PARTE 2: LA FRASE QUE LO DEJÓ SIN ALIENTO

Elias no respondió de inmediato.

Su mirada permaneció fija sobre mi vientre, como si esperara que, observándolo el tiempo suficiente, pudiera cambiar la respuesta que ya intuía.

—Adelaide… necesito saber la verdad.

Inspiré lentamente.

Durante meses había imaginado aquella conversación cientos de veces.

En ninguna de ellas ocurría en un hospital, con una niña dormida a pocos metros y el olor a desinfectante impregnando el aire.

—La verdad no cambia esta noche —respondí con serenidad—. Sophie sigue siendo mi prioridad como paciente.

Él bajó la cabeza.

Por primera vez desde que lo conocía, no intentó discutir.

Solo asintió.

—Entiendo.

Me di la vuelta para regresar a la planta de pediatría cuando escuché su voz otra vez.

—Lo siento.

Me detuve.

Aquellas dos palabras habían llegado demasiado tarde.

Muchísimo demasiado tarde.

—Descansa un poco —contesté sin volverme—. Ha sido un día difícil para Sophie.


Las horas transcurrieron entre controles médicos, informes y llamadas.

Poco después de la medianoche, entré nuevamente en la habitación de Sophie.

La pequeña estaba despierta.

Miraba por la ventana mientras abrazaba un conejo de peluche.

—Hola, doctora.

—¿Cómo está mi paciente favorita?

—Ya casi no me duele.

Sonreí mientras revisaba su yeso.

—Eso me gusta oír.

Elias permanecía sentado en silencio junto a la cama.

Parecía no haber dormido en todo el día.

Sophie observó mi barriga otra vez.

Los niños siempre hacían las preguntas más difíciles con la mayor inocencia.

—¿Tu bebé escucha cuando hablas?

Reí suavemente.

—Dicen que sí.

La niña sonrió.

Entonces apoyó con cuidado una pequeña mano sobre mi uniforme.

—Hola, bebé.

Sentí una leve patadita.

No pude evitar reír.

—Creo que acaba de saludarte.

Los ojos de Sophie se iluminaron.

—¡Papá! ¡Se movió!

Elias levantó la vista.

Había una emoción completamente distinta en su rostro.

No era sorpresa.

Era nostalgia.

La clase de nostalgia que solo aparece cuando uno comprende todo lo que perdió.

Sophie permaneció unos segundos pensativa.

Luego hizo una pregunta inesperada.

—Doctora…

—¿Sí?

—¿Quién cuida de tu bebé cuando trabajas tanto?

Mi sonrisa se apagó apenas un instante.

—Por ahora… los dos nos cuidamos mutuamente.

La niña frunció el ceño.

—Eso parece muy difícil.

Antes de que pudiera responder, añadió con total naturalidad:

—Porque mi papá siempre dice que ningún bebé debería crecer sin su papá.

El silencio cayó sobre la habitación.

Elias cerró los ojos lentamente.

Parecía incapaz de respirar.

Sophie continuó hablando sin darse cuenta.

—Él dice que cuando nací prometió que nunca me dejaría sola.

Luego me miró con una ternura desarmante.

—¿Tu bebé también tiene un papá que lo quiere mucho?

Sentí un nudo subir hasta mi garganta.

Durante unos segundos fui incapaz de pronunciar una sola palabra.

Elias dio un paso adelante.

Pero se detuvo antes de acercarse demasiado.

Su voz salió apenas como un susurro.

—Sophie…

La niña lo miró confundida.

Él tenía los ojos completamente humedecidos.

Comprendió, en ese preciso instante, que la promesa que había cumplido con una hija había sido incapaz de cumplirla con la otra vida que había creado.

Yo acaricié con suavidad el cabello de Sophie.

—Es hora de que descanses, campeona.

Ella bostezó.

—Buenas noches, doctora.

—Buenas noches.

Cuando salí de la habitación, Elias me siguió hasta el pasillo.

Las puertas se cerraron lentamente detrás de nosotros.

Durante unos segundos ninguno habló.

Finalmente, él rompió el silencio.

—No sabía que estabas embarazada.

Lo miré con calma.

—No lo sabías porque elegiste no buscarme.

Su rostro se contrajo de dolor.

—¿Es… una niña?

Bajé la vista hacia mi vientre y sonreí por primera vez en toda la noche.

—Sí.

Él dejó escapar un tembloroso suspiro.

—Siempre dijiste que querías llamarla Lily.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Era cierto.

Ese nombre lo habíamos elegido juntos una noche de invierno, mucho antes de que todo se rompiera.

Levanté lentamente la mirada.

—No cambié de opinión.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Elias.

Pero antes de que pudiera decir una sola palabra más, una enfermera salió apresuradamente de la habitación de Sophie.

—¡Doctora Adelaide!

Ambos nos giramos al mismo tiempo.

La enfermera respiraba con dificultad.

—Acabamos de recibir una llamada de la policía… Necesitan hablar inmediatamente con el señor Elias. Dicen que encontraron algo en el parque donde Sophie sufrió el accidente… y creen que su caída quizá no fue un accidente en absoluto.

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