PARTE 2: LA FOTO QUE YA NO IMPORTABA

Me quedé inmóvil con el teléfono en la mano.

Leí aquel último mensaje tres veces.

“Y a hablar de por qué nunca dejé de extrañarte.”

El mismo hombre que tardaba horas en responder un “¿cómo estás?” acababa de presentarse en la puerta de mi apartamento a las siete de la mañana.

Respiré hondo.

Abrí la puerta apenas unos centímetros.

Ethan seguía allí.

No había intentado irse.

Sostenía la pequeña bolsa de farmacia con una mano y el teléfono con la otra.

—¿Ya terminaste de hacer tu entrada dramática? —pregunté.

La comisura de sus labios se movió apenas.

—Todavía no.

—Pues date prisa.

—Hace frío.

Lo miré de arriba abajo.

—Eres cirujano. Estás acostumbrado a los quirófanos helados.

—Sí.

Hizo una pausa.

—Pero prefiero que me cierres la puerta por otros motivos.

Rodé los ojos.

—Cinco minutos.

Entró sin decir nada más.

Se quitó el abrigo con la misma calma desesperante de siempre.

La casa permaneció en silencio.

Hasta que extendió el teléfono hacia mí.

—Aquí.

Fruncí el ceño.

—¿Qué es?

—Comprueba tú misma que borré la fotografía.

Tomé el aparato con desconfianza.

Abrió la galería delante de mí.

No estaba.

Luego abrió la carpeta de eliminados.

Vacía.

Después la papelera de la aplicación de mensajería.

También vacía.

—¿Contenta?

Lo observé unos segundos.

—¿De verdad la borraste?

—Te dije que lo haría delante de ti.

Sentí cómo una parte de la tensión desaparecía.

Le devolví el teléfono.

—Gracias.

Ethan dejó la bolsa sobre la mesa.

—Ahora siéntate.

—¿Perdón?

—Quiero ver la irritación.

Lo miré como si hubiera perdido la cabeza.

—Ni hablar.

—Sofía…

—Clara.

Corrigió de inmediato.

—Perdón.

Clara.

Suspiré.

—Ya te dije que fue un error.

—Y yo ya te dije que soy dermatólogo antes que exnovio cuando alguien necesita ayuda.

No pude evitar sonreír.

Seguía siendo exactamente igual.

Terco.

Metódico.

Desesperantemente profesional.

Entré al baño y salí unos minutos después.

—Solo vas a mirar.

—Solo voy a mirar.

Se colocó unos guantes desechables que había traído.

Observó la zona apenas unos segundos.

—Buenas noticias.

—¿Sí?

—No parece nada grave.

Aplicó una crema con muchísimo cuidado.

Ni una caricia innecesaria.

Ni un gesto ambiguo.

Solo precisión médica.

Cuando terminó, se quitó los guantes.

—En cuatro o cinco días debería desaparecer.

Guardé silencio.

Él también.

Hasta que finalmente pregunté:

—¿Por qué hiciste una captura?

Ethan se quedó inmóvil.

Parecía debatirse entre decir la verdad o inventar cualquier excusa.

Al final suspiró.

—Porque cuando vi la foto… pensé que podía desaparecer antes de revisarla bien.

Lo miré sin entender.

—Quería ampliarla para asegurarme de que no fuera algo más serio.

Negó con la cabeza.

—Después entendí cómo sonaba eso.

—Muchísimo.

—Lo sé.

Por primera vez desde que lo conocía, Ethan parecía realmente incómodo.

Se pasó una mano por el cabello.

—Lo hice mal.

—Bastante.

—Lo siento.

Aquellas dos palabras me sorprendieron más que cualquier otra cosa.

Durante nuestra relación, Ethan rara vez pedía perdón.

No porque fuera arrogante.

Sino porque siempre creía que podía compensar los errores trabajando más.

Sentándose más horas en el hospital.

Salvando otra vida.

Como si eso arreglara todo lo demás.

Me senté frente a él.

—¿Por qué terminamos realmente?

Su mirada se perdió unos segundos en el suelo.

—Porque elegí el hospital antes que a nosotros.

No discutí.

Era cierto.

—Pensé que entenderías que era temporal.

—Esperé ocho meses.

Su voz se quebró apenas.

—Yo seguía imaginando que, cuando terminara la residencia, tendría tiempo para ti.

Sonreí con tristeza.

—Nunca me lo dijiste.

—Lo sé.

El silencio volvió a llenar el apartamento.

Entonces sonó su teléfono.

La expresión de Ethan cambió de inmediato.

Miró la pantalla.

No contestó.

Volvió a sonar.

Otra vez.

Y otra.

Fruncí el ceño.

—¿No vas a responder?

Negó lentamente.

—No.

—¿Quién es?

Guardó el teléfono en el bolsillo.

—La razón por la que realmente vine hoy.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué significa eso?

Ethan levantó la vista.

Ya no parecía el médico tranquilo que acababa de revisar mi pierna.

Parecía un hombre preocupado.

—Hace dos semanas revisé unas biopsias que nunca debieron llegar a mi escritorio.

Mi corazón empezó a acelerarse.

—¿Y?

—Entre ellas… encontré un expediente con tu nombre.

El mundo pareció detenerse.

—Pero yo nunca me hice una biopsia.

Ethan asintió lentamente.

—Exactamente.

Su voz se volvió apenas un susurro.

—Y eso significa que alguien utilizó tu identidad para realizarse unos estudios médicos.

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