Durante las siguientes dos semanas, nadie de mi familia pudo localizarme.
Bloqueé sus números, cambié de departamento y, por primera vez, dejé de revisar el teléfono esperando una llamada que nunca llegaba cuando realmente la necesitaba.
Hasta que una mañana encontré un sobre debajo de mi puerta.
No tenía remitente.
Dentro había una sola fotografía.
Mi madre, mi hermano Samuel y mi cuñada estaban frente a una oficina inmobiliaria.
Detrás de ellos aparecía un documento con mi nombre.
Fruncí el ceño.
Llamé inmediatamente a la abogada que me había ayudado durante mi recuperación.
—Necesito que vengas.
Una hora después, Elena llegó a mi departamento.
Le entregué la fotografía.
La observó durante varios segundos.
—¿Tu familia sabe dónde estás?
—No.
—Entonces alguien los está ayudando.
Abrió su computadora y revisó unos documentos.
Su expresión cambió.
—Laura, ¿tus padres alguna vez te pidieron que firmaras algo cuando eras menor?
Pensé durante unos segundos.
—Solo documentos relacionados con una cuenta de ahorros que abrió mi padre cuando yo tenía dieciséis.
Elena levantó la mirada.
—¿Recuerdas cuánto había?
—No.
Giró la pantalla hacia mí.
Había una cuenta antigua vinculada a mi nombre.
Y tenía un saldo que me dejó sin palabras.
Más de cuatrocientos mil yuanes.
—Eso es imposible.
—No para alguien que llevaba años administrando dinero a tu nombre.
Sentí un escalofrío.
Entonces apareció otro documento.
Una transferencia.
La cuenta había sido vaciada pocos días antes de mi cirugía.
El destino era una empresa registrada a nombre de Samuel.
Miré a Elena.
—¿Mi hermano utilizó mi dinero?
—Eso parece.
Pero todavía faltaba algo.
Elena abrió otro archivo.
—Y hay una segunda transferencia.
—¿De cuánto?
Me mostró la cifra.
Era casi exactamente la cantidad que mi madre había dicho que no podía prestarme para mi cirugía.
Veinte mil.
Me quedé completamente inmóvil.
No solo tenían millones.
No solo habían elegido ayudar a mi hermano.
Habían utilizado dinero que estaba a mi nombre para financiarlo.
Elena cerró lentamente la computadora.
—Laura, esto ya no es una discusión familiar.
—¿Qué es entonces?
—Un asunto legal.
Esa tarde recibí un mensaje de un número desconocido.
“Tu madre quiere verte. Dice que sabe dónde encontrar a tu verdadero padre.”
Me quedé mirando la pantalla.
Mi verdadero padre.
Aquellas cuatro palabras hicieron que algo dentro de mí se detuviera.
Porque mi padre Ernesto llevaba veintinueve años diciéndome que yo era su hija.
Y, de repente, mi madre estaba utilizando exactamente esa verdad para obligarme a regresar.
Guardé el teléfono.
No iba a correr hacia ellos.
Pero sí iba a descubrir qué estaban escondiendo.
Esa noche Elena me llamó.
—Laura, encontré algo más.
—¿Qué?
Hubo un silencio.
—La cuenta que tu padre vació no era la única que estaba a tu nombre.
—¿Cuántas había?
—Tres.
—¿Y quién las controlaba?
Elena respiró profundamente.
—Tu madre.

Entonces entendí por qué, después de tantos años, Teresa había decidido volver a buscarme.
No querían recuperar a su hija.
Querían recuperar algo que yo todavía no sabía que poseía.
Y esta vez, yo iba a averiguar qué era.