PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE NADIE PODÍA NEGAR

Mariana no entró.

Se quedó inmóvil detrás de la puerta.

Sacó el teléfono lentamente.

Activó la cámara.

Después deslizó el dedo hasta la opción de grabar audio.

La voz de Ofelia seguía sonando perfectamente clara.

—Con esos cincuenta mil también alcanzamos para pagar otra parte de las apuestas.

Otra mujer soltó una carcajada.

Era Silvia, la vecina del quinto piso.

—¿Y si Mariana se niega?

Ofelia dio un largo trago al coñac.

—Ricardo sabe cómo hacerla sentir culpable.

Siempre funciona.

Primero la enfermedad.

Luego las lágrimas.

Después le recuerda que esta casa también es de él.

Mariana sintió que el estómago se cerraba.

Pero permaneció completamente inmóvil.

—¿Y los pagarés? —preguntó Silvia.

Ofelia respondió sin bajar la voz.

—Mientras esa tonta siga firmando donde Ricardo le dice, nadie nos quitará nada.

El corazón de Mariana dio un vuelco.

—Además…

Ofelia volvió a reír.

—Ni siquiera sabe lo que firmó hace seis meses.

Silvia pareció sorprenderse.

—¿Todavía cree que era un seguro?

—Claro.

Era una ampliación del crédito.

Con su firma conseguimos otro préstamo.

Cuando Ricardo venda el departamento, todo quedará cubierto.

Mariana dejó de respirar.

¿Vender el departamento?

Sintió que las piernas le temblaban.

El departamento lo habían comprado juntos cuatro años antes.

Ella había aportado prácticamente todo el enganche gracias a una indemnización laboral y varios años de ahorro.

Ricardo solo había puesto una parte mínima.

Nunca.

Jamás.

Él le había hablado de venderlo.

Ofelia continuó hablando.

—Con lo que sobre, Ricardo y yo nos iremos a Puebla.

Esa mujer podrá regresar con su madre si quiere.

Ya no la necesitaremos.

Mariana detuvo la grabación.

No hacía falta escuchar más.

Ya tenía suficiente.


Una hora después llegó Ricardo.

Entró apresurado.

—¿Cómo sigue mi mamá?

Mariana levantó la vista del sofá.

—Muchísimo mejor.

Ofelia salió de la habitación fingiendo caminar con dificultad.

—Hijo…

Qué bueno que llegaste.

Ricardo corrió a abrazarla.

—¿Cómo te sientes?

—Gracias a Dios, mejor.

Después miró a Mariana.

—¿Le dijiste lo del dinero?

Mariana sostuvo su mirada.

—Todavía no.

Ricardo suspiró aliviado.

Se sentó frente a ella.

—Necesito pedirte un favor.

Ella ya conocía perfectamente el discurso.

—¿Los cincuenta mil pesos?

Él sonrió.

—Sabía que me entenderías.

Mi transmisión ya no aguanta.

Y después te los devuelvo.

Mariana apoyó tranquilamente el teléfono sobre la mesa.

—Claro.

Los dos sonrieron.

Ofelia incluso comenzó a relajarse.

—Pero antes quiero que escuchen algo.

Presionó reproducir.

La habitación quedó en silencio.

Entonces empezó a escucharse la voz de Ofelia.

“Te dije que funcionaría. La mensa hasta canceló el viaje…”

La sonrisa desapareció del rostro de Ricardo.

“Mañana Ricardo le pide los cincuenta mil…”

Ofelia dejó caer la taza de té.

“Con esos cincuenta mil también alcanzamos para pagar otra parte de las apuestas…”

Ricardo palideció.

“Ni siquiera sabe lo que firmó hace seis meses…”

El silencio se volvió insoportable.

Cuando terminó la grabación, nadie habló durante varios segundos.

Finalmente Ricardo rompió el silencio.

—No es lo que parece.

Mariana sonrió por primera vez en toda la noche.

—Entonces explícamelo.

Él abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

—¿Qué apuestas?

Silencio.

—¿Qué préstamo?

Silencio.

—¿Qué documento firmé?

Ricardo comenzó a sudar.

—Solo era…

Una reestructuración bancaria.

Mariana negó lentamente.

—No.

Sacó una carpeta del cajón de la mesa.

La colocó frente a él.

—Después de escucharlos llamé a la notaría donde supuestamente firmamos aquel seguro.

Ricardo sintió un vacío en el estómago.

Mariana abrió la carpeta.

Dentro había copias certificadas.

—No era un seguro de vida.

Era una ampliación de la hipoteca.

Otra hoja.

—Aquí aparece mi firma.

Otra.

—Y aquí la autorización para hipotecar nuevamente el departamento.

Ricardo ya no podía sostenerle la mirada.

Mariana pasó la última página.

—Pero hay algo todavía más interesante.

Señaló un apartado.

—El notario declaró que ese día yo jamás estuve presente.

Ofelia dejó escapar un jadeo.

Ricardo levantó la cabeza de golpe.

—¿Qué?

—Las cámaras de la notaría muestran que quien entró con tu identificación fue otra mujer.

Mariana cerró lentamente la carpeta.

—Así que ahora necesito que me expliquen quién falsificó mi firma…

Y quién creyó que nunca descubriría que llevaba meses pagando las deudas de juego de su propio esposo.

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