A la mañana siguiente, Alejandro apareció en mi habitación del hospital acompañado de Sofía.
La muchacha llevaba toda la noche sin dormir.
Se sentó junto a mi cama y me entregó su teléfono.
—Yo grabé esto antes de que papá se fuera de la boda.
Abrí el video.
Al principio solo aparecía el salón vacío junto a la alberca.
Luego escuché la voz de Renata.
—Si Mariana habla, estamos perdidos.
Otra voz respondió.
La reconocí inmediatamente.
Mi madre.
—No puede enterarse. Después de dieciséis años, no podemos permitir que encuentre los documentos.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Miré a Sofía.
—¿Qué documentos?
Ella negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero después dijeron algo sobre un accidente ocurrido cuando ustedes eran niñas.
Alejandro intervino.
—Sofía me mostró esto anoche. Por eso cancelé todo y me llevé a mi hija.
Seguí escuchando.
La voz de Renata volvió a sonar.
—Mariana nunca debió volver a investigar.
Mi respiración se detuvo.
Yo jamás le había contado a nadie que llevaba meses investigando la muerte de mi hermano menor.
Mi hermano había muerto cuando yo tenía dieciocho años.
Mi familia siempre dijo que había sido un accidente.
Pero desde hacía meses encontraba pequeños detalles que no coincidían.
Fechas.
Informes médicos.
Una fotografía desaparecida.
Y ahora mi hermana acababa de decir que yo estaba investigando.
¿Cómo lo sabía?
Entonces apareció una tercera voz en la grabación.
Una voz masculina.
—¿Y si encuentra el original?
Mi madre respondió:
—No lo encontrará. Roberto lo escondió antes de morir.
Me quedé completamente inmóvil.
Mi padre había muerto seis años atrás.
Pero el hombre de la grabación hablaba de algo que mi padre había escondido.
Alejandro pausó el video.
—Mariana, hay algo más.
Sacó un sobre de su chaqueta.
—Lo encontré en la habitación de Renata.
Dentro había una fotografía antigua.
Mi hermano aparecía junto a la alberca del mismo hotel.
Pero la fecha impresa en la esquina era de dieciséis años atrás.
Detrás de él estaban Renata, mi madre y un hombre que no reconocí.
Hasta que le di la vuelta a la fotografía.
Había una frase escrita con tinta azul:
“Si algo me sucede, no confíes en Teresa”.
Mi madre.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
Entonces mi teléfono comenzó a sonar.
Era Renata.
No contesté.
Llegó un mensaje.
“Mariana, si ya viste la fotografía, debes saber que nuestro hermano no murió aquella noche”.
Me quedé mirando la pantalla.
Luego llegó otro.

“Y la persona que lo empujó no fui yo”.
El tercer mensaje apareció unos segundos después.
“Fue nuestra madre”.