PARTE 2: La Fotografía Perdida

Abrí los ojos lentamente.

El techo blanco del apartamento giraba sobre mí.

Durante unos segundos no recordé dónde estaba.

Después sentí una mano sosteniendo la mía.

Giré la cabeza.

Ethan seguía sentado junto a la cama.

La camisa estaba arrugada.

La corbata había desaparecido.

Tenía la barba ligeramente crecida y profundas ojeras, como si no hubiera dormido en toda la noche.

Mi mano seguía atrapada entre las suyas.

Intenté moverme.

Él despertó de inmediato.

—No te levantes.

Su voz conservaba la misma autoridad de siempre.

Pero ya no sonaba fría.

Sonaba agotada.

—¿Cuánto tiempo…?

—Treinta horas.

Lo miré sorprendida.

—¿Treinta?

Asintió.

—La fiebre llegó a cuarenta grados.

El médico quería hospitalizarte.

Pero te negaste incluso estando inconsciente.

No recordaba nada.

Solo aquella oscuridad interminable.

Entonces vi la fotografía sobre la mesa.

La tomé con manos temblorosas.

Éramos nosotros.

Seis años atrás.

Yo llevaba un vestido azul claro.

Él sonreía de una manera que jamás había vuelto a ver.

La foto tenía una pequeña grieta en una esquina.

La misma grieta que apareció el día que la rompí antes de marcharme.

Lo miré.

—¿Por qué la conservas?

Ethan bajó lentamente la vista.

Guardó silencio durante varios segundos.

—Porque era la única prueba de que alguna vez fui feliz.

Sentí que el pecho me dolía mucho más que la fiebre.

—Pensé que la habías tirado.

Él dejó escapar una risa amarga.

—Tú sí la tiraste.

Yo la recogí de la basura.

No pude responder.

Había imaginado durante años que él me odiaba.

Nunca imaginé aquello.

En ese momento sonó su teléfono.

La pantalla mostró el nombre de su madre.

Lo rechazó sin siquiera mirar.

Volvió a sonar.

Otra vez.

A la tercera llamada apagó completamente el teléfono.

—¿No contestas?

—No.

—¿Por mí?

Negó con tranquilidad.

—Porque ahora mismo hay algo más importante.

Me observó fijamente.

—Necesito una respuesta.

Sabía perfectamente cuál.

La pregunta llevaba seis años esperando.

Respiré hondo.

—Ethan…

Él me interrumpió.

—No quiero saber si todavía me quieres.

No quiero saber si te arrepientes.

Solo quiero saber una cosa.

Su voz comenzó a quebrarse por primera vez.

—¿Por qué desapareciste sin despedirte?

El apartamento quedó completamente en silencio.

Durante seis años había ensayado aquella respuesta.

Pero ahora ninguna palabra parecía suficiente.

Las lágrimas comenzaron a caer antes de que pudiera detenerlas.

—Porque tu madre vino a verme.

Ethan frunció el ceño.

—¿Qué?

—Dos semanas antes de que me pidieras matrimonio.

Recordé perfectamente aquella tarde.

Su madre me citó en un hotel.

Entró con un sobre marrón.

Lo dejó sobre la mesa.

—Aquí hay un millón de dólares.

Desaparece de la vida de mi hijo.

Le dije que no.

Ella sonrió.

Después sacó otra carpeta.

Dentro estaban mis informes médicos.

Mi diagnóstico.

Los tratamientos de mi padre.

Las deudas de mi familia.

Todo.

—Si no aceptas…

…haré que tu padre pierda el acceso al único tratamiento que puede mantenerlo con vida.

Sentí que Ethan dejaba de respirar.

—No…

Asentí entre lágrimas.

—Pensé que si te lo contaba…

…te enfrentarías a ella.

Y sabía que jamás te perdonarías si algo le ocurría a mi padre.

Él permaneció inmóvil.

No habló.

No pestañeó.

Solo seguía mirándome como si acabara de descubrir que toda su vida había estado construida sobre una mentira.

Entonces llamaron a la puerta.

Tres golpes.

Firmes.

Ethan abrió.

Su asistente permanecía en el pasillo con una carpeta en las manos.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Señor Walker…

Lo siento, pero tenía que encontrarlo.

Ethan tomó la carpeta.

—¿Qué ocurre?

El asistente tragó saliva.

—Su madre acaba de convocar una conferencia de prensa.

Dice que anunciará públicamente su compromiso con la hija de la familia Sullivan…

…porque asegura que usted nunca tuvo una relación seria con Claire Bennett.

Bajé lentamente la mirada hacia la fotografía que todavía sostenía entre las manos.

Y comprendí que, después de seis años de silencio…

…la verdadera guerra apenas estaba a punto de comenzar.

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