PARTE 2 — La firma que intentaron convertir en una sentencia

No dormí un solo minuto.

A las siete de la mañana ya estaba frente a la cafetería donde Mariana había pedido verme.

Llegó veinte minutos después.

Llevaba gafas oscuras.

Pero no consiguió esconder el hematoma que comenzaba a marcarse bajo el ojo izquierdo.

Cuando se sentó frente a mí, lo primero que hizo fue mirar alrededor.

Como si tuviera miedo de que alguien la estuviera siguiendo.

—Mamá…

Su voz apenas era un susurro.

—Creo que me metieron en algo muy grave.

Tomé su mano.

—Cuéntamelo todo.

Respiró hondo.

Sacó una memoria USB del bolsillo.

—Ayer Rodrigo me pidió que firmara unos documentos porque, según él, eran para renovar un contrato con un proveedor.

Hizo una pausa.

—Mientras buscaba unos archivos en su computadora encontré otra carpeta.

Su mano comenzó a temblar.

—Había decenas de documentos con mi firma.

Fruncí el ceño.

—¿Los firmaste?

Negó inmediatamente.

—Jamás.

Abrió la memoria.

Había copias escaneadas.

Contratos.

Pagarés.

Garantías.

Solicitudes de crédito.

Todos llevaban una firma idéntica a la de Mariana.

Pero yo conocía la letra de mi hija desde que aprendió a escribir.

Aquellas firmas eran falsas.

—¿Qué más encontraste?

Mariana tragó saliva.

—Una conversación entre Rodrigo y el contador.

Le entregó el teléfono.

Había fotografiado la pantalla antes de salir de la oficina.

Leí el mensaje.

“Cuando salga el dinero, la deuda se queda a nombre de Mariana.”

“Si todo explota, ella carga con la responsabilidad y nosotros desaparecemos.”

Sentí que el estómago se me revolvía.

Seguí leyendo.

“Que no sospeche. Mientras siga creyendo que es administradora solo en el papel, todo está bajo control.”

Cerré lentamente el teléfono.

Ahora entendía el crédito.

Los doscientos dieciséis millones.

No era un negocio.

Era una trampa.

Miré a mi hija.

—¿Ellos saben que descubriste esto?

Negó.

—Todavía no.

Asentí lentamente.

—Entonces seguiremos actuando como si no supieras nada.


A las diez de la mañana, Héctor entró en mi despacho.

—Licenciada…

Todos los contratos con Industrias Aranda ya fueron suspendidos.

Las líneas de crédito comenzaron a bloquearse hace quince minutos.

Levanté la vista.

—¿Y los bancos?

—Los tres confirmaron la suspensión de cualquier refinanciamiento hasta revisar su situación financiera.

Respiré despacio.

—Bien.

Ahora llama al despacho penal.

Quiero una denuncia preparada antes del mediodía.


Mientras tanto, en las oficinas de Industrias Aranda…

Rodrigo acababa de entrar a la sala de juntas cuando su director financiero apareció completamente pálido.

—Tenemos un problema.

—¿Qué pasó?

—Grupo Automotriz Morales canceló todos los pedidos.

Rodrigo soltó una risa.

—Habla con esa señora.

Seguro quiere negociar mejores precios.

El director negó con la cabeza.

—No.

También cancelaron las cartas de suministro.

Y los bancos acaban de congelar la renovación de nuestras líneas de crédito.

La sonrisa desapareció del rostro de Rodrigo.

—Eso es imposible.

En ese instante sonó otro teléfono.

Era el área jurídica.

—Licenciado…

Tenemos otro problema.

—¿Cuál?

—La señora Mariana acaba de revocar todos los poderes que tenía registrados a favor de la empresa.

Rodrigo se quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Y hay más.

El Registro Público recibió una solicitud para revisar todas las actas constitutivas relacionadas con la empresa donde ella aparece como administradora.

El director financiero dejó caer lentamente una carpeta sobre la mesa.

—Si revisan esos documentos…

Nadie terminó la frase.

Todos entendían las consecuencias.


A la misma hora, Mariana recibió un mensaje de Rodrigo.

“¿Dónde estás?”

No respondió.

Otro.

“Necesito que vengas a firmar unos papeles.”

Silencio.

Cinco minutos después llegó el tercero.

“Si no vienes hoy, tendremos problemas muy serios.”

Mariana levantó la vista.

—Mamá…

¿Y si se dan cuenta?

Sonreí con tranquilidad.

—Ya se dieron cuenta.

Le entregué una carpeta.

Dentro estaba la denuncia penal.

También las pruebas.

Y una orden judicial solicitando el aseguramiento de todos los bienes relacionados con la empresa fantasma.

Mariana respiró profundamente.

—¿Crees que todavía intenten culparme?

Antes de que pudiera responder, mi teléfono sonó.

Era Héctor.

Contesté.

Solo dijo una frase.

—Licenciada…

La Fiscalía acaba de llegar a las oficinas de Industrias Aranda.

Y no fueron solos.

Pregunté con calma:

—¿Quién más está con ellos?

Héctor guardó un breve silencio.

Después respondió:

—La Unidad de Inteligencia Financiera.

Y traen una orden específica para detener a la persona que falsificó las firmas de su hija.

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