PARTE 2: La Firma Que Los Condenó

La pluma pesaba como si estuviera hecha de hierro.

Mi mano temblaba.

No por la enfermedad.

Por la traición.

El notario acercó discretamente el documento.

—Señor Salgado, antes de firmar debo hacerle tres preguntas.

Asentí.

La pequeña cámara colocada dentro del portafolio ya estaba grabando.

—¿Se encuentra consciente de sus actos?

—Sí.

—¿Está firmando por voluntad propia?

—Sí.

—¿Alguien lo obliga o lo amenaza?

Miré fijamente el techo.

—No.

Hice una pausa.

—Pero alguien intentó matarme para evitar precisamente esta firma.

El notario no cambió la expresión.

Simplemente anotó cada palabra.

Mateo permanecía junto a la puerta, fingiendo acomodar una camilla.

Nadie imaginaba que aquel muchacho de veinticinco años estaba presenciando el momento que cambiaría el destino de ochenta y dos millones de pesos.

Firmé lentamente.

Página uno.

Página dos.

Página tres.

Después vino el documento realmente importante.

No era el testamento.

Era una declaración notarial.

En ella describía, con fechas exactas, cómo Valeria había insistido durante meses en administrarme todos los medicamentos.

Cómo sustituyó a mi cardiólogo de confianza.

Cómo prohibía que cualquier enfermera tocara mis pastillas porque, según ella, “yo me confundía”.

También declaré algo que hasta ese momento no había contado a nadie.

Tres semanas antes de mi hospitalización, un laboratorio privado había detectado niveles anormales de digoxina en mi sangre.

El médico creyó que se trataba de un error en la dosis.

Valeria insistió en cambiar de laboratorio.

Jamás regresamos.

El notario guardó silencio unos segundos.

Después abrió otra carpeta.

—Aquí está el fideicomiso.

Lo firmé también.

Desde ese instante, ninguna propiedad, cuenta bancaria o acción empresarial podría pasar automáticamente a mi esposa.

Todo quedó congelado.

Si mi muerte era considerada natural, Mateo recibiría la herencia conforme a mi voluntad.

Si existía una investigación penal relacionada con mi fallecimiento…

…ningún beneficiario podría cobrar un solo peso hasta que concluyera el proceso.

El notario cerró cuidadosamente el portafolio.

—Señor Salgado, también dejó instrucciones para abrir una carta cuarenta y ocho horas después de su fallecimiento.

Asentí.

—Exactamente.

—¿Desea confirmar su contenido?

—Sí.

Respiré con dificultad.

—La carta debe entregarse simultáneamente a la Fiscalía, al juez sucesorio y a mi esposa.

Mateo me miró sorprendido.

—¿Qué dice esa carta?

Sonreí por primera vez desde que había despertado.

—Que yo sabía quién intentó matarme.

A las seis de la tarde regresó Valeria.

Traía un ramo enorme de lirios blancos.

Entró llorando.

Las enfermeras la miraban con compasión.

—Mi amor…

Tomó mi mano.

—No sabes cuánto he rezado por ti.

Estuve a punto de reír.

Hacía apenas unas horas había celebrado mi muerte con otro hombre.

Ahora volvía interpretando a la esposa perfecta.

Se inclinó para besarme.

—El médico dice que hoy estás más estable.

Qué buena noticia.

Tal vez todavía tengamos un milagro.

Moví apenas los labios.

—Sí…

Ella sonrió.

Creyó que hablaba de recuperarme.

En realidad…

…hablaba del milagro que acababa de firmar.

Porque en ese mismo instante, muy lejos del hospital, un perito toxicológico independiente ya estaba analizando las muestras de sangre que el notario había ordenado conservar esa mañana.

Y si encontraba la digoxina donde yo sabía que estaba…

…mi certificado de defunción dejaría de ser el final de una enfermedad para convertirse en el inicio de una investigación por homicidio agravado.

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