Adrian permaneció dentro del automóvil mirando aquel documento.
Doce semanas.
Hizo el cálculo una vez.
Después otra.
Y una tercera.
Siempre llegaba a la misma noche.
La noche del cementerio.
Tres meses antes, acababa de regresar al país cuando me encontró sentada frente a la tumba de mi madre.
Yo estaba destrozada.
Habíamos discutido.
Le dije que lo odiaba.
Él me respondió que debería haberme olvidado hacía años.
Pero ninguno de los dos se marchó.
A la mañana siguiente desperté sola.
Adrian había desaparecido.
Y yo decidí tratar aquella noche como otro error que jamás mencionaría.
Hasta que descubrí el embarazo.
Mi teléfono sonó cuando estaba entrando al taxi.
—Nora.
Reconocí su voz.
—¿Qué quieres?
—¿De cuántas semanas estás?
Me quedé inmóvil.
Entonces comprendí.
—Recogiste mi documento.
—Respóndeme.
—No tienes derecho.
—¡Doce semanas!
Nunca lo había oído perder el control así.
—Esa fecha coincide con…
—Lo sé.
Silencio.
—¿Es mío?
Cerré los ojos.
—Biológicamente, probablemente sí.
Su respiración se detuvo.
—¿Probablemente?
—Porque todavía haré la prueba correspondiente cuando sea adecuado.
Luego añadí:
—Pero aunque seas el padre, eso no vuelve a convertirte en mi pareja.
Colgué.
Aquella tarde Adrian apareció frente a mi apartamento.
No lo dejé entrar.
—Quiero responsabilizarme del bebé.
—Curioso.
Lo miré directamente.
—Hace tres años dejaste a su madre vestida de novia para correr detrás de otra mujer.
Su rostro se endureció.
—Lo de Jade no ocurrió como crees.
—Ya no me importa cómo ocurrió.
Entonces apareció Jade.
Había seguido a Adrian.
Su rostro perdió el color al verme.
—¿Está embarazada?
Adrian no respondió.
Ella entendió inmediatamente.
—¿Es tuyo?
—Jade, vete.
Por primera vez, él no corrió a consolarla.
Jade comenzó a llorar.
—¡Me prometiste que mi hijo tendría una familia!
La frase me hizo fruncir el ceño.
—¿Tu hijo?
Adrian cerró los ojos.
Y entonces soltó la verdad que llevaba tres años ocultándome.
—El bebé de Jade no es mío.
Me quedé inmóvil.
Jade también dejó de llorar.
Adrian continuó:
—Nunca tuvimos una relación. Nunca me acosté con ella.
—Entonces ¿por qué la acompañaste a un tratamiento de fertilidad?
Su silencio respondió antes que sus palabras.
—Porque su hermano murió salvándome durante una misión. Antes de morir me pidió que cuidara de ella.
Jade apretó los labios.
—Adrian…
—Ya basta.
Él la miró.
—Te protegí porque creí que era mi obligación. Pero permití que esa obligación destruyera a Nora.
Después me miró a mí.
Por primera vez no había arrogancia.
Solo arrepentimiento.
Pero algunas verdades llegan demasiado tarde.
—Eso explica por qué elegiste ayudarla —dije.
Toqué suavemente mi vientre.
—No explica por qué necesitaste destruirme para hacerlo.
Adrian palideció.
No respondí cuando intentó detenerme.
Entré al edificio y cerré la puerta.
Tres años atrás habría dado cualquier cosa por escuchar aquella explicación.
Ahora tenía algo mucho más importante que recuperar.

Mi propia vida.
Y aunque Adrian acababa de descubrir que probablemente iba a convertirse en padre, todavía no entendía la parte más dolorosa:
Podía tener un hijo conmigo.
Pero eso no significaba que volvería a tenerme a mí.