PARTE 2: LA FOTO QUE NO DEBIÓ EXISTIR

Rosa Elena no respondió de inmediato.

Siguió mirando por la ventana del hotel.

Las luces de Monterrey brillaban como si nada hubiera cambiado.

Pero dentro de ella ya no quedaba un solo lugar intacto.

—Mamá… ¿sigues ahí? —insistió Daniela.

—Sí.

La voz de Rosa Elena salió sorprendentemente firme.

—¿Qué más te dijo tu padre?

Del otro lado hubo un silencio incómodo.

—Me pidió que, si te veía, intentara convencerte de regresar a Chiapas.

—¿Eso fue todo?

Daniela dudó.

—No…

Respiró hondo antes de continuar.

—También me preguntó si tú todavía conservabas ciertos documentos militares.

Rosa Elena frunció el ceño.

—¿Qué documentos?

—No quiso decirme.

Solo repetía que eran muy importantes.

La llamada terminó unos minutos después.

Rosa Elena dejó el teléfono sobre la cama.

Algo no encajaba.

Si todo se tratara únicamente de una infidelidad, Tomás estaría preocupado por su matrimonio.

No por unos documentos.


A las siete de la mañana siguiente volvió a Transportes Luján.

Esta vez no entró por la recepción principal.

Se quedó en la cafetería del edificio, desde donde podía observar discretamente el acceso.

A las ocho con doce minutos apareció Valeria.

Llegó en la misma camioneta blanca que había visto el día anterior.

No necesitó identificarse.

El guardia abrió la puerta apenas la vio.

—Buenos días, señora Luján.

—Buenos días.

Valeria sonrió con naturalidad.

Como alguien que llevaba años escuchando ese apellido.

Rosa Elena la observó entrar.

No sintió deseos de enfrentarla.

Primero necesitaba entender.

Esperó casi una hora.

Hasta que Valeria salió nuevamente, sola, con una carpeta azul bajo el brazo.

Rosa Elena caminó detrás de ella sin hacer ruido.

La siguió hasta una cafetería al otro lado de la avenida.

Valeria pidió un café.

Se sentó junto a la ventana.

Revisó varios documentos.

Fue entonces cuando Rosa Elena decidió acercarse.

—¿Puedo sentarme?

Valeria levantó la vista.

No pareció sorprendida.

—Sabía que volvería.

Rosa Elena tomó asiento frente a ella.

Durante unos segundos ninguna habló.

Finalmente fue Valeria quien rompió el silencio.

—Usted es Rosa Elena.

No era una pregunta.

Era una certeza.

—Sí.

—Mucho gusto.

Mi nombre es Valeria Suárez.

No soy la esposa legal de Tomás.

Rosa Elena permaneció inmóvil.

—Entonces…

¿Por qué todos la llaman señora Luján?

Valeria bajó lentamente la mirada.

—Porque él me lo pidió hace cuatro años.

Aquella respuesta fue tan absurda que Rosa Elena creyó haber escuchado mal.

—¿Perdón?

—Dijo que usted había decidido quedarse definitivamente en Chiapas.

Que el matrimonio existía solo en los papeles.

Que necesitaba una imagen estable para los inversionistas y los eventos públicos.

Rosa Elena sintió que el pecho le ardía.

—¿Y usted le creyó?

Valeria respondió con una honestidad inesperada.

—Sí.

Durante mucho tiempo.

Sacó lentamente una fotografía de la carpeta.

La colocó sobre la mesa.

Rosa Elena sintió que el corazón se detenía.

Era una fotografía tomada durante una gala benéfica.

Tomás aparecía abrazando a Valeria.

Pero eso no era lo importante.

En la esquina inferior podía verse claramente una fecha.

15 de septiembre de 2021.

Rosa Elena hizo un cálculo mental inmediato.

Ese día ella estaba desplegada en una misión de apoyo tras las inundaciones en Veracruz.

Recordaba perfectamente haber hablado con Tomás por videollamada desde un cuartel improvisado.

Él le dijo que estaba solo en casa.

Esperándola.

Valeria habló en voz baja.

—Hay algo más que debe saber.

Sacó otra carpeta.

Más gruesa.

—Hace dos meses encontré unos documentos.

Cuando pregunté por ellos…

Tomás me dijo que jamás debía enseñárselos a nadie.

Rosa Elena abrió la carpeta.

Lo primero que apareció fue una copia de un poder notarial.

Después escrituras.

Estados de cuenta.

Y finalmente un documento que hizo que el color desapareciera de su rostro.

Era una póliza de seguro de vida.

A nombre de Rosa Elena Mendoza.

Beneficiario principal:

Tomás Luján.

Pero lo verdaderamente inquietante no era eso.

En la última página aparecía un formulario adicional.

Uno que nunca había visto.

Con una solicitud de actualización fechada apenas tres meses atrás.

La firma parecía la suya.

Pero Rosa Elena supo al instante que no lo era.

Levantó lentamente la vista.

—Yo jamás firmé esto.

Valeria asintió con gravedad.

—Lo imaginé.

Por eso acepté reunirme con usted.

Porque cuando encontré esos papeles…

Comprendí que yo nunca fui “la otra mujer”.

También fui una mentira.

Y sospecho que usted y yo apenas estamos viendo la parte más pequeña de todo lo que Tomás lleva años ocultando.

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