Natalie giró el portátil hacia mí.
En la pantalla aparecía una transferencia realizada desde una de las empresas fantasma mencionadas en la Sección 14.
Destino: una cuenta vinculada a Renata.
Cantidad: 1,8 millones de dólares.
—Eso no es todo —dijo Natalie.
Abrió otra carpeta.
Había compras de terrenos, facturas infladas y transferencias realizadas durante meses. Varias operaciones habían sido preparadas para parecer autorizadas por mí.
Sentí frío.
—¿Querían culparme?
Natalie asintió.
—Si la investigación llegaba hasta esas cuentas, necesitaban a alguien fuera de la familia Salcedo.
Me miró.
—Tú eras perfecta.
Ahora entendía los 200.000 dólares.
No estaban comprando mi silencio.
Estaban intentando comprar una culpable.
—¿Y mi firma?
Natalie levantó el acuerdo.
—La Sección 14 demuestra que Sebastian sabía exactamente qué registros temía que solicitaras. Además, tienes testigos de las circunstancias en que intentaron obtenerla.
Miré a mis hijos.
—Entonces mañana dejamos que venga.
Natalie sonrió.
—Exactamente.
A las nueve de la mañana, Sebastian regresó.
Esta vez no trajo veintitrés familiares.
Solo a Renata, su madre, el abogado y dos hombres que dijo que estaban allí para recoger a los bebés.
Entró sonriendo.
—Espero que hayas aprovechado la noche.
Yo estaba vestida.
Mateo y Santiago seguían bajo supervisión médica.
Natalie esperaba junto a la ventana.
Cuando Sebastian la vio, se detuvo.
—¿Qué haces aquí?
—Represento a Mariana.
Su madre palideció.
Sebastian intentó mantener la calma.
—No importa. Tenemos un acuerdo firmado.
Natalie colocó una copia sobre la mesa.
—Precisamente queremos hablar de ese acuerdo.
Señaló la Sección 14.
—¿Puede explicar por qué una renuncia de custodia incluye siete cuentas empresariales que no tienen relación con los niños?
Silencio.
Renata miró a Sebastian.
—¿Qué cuentas?
Él no respondió.
Natalie continuó:
—También hemos preservado la grabación de ayer, incluyendo el momento en que ofrecieron dinero a una mujer recién operada a cambio de renunciar a sus hijos y a determinados derechos financieros.
El abogado de Sebastian intervino:
—No diga nada más.
Pero ya era tarde.
Sebastian me señaló.
—¡Esto lo preparaste tú!
—No.
Lo miré tranquilamente.
—Tú trajiste el documento.
—¡Firmaste voluntariamente!
—Sí.
—Entonces se acabó.
Natalie negó con la cabeza.
—No exactamente.
Sacó otra carpeta.
—Anoche presentamos una solicitud urgente ante el tribunal respecto de la custodia y la preservación de determinados activos. También entregamos documentación relacionada con las sociedades mencionadas en su propio acuerdo.
La cara de Beatrice perdió el color.
—Sebastian…
—Cállate, mamá.
Fue entonces cuando Renata retrocedió.
—¿Qué significa “preservación de activos”?
Nadie respondió.
Ella miró a Sebastian.
—Me dijiste que esas empresas estaban limpias.
Aquella frase dejó la habitación completamente inmóvil.
Sebastian se volvió hacia ella.
—Renata.
Natalie levantó ligeramente una ceja.
—Interesante.
Renata comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.
Los dos hombres que habían venido por mis hijos se marcharon sin ellos.
No existía ninguna orden judicial que autorizara a Sebastian a sacarlos del hospital.
Y la disputa de custodia acababa de convertirse en algo mucho más complicado.
Durante las semanas siguientes, la estructura financiera de Salcedo Development Group comenzó a ser revisada.
Las cuentas que Sebastian había intentado esconder quedaron bajo escrutinio.
También aparecieron documentos internos que Natalie había conservado legalmente antes de abandonar la empresa.
Yo cooperé con mis abogados y entregué todo lo que tenía.
Sebastian dejó de llamarme arrogante.
Empezó a llamarme para negociar.
Primero ofreció medio millón.
Después un millón.
Finalmente dijo:
—Dime cuánto quieres.
Lo escuché desde el teléfono.
—Quiero que dejes de pensar que todo tiene precio.
—Mariana, podemos resolverlo.
—Eso intentaste hacer con 200.000 dólares mientras nuestros hijos dormían sobre mi pecho.
Colgué.
El divorcio tardó meses.
La custodia se resolvió mediante el proceso correspondiente, teniendo en cuenta el bienestar de los niños y todas las pruebas disponibles.
Sebastian no consiguió simplemente “llevarse” a Mateo y Santiago como había prometido.
Y yo tampoco necesitaba destruir a toda la familia Salcedo para ganar.
Solo necesitaba impedir que destruyeran la mía.
Renata desapareció de la vida de Sebastian mucho antes de que terminara el proceso.
Cuando comprendió que podía quedar atrapada en las consecuencias financieras, aquel supuesto gran amor se evaporó rápidamente.
Beatrice intentó contactarme.
Nunca contesté.
La última vez que vi a Sebastian fue durante una reunión con abogados.
Parecía diez años mayor.
Antes de marcharnos preguntó:
—¿Por qué firmaste?
Me detuve.
Aquella era la pregunta que llevaba meses queriendo hacer.
—Porque necesitaba que dejaras por escrito exactamente qué estabas intentando ocultar.
Su rostro se endureció.
—Podrías haber perdido a los niños.
—No.
Miré hacia Natalie.
—Tú creíste que una firma en una habitación de hospital te convertía automáticamente en dueño de mis hijos.
Me acerqué a la puerta.
—Ese fue tu mayor error.
Un año después celebré el primer cumpleaños de Mateo y Santiago.
No hubo veintitrés Salcedo alrededor de una cama.
Solo personas que realmente querían estar allí.
Cuando apagamos las velas, pensé en aquella carpeta de cuero.
En los 200.000 dólares.
En Renata grabándome mientras todos esperaban verme rendirme.
Sebastian creyó que mi firma significaba que había ganado.
Nunca entendió que yo llevaba seis meses esperando que cometiera un error imposible de borrar.
Y lo cometió delante de testigos, una cámara y su propio abogado.
Intentó utilizar mi momento más vulnerable para quitarme a mis hijos y proteger sus secretos.
Pero aquella mañana no salió del hospital con Mateo y Santiago.
Salió únicamente con el documento que terminaría abriendo la puerta a todo lo que había intentado esconder.