PARTE 2: LA FIRMA OCULTA

Montserrat dejó de sonreír.

En la pantalla apareció una secuencia de transferencias que nadie había visto en el informe presentado minutos antes.

—¿Qué significa esto? —exigió Octavio.

Tomé mi teléfono y me puse de pie.

—Significa que su auditoría tiene un problema.

Amplié uno de los registros.

Cada documento digital dejaba una huella: dispositivo, hora de creación, usuario autorizado y modificaciones posteriores.

—Estos contratos aparecen firmados por mí —dije—, pero fueron creados desde otra computadora.

La pantalla mostró el identificador.

SALAZAR-M01.

Todas las miradas giraron hacia Montserrat.

Ella palideció.

—Eso puede falsificarse.

—Exactamente.

Pasé al siguiente registro.

—Por eso pedí revisar también las conexiones bancarias.

Apareció una empresa llamada MS Capital Holdings.

Debajo figuraban las transferencias.

Ciento veinte millones.

Cincuenta millones.

Treinta millones.

Total: doscientos millones de pesos.

—¿Reconoces esas iniciales, Montserrat?

Ella retrocedió.

—No significan nada.

Entonces apareció el documento que terminó de destruir su seguridad.

La beneficiaria final de aquella sociedad era:

MONTSERRAT SALAZAR.

Los murmullos explotaron alrededor de la mesa.

Octavio se levantó.

—Montserrat, dime que esto es falso.

Ella lo miró desesperada.

—¡Silvia preparó todo! ¡Está intentando incriminarme!

—No —respondí—. Yo solo dejé que terminaras de presentar tu evidencia.

Cerré la carpeta azul que me había arrojado.

—Necesitaba que afirmaras delante del consejo que esta auditoría era auténtica.

Montserrat comprendió demasiado tarde.

Toda la reunión estaba siendo registrada oficialmente.

Entonces dos abogados del corporativo entraron acompañados por seguridad.

Pero Octavio levantó una mano.

—Esperen.

Me miró fijamente.

—¿Cómo conseguiste acceso a la cuenta matriz?

La sala volvió a quedar en silencio.

Era la pregunta que nadie había hecho.

Sonreí apenas.

—Porque nunca fui simplemente la encargada de logística.

Octavio frunció el ceño.

Saqué una tarjeta negra de mi bolso y la dejé sobre la mesa.

El presidente del consejo la reconoció inmediatamente.

Se puso de pie.

—No puede ser…

—¿Qué ocurre? —preguntó Octavio.

El hombre lo miró.

—Esa credencial pertenece al representante del accionista mayoritario.

Octavio perdió el color.

Durante cinco años había permitido que su propia esposa trabajara en un sótano mientras Montserrat se burlaba de mí.

Nunca se había molestado en preguntarse por qué la empresa llevaba mi apellido.

—Grupo Cervantes fue fundado por mi padre —dije—. Y desde su muerte, el cincuenta y uno por ciento de las acciones me pertenece.

Montserrat se dejó caer en una silla.

Pero yo todavía no había terminado.

Miré a Octavio.

—Y hay algo peor.

Toqué nuevamente la pantalla.

Apareció una conversación recuperada del servidor.

Montserrat había escrito:

“Silvia cargará con todo.”

Debajo había una respuesta.

Solo cuatro palabras.

“Hazlo antes del viernes.”

El remitente era Octavio.

Mi esposo miró la pantalla.

Luego me miró a mí.

Y comprendió que aquella reunión nunca había sido mi juicio.

Había sido el suyo.

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