PARTE 2: LA FIRMA QUE NUNCA EXISTIÓ

Teresa seguía gritando en el pasillo.

—¡No pueden correrme! ¡Este departamento es de mi hijo! ¡Él tiene las escrituras!

Varios vecinos comenzaron a abrir las puertas.

Algunos observaban con curiosidad.

Otros intercambiaban miradas incómodas.

El administrador, el señor Barrera, levantó una mano para pedir silencio.

—Señora Teresa, necesito que me muestre algún documento que acredite que usted puede permanecer en esta propiedad.

—¡Mi hijo viene en camino! Él trae todo.

Mariana permanecía dentro del departamento.

Con una calma que contrastaba con el escándalo.

Dejó la taza de su abuela sobre la cocina, la lavó cuidadosamente y la secó con un paño limpio.

Solo después salió nuevamente al recibidor.

—No hace falta esperar a Rodrigo.

Sacó una carpeta azul de su mochila.

Era la misma que llevaba siempre cuando viajaba por trabajo.

Como consultora financiera había aprendido una costumbre que muchos consideraban exagerada: conservar copias certificadas de todos los documentos importantes.

Extrajo una escritura notarial.

Luego otra hoja.

Y finalmente un certificado del Registro Público de la Propiedad.

Se los entregó al administrador.

El hombre comenzó a revisarlos uno por uno.

Su expresión cambió casi de inmediato.

—La propietaria registral del departamento 8B sigue siendo la señora Mariana Solís.

Teresa soltó una carcajada.

—Eso es una copia vieja.

Mi hijo ya hizo el cambio.

—No, señora —respondió Barrera sin levantar la vista—. Este certificado fue emitido hace cuatro días.

El silencio cayó unos segundos.

—Eso… eso no puede ser.

—Además —continuó el administrador— cualquier transmisión de propiedad requiere la firma de la titular o una resolución judicial. Aquí no existe ningún movimiento posterior.

Teresa comenzó a perder el color del rostro.

Justo en ese momento se abrió el elevador.

Rodrigo salió apresuradamente.

Traía la camisa mal abotonada y el teléfono aún en la mano.

Al ver a tanta gente reunida, fingió sorpresa.

—¿Qué está pasando?

Teresa caminó hacia él de inmediato.

—¡Enséñales los papeles!

Rodrigo tragó saliva.

Miró a Mariana.

Ella no dijo una sola palabra.

Solo lo observó.

—Bueno… todavía no los tengo conmigo.

—Hace cinco minutos aseguraste que venías con ellos —intervino el administrador.

Rodrigo sonrió con nerviosismo.

—Es que… el abogado los está actualizando.

Mariana habló por primera vez.

—¿Qué abogado?

Rodrigo evitó responder.

—El que llevó el trámite.

—¿Qué trámite exactamente?

—El cambio de propiedad.

Mariana dio un paso al frente.

—Interesante.

Porque yo jamás firmé una venta.

Jamás otorgué un poder.

Y jamás autoricé que nadie dispusiera de mi departamento.

Los vecinos comenzaron a murmurar.

Rodrigo respiraba cada vez más rápido.

Teresa intentó intervenir.

—¡No le hagas caso! ¡Firmaste cuando estaban casados!

Mariana giró lentamente hacia ella.

—¿Sabe cuál es el problema con esa versión?

Sacó el teléfono.

Abrió una carpeta digital.

—Hace dos años, cuando compré este departamento, mi notario insistió en registrar también mi firma biométrica y un archivo de video completo del acto de compraventa.

Rodrigo abrió mucho los ojos.

Mariana continuó.

—Así que cualquier documento nuevo puede compararse con esos registros en cuestión de minutos.

Nadie dijo una palabra.

—Si realmente existe una escritura donde aparece mi firma vendiendo este inmueble…

Hizo una pausa.

—…entonces alguien acaba de cometer un delito muy serio.

Rodrigo sintió que el sudor comenzaba a correrle por la frente.

Teresa lo miró confundida.

—¿Qué está diciendo?

Él no respondió.

Mariana volvió a guardar el teléfono.

—Administrador, por favor registre en el acta del edificio que ambos afirmaron públicamente que la propiedad ya había sido transferida.

El señor Barrera asintió.

—Así se hará.

Rodrigo dio un paso adelante.

—Mariana… podemos hablar esto en privado.

Ella negó con tranquilidad.

—No.

Llevas tres meses entrando a mi departamento con el pretexto de recoger tus cosas.

Ahora entiendo que no venías por tus pertenencias.

Venías buscando algo más.

Rodrigo bajó la mirada.

Y ese pequeño gesto fue suficiente para que Teresa comprendiera que algo no estaba saliendo como su hijo le había contado.

Entonces sonó el teléfono de Mariana.

Era un número de una notaría.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Está seguro?

Del otro lado confirmaron la información.

Mariana agradeció y colgó lentamente.

Miró a Rodrigo por última vez.

—Acaban de avisarme que esta mañana alguien intentó inscribir una escritura de compraventa de este departamento.

Rodrigo dejó caer las llaves al suelo.

—Pero el Registro Público rechazó el trámite.

Teresa respiró aliviada durante un instante.

Hasta que Mariana terminó la frase.

—Lo rechazaron porque el notario detectó que la firma del supuesto contrato no coincidía con la mía… y hace menos de una hora presentó una denuncia por presunta falsificación de documentos.

Por primera vez desde que llegó al edificio, Rodrigo dejó de intentar defenderse.

Porque comprendió que el problema ya no era recuperar un departamento.

Era explicar quién había firmado en nombre de su esposa.

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