PARTE 2: LA FOTO IMPOSIBLE

La madre sostuvo la fotografía con ambas manos.

Durante unos segundos no logró comprender lo que estaba viendo.

La imagen mostraba exactamente el pasillo de su casa.

La misma puerta blanca.

La misma alfombra gris.

Y a ella, con una mano sobre el picaporte, a punto de entrar en la habitación de su hijo.

Llevaba incluso la blusa azul que había usado aquella mañana.

Pero en la esquina inferior aparecía una fecha.

La fotografía había sido tomada cuatro días antes.

—Esto es imposible —murmuró.

Uno de los agentes, el inspector Salgado, tomó la imagen con cuidado.

—¿Está segura de que nunca entró aquí durante la semana?

—Completamente segura.

—¿Quién más vive en la casa?

—Mi hijo, Tomás, y yo.

—¿Su esposo?

La mujer bajó la mirada.

—Murió hace seis años.

El segundo agente comenzó a revisar el dormitorio.

No había señales de lucha.

Los cajones estaban vacíos.

El armario contenía únicamente algunas camisas, dos pares de zapatos y una maleta abierta.

La computadora que siempre permanecía sobre el escritorio había desaparecido.

También faltaban las cajas que la madre había visto minutos antes.

—¿Cuánto tiempo pasó desde que salió de la habitación hasta que llamó a la policía? —preguntó Salgado.

—Tal vez diez minutos.

—¿Su hijo pudo sacar todas esas cosas en ese tiempo?

—No. Yo estaba junto a la puerta principal. Lo habría visto.

El inspector observó la única ventana.

Daba al jardín trasero.

Estaba cerrada desde dentro.

—Entonces necesitamos hablar con su hijo.

La mujer sacó el teléfono y llamó.

El celular de Tomás estaba apagado.

Volvió a intentarlo.

Nada.

—¿Quién pidió ayuda? —preguntó el agente.

—No pude verlo. Estaba detrás de una caja.

—¿Era una voz de hombre o de mujer?

Ella dudó.

—Parecía de mujer.

—¿Joven?

—Sí.

El inspector anotó algo.

—¿Su hijo tiene novia?

—No que yo sepa.

—¿Amigas?

—Tomás no habla de su vida privada. Desde hace meses apenas sale de la habitación.

La madre cruzó los brazos.

Intentaba controlar el temblor de sus manos.

—Sé lo que vi. Había alguien ahí dentro.

Salgado volvió a mirar la fotografía.

—También parece que alguien sabía que usted entraría.

Aquella frase la dejó inmóvil.

—¿Qué quiere decir?

—La imagen no parece casual. La persona que la tomó estaba esperando exactamente este momento.

El agente levantó la fotografía hacia la luz.

—Hay algo reflejado en el pomo de la puerta.

Amplió la imagen con su teléfono.

En el metal aparecía una figura borrosa sosteniendo una cámara.

La madre se acercó.

—¿Es Tomás?

—No.

La figura tenía el cabello largo.

Parecía una mujer.

La madre sintió una presión en el pecho.

—No conozco a nadie así.

El inspector continuó ampliando la imagen.

En el reflejo se distinguía parte de un rostro.

La mujer retrocedió.

—No puede ser.

—¿La reconoce?

Ella no respondió.

Aquel rostro se parecía demasiado al suyo.

No al que veía cada mañana en el espejo.

Sino al rostro que había tenido veinte años atrás.

—Es mi hermana —susurró.

Los agentes intercambiaron una mirada.

—¿Cómo se llama?

—Lucía.

—¿Podemos hablar con ella?

La madre tardó varios segundos en contestar.

—Lucía murió.

El silencio cayó sobre la habitación.

—¿Cuándo? —preguntó Salgado.

—Hace dieciocho años.

El inspector volvió a mirar el reflejo.

—¿Está segura?

—Yo misma identifiqué el cuerpo.

La mujer se llevó una mano a la frente.

Su nombre era Teresa Valdés y había pasado casi dos décadas intentando olvidar aquella noche.

Lucía, su hermana menor, había desaparecido durante tres días.

Después, la policía encontró un automóvil incendiado junto a una carretera.

Dentro había un cuerpo.

El reconocimiento se realizó mediante una pulsera, un reloj y algunos documentos personales.

El rostro era imposible de identificar.

—¿Le hicieron una prueba de ADN? —preguntó Salgado.

Teresa negó lentamente.

—En aquel tiempo mi madre estaba enferma. Queríamos terminar con todo cuanto antes.

El inspector guardó la fotografía en una bolsa transparente.

—Necesitamos revisar el resto de la casa.

Mientras los agentes inspeccionaban cada habitación, Teresa permaneció sentada en el salón.

Intentó reconstruir lo ocurrido.

Tomás había comenzado a comportarse de manera extraña seis meses atrás.

