PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE NADIE ESPERABA

Ana Lucía pasó toda la mañana con el corazón acelerado.

Dejó el viejo celular escondido entre unas cajas dentro del clóset, apuntando directamente al cajón donde guardaba sus brasieres de lactancia.

Después salió de la habitación con el pretexto de preparar el desayuno.

No tuvo que esperar mucho.

Apenas escuchó que la puerta del cuarto se abría lentamente, sintió que algo dentro de ella se rompía.

No entró.

No hizo ruido.

Esperó.

Cuarenta minutos después regresó.

Todo parecía exactamente igual.

El cajón estaba cerrado.

Su ropa doblada.

Ninguna señal de que alguien hubiera estado ahí.

Pero cuando revisó el celular, el archivo de video seguía grabado.

Temblando, lo reprodujo.

Durante los primeros minutos no ocurrió nada.

Solo la habitación vacía.

Después apareció doña Teresa.

Entró mirando hacia el pasillo para asegurarse de que nadie la observaba.

Abrió el cajón con total naturalidad.

Sacó dos brasieres de Ana Lucía.

De una bolsa de tela que llevaba escondida en el delantal extrajo un pequeño frasco metálico.

Destapó la tapa.

Con la yema de los dedos comenzó a extender una pasta amarillenta sobre la parte interior de la tela, justo donde el pecho hacía contacto con la boca del bebé.

Mientras trabajaba, murmuró para sí misma.

—Así dejará de buscarla… y aprenderá quién es la que realmente lo cuida.

Ana Lucía sintió que las lágrimas le nublaban la vista.

No podía creer lo que estaba escuchando.

El video continuó.

Doña Teresa volvió a guardar el frasco.

Luego acomodó cuidadosamente la ropa para que pareciera intacta.

Antes de salir del cuarto sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Como la de alguien convencido de que nunca sería descubierto.

Esa misma tarde, Ana Lucía no dijo una sola palabra.

Guardó el video.

Lavó toda su ropa de lactancia.

Y compró un brasier nuevo sin que nadie lo supiera.

Cuando llegó la hora de alimentar a Emiliano, se encerró con llave.

El pequeño buscó el pecho.

Ana Lucía contuvo la respiración.

Esta vez, Emiliano comenzó a succionar con calma.

No gritó.

No lloró.

No se arqueó.

Terminó de comer y se quedó profundamente dormido sobre su pecho.

Las lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Ana Lucía.

No era su leche.

Nunca había sido su leche.

Era aquello que alguien había puesto sobre su ropa.

En ese momento, Rodrigo golpeó la puerta.

—¿Ya terminó?

—Sí.

Entró sin esperar respuesta.

Vio a Emiliano dormido y frunció el ceño.

—Qué raro… hoy no lloró.

Ana Lucía levantó lentamente el teléfono.

—Ya sé por qué.

Rodrigo observó la pantalla.

El video comenzó a reproducirse.

Su madre aparecía claramente manipulando los brasieres.

La sonrisa desapareció del rostro de Rodrigo.

—No… esto debe tener una explicación.

Ana Lucía apagó el teléfono.

—La tendrá.

Se hizo un silencio pesado.

Entonces sonó el timbre de la casa.

Al abrir la puerta, una mujer de bata blanca mostró una credencial.

—Buenas tardes. Soy la doctora Elena Castañeda, toxicóloga del Hospital General.

Levantó un sobre sellado.

—Ya tenemos los resultados del análisis que la señora Ana Lucía solicitó sobre la sustancia encontrada en la tela.

La doctora miró primero a Ana Lucía.

Luego a doña Teresa, que acababa de salir al pasillo y había perdido completamente el color del rostro.

—Y creo que todos deberían escuchar el resultado al mismo tiempo.

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