PARTE 2: LA FACTURA QUE CONVIRTIÓ SU AMENAZA EN UN ERROR

No fui al departamento de mi suegra para limpiar.

Fui para entender por qué Sergio estaba tan desesperado por que yo entrara allí.

Antes de salir de casa, había fotografiado una factura que encontré entre sus papeles.

14.500 pesos.

Concepto: “servicio integral de mantenimiento y administración”.

La dirección correspondía al departamento de doña Elvira.

Pero algo no cuadraba.

Ella vivía en un departamento pequeño, sin elevador privado, sin vigilancia especial y sin ningún servicio que justificara aquella cantidad mensual.

Cuando llegué, abrí con la llave.

El lugar estaba sorprendentemente limpio.

Demasiado limpio.

No había polvo.

No había platos acumulados.

No había nada que limpiar.

Me quedé quieta en medio de la sala.

Entonces entendí.

Sergio nunca había querido que limpiara.

Quería que encontrara algo.

O, mejor dicho, quería asegurarse de que yo no encontrara algo antes de que él pudiera esconderlo.

Abrí el primer cajón.

Nada.

El segundo.

Recibos.

El tercero estaba cerrado.

Probé la llave que Sergio me había dado.

Encajó.

Dentro había contratos, estados de cuenta y varios comprobantes de transferencias.

Todos salían de una cuenta que yo no conocía.

El beneficiario era Sergio.

14.500 pesos cada mes.

Durante seis meses.

Exactamente desde el día en que perdió su trabajo.

Sentí que el estómago se me cerraba.

Pero todavía faltaba lo peor.

Encontré un sobre con mi nombre.

Dentro había copias de documentos de mi departamento.

Escrituras.

Avalúo.

Estados de cuenta.

Y una solicitud de crédito que yo jamás había firmado.

En la última página aparecía una firma que pretendía ser la mía.

La miré durante varios segundos.

No era mi firma.

Pero se parecía lo suficiente como para engañar a alguien que no me conociera.

Entonces escuché la puerta.

Sergio entró.

Se quedó completamente inmóvil al verme junto a la mesa.

—¿Qué haces aquí?

Levanté el documento.

—Limpiando.

Su rostro cambió.

—Laura, dame eso.

—¿Para qué necesitas mi escritura?

No respondió.

—¿Y por qué tu madre recibe 14.500 pesos al mes?

—No es lo que piensas.

—Entonces explícame.

Sergio avanzó hacia mí.

Yo retrocedí un paso.

—No voy a tocarte —dijo—. Solo dame los papeles.

—No.

Su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

Y palideció.

Era su madre.

Contestó.

—Mamá, tenemos un problema.

Escuché una voz alterada al otro lado.

Sergio cerró los ojos.

—¿Qué quieres decir con que ya lo saben?

Me quedé inmóvil.

—¿Quiénes? —pregunté.

Sergio colgó.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente asustado.

—Laura, escucha. Yo puedo explicarlo.

Levanté el documento falso.

—No necesito que expliques por qué quieres vender mi departamento.

Lo miré directamente.

—Necesito que me expliques por qué intentaste hacerlo sin mí.

Y entonces llamaron a la puerta.

Dos personas entraron con identificaciones oficiales.

El hombre que iba delante miró a Sergio y luego a mí.

—Señora Laura Méndez, necesitamos hablar con usted sobre una denuncia presentada esta mañana.

Sergio se quedó blanco.

—¿Qué denuncia?

El funcionario abrió una carpeta.

—Fraude documental y uso indebido de información financiera.

Miró a Sergio.

—Y usted aparece como el principal implicado.

Sergio retrocedió.

Yo apreté los documentos contra mi pecho.

Entonces el funcionario añadió:

—Pero hay algo que todavía no entendemos.

—La persona que presentó la denuncia afirma que su esposo no actuó solo.

Miré hacia el pasillo.

Y comprendí por qué mi suegra había insistido tanto en que yo fuera aquella noche a su departamento.

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