PARTE 2: LA FIRMA DE SU MADRE

Mauricio permaneció inmóvil.

Durante varios segundos no escuchó nada.

Ni el ruido de la oficina.

Ni el teléfono que seguía vibrando sobre el escritorio.

Solo veía aquella firma.

Beatriz Villarreal.

La letra era inconfundible.

La había visto durante toda su vida en cheques, tarjetas de cumpleaños y documentos familiares.

Su madre había recibido el sobre.

Y nunca se lo entregó.

—¿Estás seguro de que esto es auténtico? —preguntó con la voz ronca.

Ramiro deslizó otro documento.

—Pedí la bitácora completa de correspondencia de aquellos días.

Mauricio la revisó línea por línea.

Fecha.

Hora.

Remitente.

Dra. Verónica Ramos – Clínica Materno Fetal.

Destinatario.

Sr. Mauricio Villarreal.

Recepción.

Recibe: Beatriz Villarreal.

Observaciones.

Entregado personalmente.

Mauricio sintió un nudo en el estómago.

Recordó perfectamente aquella semana.

Había estado preparando el divorcio.

Su madre insistía todos los días.

“Esa mujer jamás te dará la familia que mereces.”

“Todavía eres joven.”

“No desperdicies tu apellido.”

Y él…

Nunca cuestionó nada.


Sin decir una palabra, salió de la oficina.

Treinta minutos después entró en la residencia familiar de San Pedro.

Beatriz tomaba el té en el jardín como todas las tardes.

Sonrió al verlo.

—Qué sorpresa. ¿No estabas trabajando?

Mauricio dejó la carpeta sobre la mesa.

—Necesito hacerte una pregunta.

Ella notó inmediatamente el cambio en su tono.

—¿Qué ocurre?

Él abrió la carpeta.

Sacó la copia del registro de correspondencia.

La colocó frente a ella.

—¿Recuerdas esto?

Beatriz bajó la vista.

Durante una fracción de segundo, algo cambió en su expresión.

Pero se recuperó enseguida.

—Han pasado muchos años.

—Respóndeme.

Ella dejó la taza lentamente.

—¿Qué quieres saber?

Mauricio señaló la firma.

—¿Recibiste un sobre dirigido a mí dos días antes del divorcio?

Silencio.

—Mamá.

Ella suspiró.

—Sí.

Él sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.

—¿Dónde está?

Beatriz permaneció callada.

—¿Dónde está?

—Lo destruí.

Aquellas dos palabras cayeron como una losa.

Mauricio retrocedió un paso.

—¿Qué?

—Hice lo que consideré mejor para ti.

—¡Era correspondencia dirigida a mí!

Beatriz levantó la cabeza.

—Era una trampa de Elena.

—¿Cómo lo sabes si nunca me dejaste verla?

Ella endureció el rostro.

—Porque esa mujer siempre quiso retenerte.

Mauricio golpeó la mesa con ambas manos.

Las tazas tintinearon.

—¿Qué había dentro?

Beatriz lo miró fijamente.

No respondió.

—¡Dímelo!

Después de un largo silencio, habló.

—Un informe médico.

Él dejó de respirar.

—¿Qué decía?

La mujer cerró los ojos.

—Que estaba embarazada.

El jardín entero quedó en silencio.

Mauricio sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

—¿Y tú…?

—No podía permitir que tiraras tu vida por una mujer que no era adecuada para esta familia.

Él la miró sin reconocerla.

—Me hiciste creer que nunca podría tener hijos con ella.

—Era lo mejor.

—¡Me quitaste la oportunidad de decidir!

Beatriz se levantó lentamente.

—Con el tiempo me habrías dado las gracias.

Mauricio soltó una risa vacía.

—¿Las gracias?

Sacó del portafolio una fotografía de Mateo y Valentina.

La colocó delante de ella.

—¿Sabes quiénes son?

Beatriz observó a los dos pequeños.

No respondió.

—Son mis hijos.

Su voz comenzó a quebrarse.

—Mis hijos crecieron tres años creyendo que otro hombre era su padre…

Miró nuevamente la fotografía.

—Porque tú destruiste una carta.

Por primera vez, Beatriz pareció perder la seguridad.

—Mauricio…

Él dio un paso atrás.

—No.

La interrumpió.

—No vuelvas a justificarlo.

Guardó las fotografías.

—Toda mi vida pensé que Elena me ocultó el embarazo.

Respiró profundamente.

—Y resulta que quien me ocultó la verdad fue mi propia madre.

Se dio la vuelta.

Beatriz intentó detenerlo.

—¿A dónde vas?

Mauricio respondió sin mirar atrás.

—A Querétaro.

—¿Para qué?

Se detuvo solo un instante.

—No lo sé.

Su voz sonó cansada.

—Quizá solo para ver de lejos a los hijos que perdí antes incluso de saber que existían.

Subió al automóvil sin volver la vista.

Mientras tanto, a casi tres horas de distancia, Elena ayudaba a Mateo a terminar un rompecabezas en la sala de su casa.

Valentina corría por el jardín riendo.

Y un hombre salió de la cocina con tres vasos de limonada.

—Niños —dijo sonriendo—, vengan un momento.

Los dos pequeños corrieron hacia él al mismo tiempo.

—¡Papá!

Él los levantó en brazos con naturalidad.

Elena los observó en silencio.

No había rencor en sus ojos.

Solo paz.

Lo que ninguno de ellos imaginaba era que, en ese mismo instante, un avión privado acababa de despegar rumbo a Querétaro.

Y por primera vez en tres años, Mauricio Villarreal no viajaba como empresario.

Viajaba como un hombre que acababa de descubrir que había perdido una familia… antes de tener siquiera la oportunidad de conocerla.

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