Clarissa cerró la puerta de la habitación de Dustin con suavidad.
Su hijo seguía en silencio mientras guardaba sus juguetes en una pequeña mochila.
No preguntó por qué la abuela estaba enfadada.
No preguntó por qué tenía que irse.
Solo levantó la vista de vez en cuando para comprobar que su madre seguía allí.
Eso le rompía el alma.
Ningún niño de siete años debería aprender tan pronto a quedarse callado para no molestar.
Le acarició el cabello.
—¿Quieres quedarte un rato viendo dibujos?
Él asintió.
En cuanto encendió la televisión, Clarissa salió al pasillo.
Abajo seguían oyéndose los gritos de Ellie.
—¡Parker va a venir! ¡Ya verás cómo te hace entrar en razón!
Clarissa no respondió.
Solo marcó el número de su marido.
Contestó al tercer tono.
—¿Qué pasa?
—Tu madre y tu hermana tienen dos horas para salir de mi casa.
Hubo un largo silencio.
—Clarissa… seguro que hubo un malentendido.
—Encontré a nuestro hijo comiendo una papa fría mientras ellas y Mason estaban almorzando pollo frito con toda la comida que compré.
Parker suspiró.
—Mi madre dice que Dustin estaba castigado.
—¿Y tú le crees?
Él tardó demasiado en contestar.
—Hablaré con ellas cuando llegue.
Clarissa cerró los ojos.
Aquella respuesta le dolió más que cualquier insulto.
Ni siquiera había preguntado cómo estaba su hijo.
Colgó sin despedirse.
Cuando bajó nuevamente, la cocina estaba vacía.
Alana y Ellie habían subido a recoger sus maletas.
Solo quedaban platos sucios sobre la mesa.
Clarissa empezó a recogerlos.
Al mover una bandeja de madera, algo cayó al suelo.
Era un pequeño dispositivo negro.
Lo reconoció enseguida.
Un grabador de voz.
Frunció el ceño.
No era suyo.
Lo levantó.
Todavía tenía batería.
Pulsó el botón de reproducción.
Al principio solo se escuchaban ruidos de platos.
Después apareció la voz de Ellie.
—¿Crees que aguantará todo el verano?
Alana soltó una carcajada.
—Claro que sí. Si tratamos al niño como una molestia, ella dejará de traerlo.
—¿Y Parker?
—Ese siempre termina poniéndose de parte de su madre.
Las dos rieron.
Clarissa sintió un escalofrío.
La grabación continuó.
—Cuando ella deje de venir, Parker venderá esta casa. Ya hablé con él de mudarse cerca de nosotros.
—Y cuando nazca el bebé de Ellie, tendremos el dinero para ayudarla.
—Exactamente. Esa casa vale una fortuna. Es absurdo que siga estando solo a nombre de Clarissa.
El corazón de Clarissa empezó a latir con fuerza.
No era solo desprecio hacia Dustin.
Habían estado intentando expulsarla de su propia casa.
Entonces sonó la voz de Mason.
—¿Por qué Dustin no puede comer pollo?
Alana respondió sin la menor vergüenza.
—Porque los niños que no llevan nuestra sangre tienen que aprender cuál es su sitio.
Silencio.
Después volvió a hablar Ellie.
—Si el niño llora lo suficiente, quizá Clarissa deje de traerlo. Todo será mucho más fácil.
La grabación terminó.
Clarissa permaneció inmóvil.
Durante varios segundos fue incapaz de respirar.
No se trataba de una discusión familiar.
Era un plan.
Y lo peor era una frase que casi había pasado desapercibida.
“Ya hablé con Parker de mudarse cerca de nosotros.”
Parker nunca le había mencionado esa conversación.
Nunca.
En ese instante sonó un coche frente a la casa.
Miró por la ventana.

Era el vehículo de su marido.
Pero no había llegado solo.
En el asiento del copiloto venía sentada Alana.
Y cuando Parker bajó del coche, lo primero que hizo no fue buscar a Dustin.
Fue sacar del maletero una carpeta con documentos.