PARTE 2: LA GRABACIÓN QUE LO DELATÓ

Esa noche no pude dormir.

Tenía el celular escondido entre el colchón y la pared. Cada vez que escuchaba pasos en el pasillo, dejaba de respirar.

Mi padrastro, Ricardo, caminaba de un lado a otro de la casa.

Hablaba por teléfono en voz baja.

—Todavía no aparece la policía… sí, la niña está aquí… no sospecha nada.

Sentí un escalofrío.

Sí sospechaba.

Y mucho.

Esperé hasta que todo quedó en silencio. Entonces abrí otra vez la grabación.

Subí el volumen al máximo.

Primero se escuchaban los pájaros del parque, los niños riendo y el chirrido del columpio.

Después apareció la voz del hombre.

—Guapa…

Mi madre respondió casi en un susurro.

—Déjeme en paz.

Retrocedí unos segundos y escuché con más atención.

Fue entonces cuando descubrí un sonido que antes había pasado por alto.

Un pitido.

Luego una voz metálica.

—Puerta trasera desbloqueada.

No era un coche cualquiera.

Tenía un sistema de voz.

Seguí escuchando.

—Tu esposo ya firmó todo —susurró el hombre.

Mi madre respondió algo tan bajo que apenas podía entenderse.

Subí otra vez el volumen.

“…yo nunca acepté…”

Después se oyó un golpe seco.

Y el teléfono con el que estaba grabando cayó unos centímetros dentro de mi mochila, cambiando el ángulo de la imagen.

Pero ese accidente mostró algo inesperado.

Durante apenas dos segundos apareció reflejada la matrícula del coche en el espejo de un vehículo estacionado frente al parque.

Era borrosa.

Muy borrosa.

Aun así podían distinguirse varios números.

Tomé una hoja y los copié.

A la mañana siguiente fingí ir a la escuela.

En realidad caminé hasta la pequeña comisaría del barrio.

El oficial de guardia sonrió al verme.

—¿Te has perdido?

Negué con la cabeza.

—Mi mamá desapareció.

El hombre cambió de expresión.

Le entregué el celular.

—Aquí está todo.

Durante varios minutos observó el video sin decir una palabra.

Después llamó a otro agente.

Luego a otro más.

La pequeña oficina comenzó a llenarse.

Uno de ellos congeló la imagen donde aparecía el reflejo de la matrícula.

Otro aumentó el brillo.

Un tercero escribió algo en una computadora.

De pronto todos se miraron.

—No puede ser…

El oficial volvió hacia mí.

—¿Estás completamente segura de que este video lo grabaste ayer?

Asentí.

Él tomó el teléfono fijo y marcó un número urgente.

—Necesito localizar este vehículo ahora mismo.

Veinte minutos después regresó con el rostro serio.

—La matrícula pertenece a una empresa de transporte.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Encontrarán a mi mamá?

El policía tardó unos segundos en responder.

—Hay algo extraño.

—¿Qué pasa?

—Ese coche fue declarado destruido en un incendio hace más de un año.

Sentí que todo volvía a oscurecerse.

Entonces otro agente entró corriendo con una carpeta en la mano.

—¡Encontramos algo!

Dejó varias fotografías sobre la mesa.

En una aparecía el mismo coche negro.

No estaba quemado.

Estaba perfectamente intacto.

Y quien bajaba del asiento del conductor no era el hombre que se llevó a mi madre.

Era Ricardo.

Mi padrastro.

El silencio invadió la oficina.

El oficial levantó lentamente la vista.

—Tu madre no fue víctima de un desconocido.

Hizo una pausa antes de pronunciar las palabras que me helaron la sangre.

—Todo indica que alguien muy cercano organizó su desaparición.

Y ese mismo instante, el teléfono de la comisaría comenzó a sonar.

La llamada provenía del celular de mi madre.

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