Sentí que dejaba de respirar.

—¿Es cáncer?

—No lo saben todavía.

—¿Todavía?

—Porque no se comporta como esperaban.

Lo miré sin comprender.

—¿Qué significa eso?

—Que los primeros médicos pensaron que era un tumor. Después aparecieron otras anomalías.

—¿Desde cuándo sabes esto?

—Cinco meses.

Me levanté.

—Cinco meses.

—Emma…

—Te perdiste el cumpleaños de nuestra hija porque estabas aquí.

Asintió.

—¿Acción de Gracias?

Otro asentimiento.

—¿Nuestro aniversario?

Marcus empezó a llorar.

Toda mi rabia se derrumbó.

Me arrodillé frente a él.

—¿Por qué me dejaste creer que estabas trabajando?

—Porque cada vez que intentaba decírtelo pensaba en Lily preguntándome si iba a estar en su graduación algún día.

Me agarró las manos.

—Y no podía pronunciar las palabras.

Entonces comprendí aquella noche en que lo había encontrado llorando junto a nuestra cama.

No había perdido un paciente.

Tenía miedo de convertirse en uno.

—¿Qué pasa ahora?

Marcus miró hacia la puerta.

—Hoy iban a repetir una prueba.

En ese instante entró una neuróloga.

Llevaba una carpeta en las manos.

—Doctor Hale.

Marcus se puso rígido.

—¿Ya tienen los resultados?

Ella me miró.

—¿Su esposa?

—Sí.

—Puede quedarse.

La doctora cerró la puerta.

—La nueva resonancia confirma que la lesión ha cambiado.

Marcus palideció.

—¿Crecido?

—No.

Aquello pareció sorprenderlo.

—Se ha reducido.

David, que permanecía fuera, entró inmediatamente.

—¿Reducido?

—Casi un treinta por ciento.

Marcus se quedó inmóvil.

—Eso no tiene sentido.

La neuróloga abrió la carpeta.

—Precisamente.

Colocó varias imágenes sobre la mesa.

—Creemos que quizá nunca fue un tumor.

—Entonces ¿qué es?

—Estamos investigando una exposición tóxica.

Miré a Marcus.

—¿Exposición a qué?

—Todavía no podemos asegurarlo.

La doctora pasó otra página.

—Pero encontramos la misma sustancia en las muestras de otros tres médicos.

David dejó escapar una exclamación.

—¿Tres?

—Todos trabajan aquí.

La habitación quedó en silencio.

—¿En qué departamentos? —preguntó Marcus.

La neuróloga lo miró fijamente.

—Los cuatro estuvieron vinculados al mismo ensayo clínico interno.

Marcus cambió completamente de expresión.

—Proyecto Helix.

David palideció.

—Eso terminó hace dos años.

—Oficialmente —respondió ella.

Marcus me soltó las manos.

—Necesito mi teléfono.

—¿Por qué?

—Porque guardé algo.

Sacó un móvil viejo de su mochila.

Introdujo una contraseña y abrió una carpeta oculta.

Había fotografías de informes.

Correos.

Listados de pacientes.

—Hace seis meses encontré inconsistencias en Helix —explicó—. Resultados modificados. Efectos adversos eliminados de los informes.

—¿Lo denunciaste?

—Preparé una denuncia.

—¿A quién se la enviaste?

Marcus me miró.

—A la dirección del hospital.

Sentí un escalofrío.

—¿Y cuándo empezaron tus síntomas?

Nadie respondió.

No hacía falta.

Tres semanas después.

David tomó el teléfono y comenzó a revisar los archivos.

De repente se detuvo.

—Marcus.

—¿Qué?

Amplió una fotografía.

Era un registro de acceso al laboratorio de Helix.

Una tarjeta había entrado repetidamente después de medianoche.

Marcus leyó el nombre.

Su rostro perdió todo el color.

Yo me acerqué.

Conocía perfectamente aquel apellido.

Porque pertenecía a mi familia.

—Eso es imposible —susurré.

El registro decía:

ACCESO AUTORIZADO: DR. THOMAS BENNETT.

Mi padre.

El hombre que Marcus había cuidado durante meses antes de morir.

—Mi padre murió hace dos años.

Marcus levantó lentamente la mirada hacia mí.

—Emma…

—¿Qué?

Sus labios temblaron.

—Tu padre no murió por la enfermedad que te dijeron.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Cómo sabes eso?

Marcus miró a David.

Después a la neuróloga.

Y finalmente a mí.

—Porque fui yo quien firmó su certificado de defunción.

Hizo una pausa.

—Y tres días después de enterrarlo, lo vi entrar en este hospital.

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