PARTE 2 — La firma que nadie podía borrar

No volví a mencionar el cuadro.

Ni ante Sabrina.

Ni ante Julian.

Ni siquiera delante de Chloe.

Ella caminó a mi lado hasta el estacionamiento con el ceño fruncido.

—¿De verdad vas a dejar que se salga con la suya?

Abrí la puerta del automóvil.

—No.

—Entonces, ¿por qué no hiciste un escándalo?

La miré.

—Porque los escándalos desaparecen.

Hice una pausa.

—Las pruebas no.

Durante los siguientes tres días, toda la escuela habló de una sola cosa.

Nora Hayes.

La brillante estudiante becada.

La joven artista que había llegado desde un pequeño pueblo y cuya pintura había sido seleccionada para representar a la ciudad en la final nacional.

Las redes sociales del colegio se llenaron de fotografías.

Julian aparecía en casi todas.

Llevándole café.

Sujetándole el caballete.

Cargando sus materiales.

En ninguna salía yo.

No me molestó.

Era exactamente igual que en mi sueño.

La única diferencia era que ahora conocía el final.

La noche anterior a la exposición recibí un mensaje.

Era del abuelo Blake.

“Iris, mañana Julian entregará el anillo de compromiso oficialmente. ¿Podrás venir?”

Miré la pantalla unos segundos.

Después respondí.

“Sí. Iré.”

No para impedirlo.

Sino para terminar definitivamente esa historia.

Al día siguiente, el auditorio municipal estaba completamente lleno.

Periodistas.

Profesores.

Patrocinadores.

Más de trescientas personas esperaban el anuncio del ganador.

Las obras colgaban bajo una iluminación blanca.

Mi cuadro estaba en el centro.

Con el nombre de Nora Hayes perfectamente impreso en la ficha.

Ella sonreía.

Julian permanecía a su lado.

Sabrina saludaba orgullosa a todos los invitados.

Cuando el jurado terminó la evaluación, el presentador tomó el micrófono.

—Antes de anunciar el resultado, uno de nuestros patrocinadores desea entregar un reconocimiento especial por innovación técnica.

Sentí que Chloe sonreía a mi lado.

El patrocinador subió al escenario.

Era el director del Museo Provincial.

—Este año incorporamos un nuevo sistema de autenticación para proteger las obras finalistas.

Nora dejó de sonreír.

—Todas las pinturas fueron sometidas a análisis de pigmentos, capas y marcas de autor invisibles.

El auditorio quedó en silencio.

El director levantó una pequeña lámpara ultravioleta.

—Una de las obras presentó una característica muy interesante.

Apagaron parcialmente las luces.

Acercó la lámpara al cuadro.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Después, bajo la superficie del cielo pintado, comenzaron a aparecer lentamente unas letras azuladas.

Primero una.

Luego otra.

Hasta formar una firma completa.

IRIS HARTWELL.

Toda la sala contuvo la respiración.

Nora retrocedió.

—Eso… eso no estaba ahí.

El director continuó iluminando el lienzo.

Debajo apareció también una fecha.

Y un número de registro digital.

—La autora incorporó pigmento fluorescente durante la primera capa de imprimación.

Mostró el informe pericial.

—Es imposible añadir esta marca una vez terminada la pintura.

Los murmullos se extendieron por el auditorio.

Sabrina quedó completamente inmóvil.

Julian giró lentamente hacia Nora.

Ella comenzó a temblar.

—Yo… puedo explicarlo…

—Hazlo.

Fue la primera palabra que Julian le dirigió sin protegerla.

Nora rompió a llorar.

—Solo quería una oportunidad…

El director negó con seriedad.

—Una oportunidad no autoriza el plagio.

En ese instante, dos organizadores retiraron discretamente el cuadro del caballete.

El nombre de Nora desapareció de la pantalla principal.

El presentador respiró hondo.

—Por decisión unánime del jurado, la señorita Nora Hayes queda descalificada.

Los aplausos no llegaron.

Solo hubo silencio.

Porque todos recordaban quién había sido acusado de mentir.

Quién había sido humillado.

Y quién había permanecido callado.

Julian dio un paso hacia mí.

Su voz sonó distinta.

—Iris…

Lo detuve levantando una mano.

—No.

Sacó una pequeña caja del bolsillo.

Era el anillo de compromiso.

—Necesitamos hablar.

Sonreí con una calma que él nunca me había visto.

—No.

Tomé mi teléfono.

Abrí el correo electrónico que había preparado la noche anterior.

Pulsé Enviar.

El destinatario era una universidad en el extranjero.

Asunto:

“Acepto la plaza. Salgo esta noche.”

Guardé el teléfono.

Miré una última vez a Julian.

—La diferencia entre tú y yo…

Hice una breve pausa.

—Es que yo desperté antes de que la historia terminara.

Y mientras él permanecía inmóvil, sin comprender que acababa de perderme para siempre, el avión que había reservado en secreto para esa misma noche ya esperaba mi embarque.

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