PARTE 2: LA FOTOGRAFÍA

La fotografía cayó al suelo.

Mariana la recogió con manos temblorosas.

Era Diego.

Sonreía junto a Rogelio frente a un almacén, apenas tres días antes del accidente en el que supuestamente había muerto.

Mariana levantó la vista.

—¿De dónde sacó esto?

Octavio cerró la carpeta.

—Porque llevo meses investigando a Rogelio.

El gerente dio un paso atrás.

—Señor Arriaga, eso no tiene nada que ver con…

—Cállese.

Fue la primera vez que Octavio levantó un poco la voz.

Toda la oficina quedó en silencio.

—Hace un año comenzaron a desaparecer mercancías y dinero de varios restaurantes. Cada movimiento terminaba pasando por usted.

Rogelio tragó saliva.

—Son acusaciones falsas.

Octavio abrió otro documento.

—También encontré transferencias a empresas fantasma.

Después colocó la fotografía sobre el escritorio.

—Y encontré algo aún más extraño.

Miró a Mariana.

—Su esposo descubrió ese fraude.

Ella sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué…?

—Diego trabajó unos meses para una empresa de logística que abastecía nuestros restaurantes. Antes de morir pidió una reunión conmigo porque decía tener pruebas de un robo interno.

Mariana recordó aquella última semana.

Diego estaba nervioso.

Decía que, cuando todo terminara, por fin podrían empezar una vida tranquila.

Nunca llegó a explicarle por qué.

Octavio continuó.

—La reunión nunca ocurrió.

—Porque murió…

—Porque alguien hizo que pareciera un accidente.

Rogelio comenzó a sudar.

—Eso es absurdo.

En ese momento llamaron a la puerta.

Entró la directora de seguridad del grupo.

Traía una memoria USB.

—Señor Arriaga, recuperamos las grabaciones del estacionamiento que faltaban.

Conectó la memoria al ordenador.

Las imágenes mostraban a Diego discutiendo con Rogelio la noche anterior al accidente.

Después aparecía un vehículo siguiendo el automóvil de Diego.

Mariana rompió a llorar.

Durante un año creyó que había sido una desgracia.

Ahora comprendía que había muchas preguntas sin responder.

Octavio miró a seguridad.

—Entreguen todo a las autoridades.

Rogelio intentó salir de la oficina.

Dos guardias bloquearon la puerta.

—Nadie se mueve.

Mariana abrazó con fuerza a Alma.

La niña seguía dormida, completamente ajena al caos.

Octavio se acercó despacio.

—Hay otra cosa que debe saber.

Sacó un sobre.

Dentro había una carta.

Era la letra de Diego.

“Si algo me ocurre, busca a Octavio Arriaga. Él es la única persona que puede descubrir quién está detrás de todo esto.”

Las lágrimas cayeron sobre el papel.

Octavio habló con serenidad.

—Su esposo confiaba en que yo terminaría encontrando la verdad.

Mariana levantó la mirada.

—¿Y ahora qué hago?

Él observó a la pequeña Alma.

—Lo primero… dejar de esconder a su hija para poder conservar un trabajo.

Tomó la carta de despido que Rogelio había preparado.

La rompió lentamente.

—Desde hoy ese documento no tiene ningún valor.

Después miró a la directora de Recursos Humanos, que acababa de llegar.

—Busquen un puesto compatible con sus horarios y faciliten el acceso a la guardería de la empresa.

Mariana lo miró sin poder hablar.

Había entrado en aquella oficina convencida de que perdería el empleo… y quizá a su hija.

Salió con ambas en brazos.

Y con la esperanza de descubrir, por fin, la verdad sobre la muerte de Diego.

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