Primero instaló una cerradura en su puerta.

Después dejó de comer con ella.

Recibía paquetes sin remitente y salía algunas noches sin explicar adónde iba.

Teresa había pensado que su hijo atravesaba una etapa difícil.

Nunca imaginó que escondiera a alguien.

O algo.

El inspector regresó con una caja pequeña.

—Encontramos esto en el garaje.

Teresa reconoció la caja de inmediato.

Era una de las que había visto en la habitación de Tomás.

—¿Qué contiene?

Salgado la abrió.

Dentro había varias cintas de video antiguas, fotografías familiares y un cuaderno cubierto de polvo.

En la primera página aparecía el nombre de Lucía.

Teresa comenzó a temblar.

—Ese cuaderno desapareció después de su muerte.

El agente hojeó las páginas.

La mayoría contenía frases confusas, fechas y nombres.

Pero las últimas hojas eran diferentes.

Lucía había escrito sobre alguien a quien llamaba “el hombre de la casa”.

Decía que aquel hombre observaba a las hermanas, entraba en sus habitaciones y sabía cómo abrir todas las puertas.

—¿Quién vivía con ustedes? —preguntó Salgado.

—Mi madre, Lucía y yo.

—¿Nadie más?

Teresa apartó la mirada.

—Mi padrastro.

—¿Cómo se llamaba?

—Ernesto Montalbán.

El inspector escribió el nombre.

—¿Dónde está ahora?

—Murió poco después que Lucía.

—¿Cómo?

—Se cayó por las escaleras.

La respuesta sonó demasiado rápida.

Salgado la observó con atención.

—¿Fue un accidente?

—Eso determinó la policía.

El agente abrió el cuaderno por la última página.

Había una frase escrita con tinta roja:

“Si algo me ocurre, Teresa conoce la verdad.”

La madre sintió que el aire desaparecía de la habitación.

—Yo no escribí eso.

—La frase parece referirse a usted.

—Mi hermana estaba confundida.

—¿Confundida por qué?

—Tenía problemas.

—¿Qué clase de problemas?

Teresa se levantó.

—Quiero encontrar a mi hijo. No hablar de algo que ocurrió hace dieciocho años.

El teléfono del inspector sonó.

Uno de sus compañeros había encontrado la matrícula del automóvil de Tomás en una cámara de tráfico.

Había salido de la ciudad veinte minutos antes de que Teresa llamara a la policía.

—No pudo hacerlo —dijo ella—. Yo estaba en casa. Nunca escuché el coche.

—La cámara muestra que no conducía Tomás.

Salgado giró el teléfono.

En la imagen aparecía una mujer al volante.

Llevaba gafas oscuras y un pañuelo sobre el cabello.

Tomás viajaba en el asiento trasero.

No parecía secuestrado.

Parecía estar conversando con ella.

—Es la mujer de la fotografía —dijo Teresa.

—La que se parece a su hermana.

La matrícula condujo a una pequeña casa abandonada en las afueras de la ciudad.

Los agentes pidieron refuerzos.

Teresa insistió en acompañarlos.

Cuando llegaron, la puerta estaba abierta.

En el interior había cajas idénticas a las del dormitorio de Tomás.

También había monitores, cámaras y cientos de fotografías pegadas en las paredes.

Todas mostraban a Teresa.

En el supermercado.

En el trabajo.

Durmiendo.

Caminando por el jardín.

Algunas habían sido tomadas desde el interior de su propia casa.

—Alguien la ha vigilado durante años —dijo Salgado.

Teresa recorrió las imágenes horrorizada.

En varias aparecía Tomás cuando era niño.

En otras, su esposo fallecido.

En una de las fotografías más antiguas aparecía Lucía con un bebé en brazos.

Teresa se acercó lentamente.

El bebé tenía una pequeña marca detrás de la oreja.

La misma marca que tenía Tomás.

—No —susurró.

El inspector observó la imagen.

—¿Qué ocurre?

—Ese bebé es mi hijo.

—¿Está segura?

—Sí.

En el reverso de la fotografía había una fecha.

Había sido tomada dos semanas antes de que Teresa diera a luz.

Salgado frunció el ceño.

—¿Cómo podía su hermana sostener a su hijo antes de que naciera?

Teresa no respondió.

En ese momento se escuchó un golpe en el piso superior.

Los agentes desenfundaron sus armas y subieron.

Encontraron a Tomás sentado en una habitación frente a una cámara encendida.

No estaba atado.

No estaba herido.

Simplemente esperaba.

—Mamá —dijo al verla—. Te pedí que no entraras.

Teresa corrió hacia él.

—¿Quién era la mujer? ¿Dónde está?

Tomás señaló una puerta al fondo.

—Ahí.

Los agentes la abrieron.

La habitación estaba vacía.

Solo había una silla, una grabadora y la blusa azul que Teresa llevaba en la fotografía.

