PARTE 2: LA FACTURA QUE NADIE ESPERABA

El salón seguía en silencio.

El pastel preparado por Elena permanecía deshecho sobre el piso de mármol.

Beatriz levantó la barbilla con orgullo.

—¿Qué esperan? —ordenó a los meseros—. Limpien ese desastre.

Nadie se movió.

En ese instante, las puertas principales de la Terraza Andares volvieron a abrirse.

Entró Laura Villaseñor, gerente general del recinto.

Vestía un traje azul marino impecable y caminaba acompañada por dos supervisores y el jefe de seguridad.

Llevaba una carpeta negra en la mano.

Beatriz sonrió de inmediato.

—Licenciada Laura. Qué gusto que venga a felicitarme.

Laura apenas la miró.

Su atención estaba puesta en Mariana.

—Licenciada Cruz.

Mariana asintió.

—Gracias por venir tan rápido.

Los invitados comenzaron a intercambiar miradas.

Beatriz frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Laura abrió la carpeta.

—Señora Alcántara, hace unos minutos recibimos un reporte sobre daños ocasionados deliberadamente durante este evento.

Beatriz soltó una risa.

—¿Daños? Era solo un pastel.

Laura levantó una hoja.

—No exactamente.

—El contrato firmado para esta celebración establece que cualquier destrucción intencional de alimentos, mobiliario o material contratado genera una penalización equivalente al costo total del servicio.

Diego levantó la cabeza por primera vez.

—¿Costo total?

Laura continuó leyendo.

—Este evento tuvo un valor comercial de cuatro millones ochocientos mil pesos.

Los murmullos estallaron.

Beatriz quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

Laura pasó otra hoja.

—El descuento del setenta por ciento fue autorizado exclusivamente porque la coordinadora del evento, la señora Mariana Cruz, utilizó uno de los beneficios corporativos del Grupo Altura.

Los invitados comenzaron a mirar a Mariana con sorpresa.

Laura siguió hablando.

—Sin ese beneficio, el precio real del salón, la cena, la música, la decoración y el servicio correspondía a esa cantidad.

Beatriz tragó saliva.

—Pero nosotros solo pagamos…

—Un millón cuatrocientos cuarenta mil pesos.

—Correcto.

Laura cerró la carpeta.

—Sin embargo, la cláusula décima tercera especifica que si el cliente provoca daños deliberados, pierde automáticamente todos los descuentos corporativos otorgados.

El rostro de Diego perdió completamente el color.

—¿Qué quiere decir?

Laura sacó una factura nueva.

La colocó sobre la mesa principal.

—Que el descuento ha quedado cancelado.

—Y la diferencia pendiente asciende a tres millones trescientos sesenta mil pesos.

El salón quedó completamente mudo.

Beatriz dio un paso atrás.

—¡Eso es ridículo!

Laura permaneció impasible.

—Todo quedó registrado por las cámaras del recinto.

—Además, más de cincuenta testigos presenciaron cómo usted destruyó deliberadamente un producto alimenticio contratado para el evento.

Beatriz señaló el pastel roto.

—¡Ese pastel ni siquiera era del salón!

Mariana sonrió por primera vez.

—No.

—Era de mi mamá.

Hizo una breve pausa.

—El que sí era del salón era el pastel de tres pisos que usted también ordenó retirar para sustituirlo por el suyo durante el espectáculo.

Todos voltearon hacia la enorme mesa de postres.

El pastel profesional seguía intacto.

Pero ya no podía servirse.

El chef repostero se acercó.

—La señora ordenó detener el servicio cuando arrojó el otro pastel.

—Por protocolo sanitario, ambos postres quedaron inutilizables.

Laura añadió con serenidad:

—Eso también forma parte de la penalización.

Diego miró desesperado a su madre.

—Mamá…

¿Qué hiciste?

Beatriz comenzó a respirar con dificultad.

—No pienso pagar un solo peso.

Laura sonrió con educación.

—No será necesario hacerlo hoy.

Sacó otro documento.

—Porque el responsable legal del contrato es el señor Diego Alcántara.

Diego sintió que las piernas le fallaban.

—¿Yo?

Mariana lo miró directamente.

—Cuando firmaste los papeles dijiste que no hacía falta leerlos.

—Confiabas en que yo siempre resolvería todo.

Diego recordó aquella tarde.

Había firmado sin mirar una sola hoja.

Como siempre.

Laura guardó la factura.

—Tienen cinco días hábiles para cubrir el saldo.

—De lo contrario, iniciaremos el procedimiento judicial correspondiente.

Nadie habló.

Solo se escuchaba el llanto contenido de Elena.

Mariana caminó lentamente hacia su madre.

Se arrodilló junto al pastel destrozado.

Tomó una pequeña flor de azúcar que había quedado intacta entre la crema.

La limpió con cuidado.

Después abrazó a Elena.

—Perdóname por haber pensado que algún día ellos aprenderían a valorar tu cariño.

Elena negó con la cabeza entre lágrimas.

—No llores, hija.

Mariana sonrió.

—No estoy llorando.

Se puso de pie.

Miró una última vez a Diego.

Él intentó acercarse.

—Mariana…

Podemos hablar.

Ella retrocedió un paso.

—Llevas cinco años diciendo que no provoque problemas.

—Hoy descubriste cuánto cuesta quedarse callado.

Tomó la mano de su madre.

Y ambas abandonaron el salón mientras, detrás de ellas, Beatriz observaba la factura millonaria temblando entre sus manos, comprendiendo demasiado tarde que el pastel que había despreciado era, en realidad, lo único que aquella noche no tenía precio.

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