Crowe sonrió mientras apoyaba el dedo sobre el gatillo.
—Se acabó la huida.
Nara no retrocedió.
Miró fijamente los ojos del cazador, como si intentara leer algo más profundo que su odio.
Esteban, de rodillas por la herida del hombro, buscó desesperadamente su revólver entre el polvo.
Estaba demasiado lejos.
Cobre, aún débil por el veneno, avanzó tambaleándose hasta colocarse delante de su dueño.
El caballo resopló con fuerza.
Crowe soltó una carcajada.
—Míralo. Ni siquiera puede sostenerse en pie.
Levantó el arma.
—Primero la india.
—Después el vaquero.
—Y al final venderé ese caballo por lo que todavía valga.
Nara cerró lentamente los ojos.
No rezaba.
Escuchaba.
El viento había cambiado.
—Llegaron —susurró.
Crowe frunció el ceño.
—¿Quiénes?
No obtuvo respuesta.
Un silbido cortó la oscuridad.
¡Fffsssh!
Una flecha atravesó el ala de su sombrero y lo clavó contra el tronco seco de un mezquite.
Crowe dio un salto hacia atrás.
—¡Emboscada!
Los otros dos cazadores giraron los rifles hacia las paredes del cañón.
No vieron absolutamente a nadie.
Solo sombras.
Solo roca.
Solo noche.
Otro silbido.
Una segunda flecha rompió la lámpara de aceite que colgaba de una de las monturas.
La oscuridad los envolvió por completo.
Los caballos comenzaron a encabritarse.
—¡Disparen! —gritó Crowe.
Tres detonaciones hicieron temblar el cañón.
El eco respondió una y otra vez.
Pero ninguna bala encontró un blanco.
Entonces comenzaron a caer piedras desde lo alto.
Primero pequeñas.
Luego rocas del tamaño de una silla.
Los cazadores tuvieron que separarse para evitar el derrumbe.
Nara aprovechó el instante.
Se arrodilló junto a Esteban.
—¿Puedes caminar?
Él apretó los dientes.
—Si tú puedes correr.
Ella negó.
—Nadie corre aquí.
Se llevó dos dedos a los labios y emitió un silbido agudo.
Desde las alturas aparecieron cuatro figuras cubiertas con mantas oscuras.
Arcos tensos.
Rostros pintados.
Guerreros apache.
Crowe comprendió demasiado tarde que habían entrado exactamente donde Nara quería.
Aquel cañón no era un refugio.
Era una trampa.
Uno de los cazadores intentó escapar por la única salida.
Su caballo dio apenas tres pasos.
El suelo cedió bajo sus patas.
Había una antigua fosa para capturar bisontes, cubierta cuidadosamente con ramas y arena.
Jinete y caballo desaparecieron entre un estruendo de madera rota.
El segundo hombre levantó el rifle hacia los guerreros.
Antes de disparar, una flecha atravesó la culata del arma y la hizo estallar entre sus manos.
Crowe respiraba cada vez más rápido.
Por primera vez en años, el cazador entendía lo que significaba sentirse perseguido.
Retrocedió lentamente.
Su bota pisó una piedra suelta.
Perdió el equilibrio.
El revólver cayó de sus manos.
Esteban reunió las últimas fuerzas que le quedaban.
Se lanzó sobre el arma.
Cuando Crowe volvió a incorporarse, encontró el cañón del revólver apuntándole directamente al pecho.
Los dos hombres permanecieron inmóviles.
El silencio volvió a apoderarse del desierto.
—Hazlo —escupió Crowe—. Mátame.
Esteban mantuvo el dedo fuera del gatillo.
Recordó demasiados rostros.
Demasiadas guerras.
Demasiados hombres muertos.
Bajó lentamente el arma.
—No volveré a cargar otra muerte que pueda evitar.
Los guerreros apache descendieron del risco.
En pocos segundos inmovilizaron a Crowe y al último cazador.
Nara observó a Esteban con una mezcla de sorpresa y respeto.
—Pudiste vengarte.
Él miró a Cobre, que seguía firme a pesar del cansancio.
—Mi caballo volvió de la muerte hace tres días.
Guardó el revólver.
—No voy a desperdiciar ese milagro convirtiéndome otra vez en el hombre que era antes.
Uno de los guerreros se acercó entonces a Nara y le habló en apache con evidente preocupación.
Ella palideció.
Esteban lo notó de inmediato.
—¿Qué ocurre?

Nara levantó lentamente la mirada hacia el norte, donde la luna iluminaba una columna de humo que ascendía desde las montañas.
Su voz apenas fue un susurro.
—No venían a buscarme solo a mí.
Hizo una pausa.
—Mi aldea… ya está ardiendo.