PARTE 2: La evidencia que nunca debieron dejar atrás

Guardé el objeto dentro de una bolsa de evidencia sin apartar la vista de Jonah.

Era un viejo encendedor plateado.

En una esquina tenía grabadas las iniciales J.H.

Mi madre frunció el ceño.

—¿Qué importancia puede tener eso?

No respondí.

Había visto aquel encendedor años atrás.

En fotografías tomadas durante la investigación de una joven desaparecida cuyo caso jamás logró resolverse.

Nunca apareció el sospechoso.

Pero el encendedor sí.

Hasta aquella noche.

Jonah dio un paso hacia mí.

—Devuélveme eso.

Lo miré con absoluta calma.

—¿Es tuyo?

Titubeó apenas un instante.

—No.

—Entonces no tendrás problema si lo entrego para un análisis.

Su mandíbula se tensó.

Mi madre intervino inmediatamente.

—Basta con este teatro. Chloe exageró como siempre.

Saqué el teléfono.

Tomé otra fotografía del refrigerador.

Otra del piso.

Otra de la sangre.

Después medí con una cinta métrica la altura exacta de la abolladura.

Jonah comenzó a perder la paciencia.

—¡Ya deja de jugar a la detective!

Guardé la cinta.

—No estoy jugando.

Le enseñé mi placa.

—Soy la comandante de la División de Delitos Violentos.

Los dos quedaron inmóviles.

Mi madre parpadeó varias veces.

—¿Desde cuándo…?

—Desde hace ocho años.

Jonah soltó una carcajada nerviosa.

—Eso no cambia nada.

—Solo fue una discusión familiar.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era el sheriff.

—Comandante, la víctima acaba de ingresar a cirugía.

—Tiene fracturas faciales, tres costillas rotas y una hemorragia interna.

Miré directamente a Jonah.

—Gracias.

Colgué lentamente.

Mi madre comenzó a ponerse pálida.

—Eso… eso no puede ser.

—Solo se cayó.

La miré.

—¿De verdad quieres mantener esa versión?

Ella tragó saliva.

No respondió.

Cinco minutos después llegaron dos patrullas.

Los agentes descendieron rápidamente.

Uno de ellos se acercó.

—Comandante Hayes.

Asentí.

—Nadie entra ni sale.

Jonah levantó las manos con indignación.

—¡No pueden tratarme como un criminal!

El sheriff apareció detrás de los oficiales.

—Todavía no.

—Pero tampoco podemos dejar que destruya pruebas.

Mientras los agentes aseguraban la cocina, una paramédica salió nuevamente de la ambulancia.

Llevaba una pequeña bolsa transparente.

—Encontramos esto dentro de la ropa de la víctima.

Me la entregó.

Era un botón arrancado.

Con restos de sangre.

Miré inmediatamente la camisa de Jonah.

Le faltaba exactamente un botón en el puño derecho.

El hombre retrocedió un paso.

—Eso demuestra… demuestra…

No terminó la frase.

Porque un segundo vehículo acababa de detenerse frente a la casa.

Descendió una mujer de cabello gris.

Traía un maletín negro.

Al verme, caminó directamente hacia mí.

—Hace seis años prometiste que nunca volverías a llamarme.

Asentí.

—Lo sé.

—Pero encontré algo.

Le entregué la bolsa con el encendedor.

La mujer apenas necesitó unos segundos para reconocerlo.

Su expresión cambió por completo.

—Dios mío…

Levantó lentamente la mirada hacia Jonah.

—¿Dónde conseguiste esto?

Él permaneció completamente inmóvil.

La mujer respiró hondo.

Luego se volvió hacia el sheriff.

—Arresten a este hombre.

El sheriff frunció el ceño.

—¿Por qué cargo?

Ella abrió lentamente su identificación.

—Porque soy la fiscal especial que dirigió la investigación del caso Harper.

Toda la casa quedó en silencio.

La fiscal sostuvo el encendedor entre los dedos.

—Llevamos seis años buscando al hombre que dejó esto junto al cuerpo de una joven asesinada.

Miró fijamente a Jonah.

—Y esta noche… acaba de devolvérnoslo con sus propias manos.

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