Salgado encendió la grabadora.

La voz que salió del dispositivo era la misma que había gritado pidiendo ayuda.

—Está loco, está rabioso.

Pero aquella voz no pertenecía a una desconocida.

Era la voz de Teresa.

La madre retrocedió.

—Yo nunca grabé eso.

Tomás la miró con tristeza.

—Sí lo hiciste.

—¿Cuándo?

—La noche en que murió Lucía.

Teresa quedó paralizada.

—Yo no recuerdo nada de aquella noche.

—Eso es lo que siempre dices.

Tomás abrió el cajón de una mesa y sacó el objeto que había escondido cuando su madre irrumpió en la habitación.

Era una cámara de video antigua.

—Lucía grabó todo —dijo.

El inspector tomó la cinta.

La imagen comenzó con interferencias.

Después apareció una habitación oscura.

Lucía estaba frente a la cámara, llorando.

A su lado había una cuna.

—Teresa quiere quedarse con mi bebé —decía—. Mamá dice que es lo mejor, que nadie debe saber quién es el padre. Pero yo no voy a permitirlo.

Teresa miró a Tomás.

Él tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Lucía era mi madre —dijo.

Teresa negó con desesperación.

—No. Yo te di a luz.

—No existe ningún registro del hospital.

—Porque naciste en casa.

—Eso fue lo que inventaron.

La grabación continuó.

Se escuchó una discusión fuera de cámara.

Luego apareció una Teresa mucho más joven entrando en la habitación.

Llevaba la misma blusa azul de la fotografía.

—Entrégame al niño —ordenaba.

Lucía abrazó al bebé.

—Nunca.

La imagen se interrumpió antes de mostrar lo que ocurrió después.

Tomás apagó la cámara.

—Falta el resto de la cinta.

—¿Dónde está? —preguntó Salgado.

Tomás miró a Teresa.

—Ella la escondió.

—No recuerdo nada.

—La mujer que viste hoy lleva meses ayudándome a encontrarla.

Teresa respiró con dificultad.

—¿Lucía está viva?

Tomás se levantó.

—Eso vine a descubrir.

Se acercó a una pared y retiró una de las fotografías.

Detrás había una caja fuerte.

Dentro se encontraba la mitad restante de la cinta.

Pero también había un certificado de defunción.

No pertenecía a Lucía.

Llevaba el nombre de Teresa Valdés.

La fecha coincidía con el día del automóvil incendiado.

El inspector leyó el documento dos veces.

—Según esto, la mujer que murió hace dieciocho años fue Teresa.

Todos miraron a la madre.

Ella retrocedió hacia la puerta.

Tomás sostuvo la fotografía de Lucía.

—Por eso no reconociste a la mujer que tomó la foto.

—Yo soy Teresa.

—No —respondió él—. Tú eres Lucía.

La mujer se llevó las manos a la cabeza.

Una imagen atravesó su memoria.

Fuego.

Una carretera.

Su hermana gritando.

Un intercambio de documentos.

Y un bebé arrancado de sus brazos.

Antes de que pudiera decir nada, alguien apareció detrás de los agentes.

Era la mujer de las gafas oscuras.

Se quitó lentamente el pañuelo.

Tenía el mismo rostro de la fotografía.

Pero no miró a Tomás.

Miró a la mujer que creía ser Teresa.

—Hola, hermana —dijo—. Ha llegado el momento de que recuerdes cuál de las dos murió realmente aquella noche.

Related Posts

PARTE 2: LA DECISIÓN DE CLARA

Ethan permaneció inmóvil frente a la entrada de la torre. Por primera vez desde que lo conocía, parecía no encontrar una frase con la que recuperar el…

PARTE 2: LA DUEÑA DE LA CASA

Adrián llegó a la notaría convencido de que todo sería un trámite sencillo. Vestía el traje azul que usaba cuando quería parecer más importante de lo que…

PARTE 2: LA PRIMERA ESPOSA

Nadie volvió a mirar el bolso. Toda la atención quedó atrapada en el certificado de matrimonio que la directora sostenía entre sus manos. El nombre de Adrián…

PARTE 2: EL HOMBRE DEL PASILLO

Nadie se movió. El hombre permanecía de pie al final del pasillo, con una mano apoyada sobre un bastón oscuro y la mirada clavada en la fotografía…

PARTE 2: LA FIRMA DE REBECA

Santiago volvió a mirar la última página del documento. La firma era inconfundible. Rebeca Alcázar de la Vega. Su madre. La mujer que durante semanas había llamado…

PARTE 2: EL VIAJE QUE TERMINÓ EN UNA SALA DE MEDIACIÓN

Tomé el sobre de las manos de mi hijo. Guyan no se movió. La mujer sentada frente a él dejó de sonreír y retiró lentamente la mano…

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *