Mariana no abrió la puerta.
Respiró una sola vez, sacó el celular del bolsillo de la bata y activó la grabación.
Después llamó al conserje.
—Don Ricardo, por favor no deje subir a nadie más y llame a seguridad. También necesito que las cámaras del edificio queden resguardadas.
—Enseguida, licenciada.
Los golpes continuaban.
—¡Esa sala la compró mi hijo!
—¡Abre ahora mismo!
Mariana sonrió apenas.
Sabía perfectamente quién había pagado cada mueble.
Tomó una carpeta azul del cajón del escritorio.
Dentro estaban todas las facturas.
Sofá.
Comedor.
Refrigerador.
Lavadora.
Televisión.
Todo.
A su nombre.
Entonces sonó el timbre otra vez.
—Mariana —dijo Andrés con un tono más calmado—. No hagas un espectáculo. Solo venimos por lo que es nuestro.
Ella respondió sin quitar el seguro.
—Perfecto. Dime un solo objeto que hayas comprado tú.
Silencio.
Doña Patricia intervino enseguida.
—¡Todo lo pagó mi hijo!
Mariana abrió la aplicación de la cámara de la entrada.
Los dos camiones seguían estacionados.
Los cargadores esperaban instrucciones.
Nadie imaginaba que toda la conversación estaba quedando registrada.
—Andrés.
¿Trajiste las facturas?
Él tardó varios segundos en responder.
—No hacen falta.
—Entonces tampoco hace falta que entren.
La voz de Patricia subió de tono.
—¡Eres una ladrona!
Mariana apoyó la espalda contra la pared.
—Curioso.
Porque la única persona que usó mi dinero durante seis años fue usted.
En ese momento llegó el administrador del edificio acompañado por dos elementos de seguridad privada.
—¿Hay algún problema?
Patricia señaló la puerta.
—Esa mujer tiene retenidas las cosas de mi hijo.
El administrador miró a Mariana.
Ella deslizó por debajo de la puerta una copia de la sentencia de divorcio.
Después otra hoja.
Y otra.
—Ahí están el convenio de separación y el inventario de bienes.
Todo lo que está dentro del departamento me pertenece legalmente.
El administrador revisó rápidamente los documentos.
Luego volteó hacia Andrés.
—Señor, sin una orden judicial nadie puede retirar un solo objeto.
Patricia perdió la paciencia.
—¡Pues entraremos de todos modos!
Intentó empujar la puerta.
Uno de los guardias dio un paso al frente.
—Señora, le pido que se retire.
Ella comenzó a gritar para que todos los vecinos salieran.
—¡Nos quiere robar!
—¡Después de todo lo que hicimos por ella!
Varias puertas comenzaron a abrirse.
Los murmullos llenaron el pasillo.
Mariana sabía que aquello era exactamente lo que Patricia buscaba.
Un escándalo.
Por eso hizo algo inesperado.
Abrió la puerta.
Solo unos centímetros.
Lo suficiente para sostener el celular frente a ellos.
—Repita, doña Patricia.
¿Qué vino a llevarse exactamente?
La mujer respondió sin pensar.
—¡Todo! ¡Porque mi hijo pagó esta casa!
Mariana bajó lentamente el teléfono.
—Gracias.
Eso era lo único que necesitaba.
Andrés frunció el ceño.
—¿Qué estás haciendo?
Ella levantó otra carpeta.
—Recordando algo que olvidé revisar después del divorcio.
Sacó varias hojas bancarias.
—Mientras cancelaba las tarjetas encontré algo curioso.
Una autorización permanente para administrar parte de mis cuentas.
Andrés palideció.
—Eso…
Eso era normal.
Mariana negó con calma.
—No.
Porque esa autorización lleva mi firma.
Pero yo jamás la firmé.
Patricia dejó de hablar.
Andrés tragó saliva.
Mariana mostró la última hoja.
—Ayer pedí al banco el documento original.
Y también pedí un peritaje caligráfico.
Los dos se quedaron inmóviles.
—La firma es falsa.
El administrador levantó lentamente la vista.

Los guardias dejaron de mirar los camiones y comenzaron a observar a Andrés.
Mariana dio un paso hacia adelante.
—Así que ya no estamos discutiendo por unos muebles.
Ahora estamos hablando de una posible falsificación de documentos bancarios y del acceso ilegal a mi patrimonio.
El silencio fue absoluto.
Hasta los cargadores dejaron de mover las cajas vacías.
Y por primera vez desde el divorcio, Andrés entendió que el verdadero problema nunca había sido la tarjeta que dejó de funcionar.
Había empezado el día en que alguien decidió firmar el nombre de Mariana creyendo que ella jamás lo descubriría.