PARTE 2: LA GRABACIÓN PROHIBIDA

Clara echó a correr sin mirar atrás.

El largo pasillo de la casona parecía interminable.

La grabadora de plata golpeaba contra su pecho, escondida bajo el chal, mientras los aplausos de Julián dejaban paso a unos pasos tranquilos, seguros, como los de un hombre que estaba convencido de que nadie podía escapar de su propia casa.

—No llegarás muy lejos —dijo él con una calma inquietante—. Toda esta casa fue construida para guardar secretos.

Clara dobló por una galería llena de retratos antiguos.

Detrás de ella escuchó otra voz.

—¡Cierren las puertas!

Dos empleados aparecieron al fondo del corredor.

No sabía si trabajaban para la familia… o para Julián.

La señora Elvira salió de una puerta lateral y le hizo una seña desesperada.

—¡Por aquí!

Sin hacer preguntas, Clara la siguió.

Entraron en una pequeña biblioteca.

La anciana empujó un viejo estante.

El mueble giró lentamente sobre un eje oculto y dejó al descubierto un estrecho pasadizo de piedra.

—Rápido.

Ambas entraron.

El estante volvió a cerrarse justo cuando los pasos llegaban al otro lado.

Durante varios segundos solo se escucharon los golpes de Julián contra la madera.

—¡Elvira!

Nadie respondió.

El pasadizo olía a humedad y polvo antiguo.

La única luz provenía de unas pequeñas rendijas abiertas entre los muros.

Clara respiraba con dificultad.

—¿Por qué me ayuda?

Elvira bajó la cabeza.

—Porque le prometí a su madre.

Clara se detuvo.

—¿Qué dijo?

La anciana levantó lentamente la vista.

—No conocí a la señora Rebeca.

Conocí a su verdadera madre.

El corazón de Clara dio un vuelco.

—Eso es imposible.

—Trabajó en esta casa hace muchos años.

Antes de morir me pidió que, si algún día usted llegaba aquí, no permitiera que la destruyeran igual que hicieron con ella.

Clara sintió que las piernas dejaban de responder.

Nunca nadie le había dicho que su madre hubiera conocido a la familia Alcázar.

—¿Qué relación tenía con ellos?

Elvira negó con tristeza.

—No puedo explicarlo todo ahora.

Primero debemos sacar a Emiliano con vida.

Llegaron al final del corredor.

Había una pequeña habitación oculta.

Sobre una mesa descansaba un viejo reproductor de casetes.

Clara sacó la grabadora de plata.

Tenía una pequeña cinta en su interior.

Sus manos temblaban mientras presionaba el botón de reproducción.

Al principio solo se escuchó estática.

Después apareció una voz masculina.

Era Emiliano.

Pero no el hombre débil que yacía en la cama.

Era una voz firme.

Segura.

Grabada antes del accidente.

—Si alguien escucha esto, significa que no logré detener a Julián.

Clara sintió un escalofrío.

La grabación continuó.

—Mi accidente no fue un accidente.

Elvira cerró los ojos.

Como si hubiera esperado esas palabras durante años.

—Julián lleva meses desviando dinero del grupo Alcázar utilizando empresas fantasma.

Tengo todas las pruebas.

Si desaparezco, no crean ninguna versión oficial.

La respiración de Clara se aceleró.

Entonces la voz de Emiliano añadió algo completamente inesperado.

—Y si la persona que encuentra esta grabación se llama Clara…

Ella dejó caer una mano sobre la mesa.

¿Cómo podía saber su nombre?

La cinta siguió avanzando.

—Clara, si realmente eres tú, entonces significa que Roberto Salazar cumplió el acuerdo.

No confíes en él.

Nunca lo hizo por dinero.

Lo hizo porque hace veinticuatro años ayudó a ocultar el mayor secreto de esta familia.

El mundo pareció detenerse.

Clara dejó de respirar.

Su padre…

¿Conocía a los Alcázar desde hacía más de dos décadas?

Antes de que pudiera procesarlo, un disparo resonó en el pasadizo.

El reproductor cayó al suelo.

La cinta siguió girando.

Y la última frase de Emiliano quedó suspendida en el aire.

—Porque tú… nunca fuiste una desconocida para esta casa.

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