PARTE 2: LA FIRMA QUE LO HUNDIÓ

Valeria se quedó inmóvil.

Todo el salón guardó silencio.

El hombre del traje gris levantó una credencial.

—Comandante Javier Ortega, Unidad de Delitos Patrimoniales.

Nadie respiró.

Leticia fue la primera en reaccionar.

—Disculpe, oficial. Este es un asunto familiar.

El comandante ni siquiera la miró.

Sus ojos seguían puestos en Valeria.

—¿Es usted la doctora Valeria Herrera?

Ella asintió lentamente.

—Sí.

Él abrió la carpeta amarilla.

Sacó varios documentos.

—Necesito hacerle una pregunta muy sencilla.

Le mostró una hoja.

—¿Reconoce esta firma?

Valeria apenas necesitó un segundo.

—Se parece a la mía.

Levantó la vista.

—Pero no es mi firma.

Daniel sintió un escalofrío.

El comandante cerró la carpeta con calma.

—Eso imaginábamos.

Los invitados comenzaron a murmurar.

Leticia cruzó los brazos.

—¿Qué está insinuando?

El comandante habló con absoluta tranquilidad.

—Hace cuatro días se abrió una cuenta de inversión utilizando la identidad de la doctora Herrera.

Sacó otra hoja.

—Y esta mañana, exactamente a las nueve diecisiete, alguien intentó transferir a esa cuenta una cantidad cercana a los dieciocho millones de pesos.

Valeria frunció el ceño.

—¿Dieciocho millones?

—La indemnización del seguro médico por la investigación clínica que usted dirigió el año pasado.

Ella sintió que el mundo se detenía.

Ese dinero todavía ni siquiera había llegado oficialmente a sus manos.

Solo ella y Daniel conocían la fecha aproximada del depósito.

El comandante continuó.

—La institución bancaria detectó irregularidades en la firma y bloqueó la operación.

Daniel dio un paso adelante.

—Debe tratarse de un error.

—Eso esperamos averiguar.

El comandante volvió a abrir la carpeta.

—Porque la persona autorizada para recibir el dinero figuraba como…

Miró el documento.

“…cónyuge.”

El silencio fue absoluto.

Valeria observó el acta matrimonial que seguía sobre la mesa del juez.

Después miró a Mariana.

Luego a Daniel.

Y finalmente al comandante.

—Pero él ya no puede ser mi cónyuge.

El comandante asintió lentamente.

—Exactamente.

El juez, que había permanecido callado todo ese tiempo, levantó la cabeza.

—¿Qué quiere decir?

—Que alguien tenía mucha prisa por celebrar este matrimonio.

Todas las miradas se dirigieron hacia Daniel.

Su rostro estaba completamente pálido.

Mariana dejó caer lentamente el ramo de peonías.

Las flores se dispersaron por el suelo.

—Daniel…

Él no respondió.

Valeria dio un paso hacia su antigua amiga.

—¿Sabías esto?

Mariana comenzó a llorar.

—Me dijeron que tú habías cancelado.

—¿Quién te lo dijo?

Ella señaló a Leticia sin levantar la vista.

La mujer abrió mucho los ojos.

—¡Eso es mentira!

Pero Mariana ya no podía detenerse.

—Me dijeron que preferías el hospital… que nunca ibas a formar una familia… que Daniel no podía seguir esperando.

Valeria cerró los ojos apenas un instante.

No por el matrimonio.

Sino porque acababa de comprender que todo había sido preparado con semanas de anticipación.

El comandante volvió a intervenir.

—Doctora, hay algo más.

Sacó un último documento.

—La cuenta bancaria no fue lo único que intentaron modificar.

Valeria sintió un nuevo nudo en el estómago.

—¿Qué más?

Él deslizó una carpeta clínica.

Llevaba el logotipo del hospital donde ella trabajaba.

—Alguien también presentó una solicitud para convertirse en beneficiario de su seguro de vida.

Daniel dejó escapar el aire.

Muy despacio.

Como quien acaba de comprender que ya no había salida.

El comandante levantó la mirada.

—Y la firma utilizada es exactamente la misma que aparece en la apertura de la cuenta.

Los invitados comenzaron a alejarse de Daniel casi por instinto.

Nadie quería permanecer a su lado.

Leticia intentó tomar del brazo a su hijo.

—Vámonos.

Pero el comandante levantó una mano.

—Todavía no.

Miró directamente a Daniel.

—Porque hay una pregunta que usted aún no nos ha respondido.

Hizo una breve pausa.

—¿Cómo obtuvo una copia tan precisa de la firma de la doctora Herrera?

Daniel permaneció completamente inmóvil.

Y entonces, desde el fondo de la sala, una voz femenina rompió el silencio.

—Yo puedo responder eso.

Todos giraron la cabeza.

Era la jefa de enfermeras del hospital.

Llevaba en las manos un sobre sellado… y un disco duro que cambiaría por completo la historia de aquella boda.

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