PARTE 2: LA ESPOSA QUE NUNCA FUI

Ethan miró el certificado falso y después me miró a mí.

—Clara, puedo explicarlo.

—Perfecto. Empieza por explicarme por qué Maya es legalmente tu esposa desde hace seis años.

Los ejecutivos quedaron en silencio.

Maya palideció.

—Ethan…

—Cállate —murmuró él.

Sonreí.

Ahí estaba la confirmación.

—Entonces es verdad.

Ethan se acercó.

—Fue por cuestiones legales. Maya y yo nunca tuvimos una relación real.

Maya levantó la cabeza de golpe.

Su expresión cambió.

—¿Nunca?

Ethan comprendió demasiado tarde que acababa de traicionar también a su verdadera esposa.

Yo saqué otra carpeta.

—No me interesa cuál de las dos recibió tus mentiras más bonitas.

La dejé sobre la mesa.

—Mi herencia ya fue transferida.

Ethan quedó inmóvil.

—¿Qué?

—Los ciento diecinueve mil millones están exclusivamente a mi nombre.

Su rostro perdió el color.

—Clara, la empresa necesita ese dinero.

—Lo sé.

—Sin esa inversión podemos quebrar.

—También lo sé.

Por primera vez apareció miedo verdadero en sus ojos.

—Después de seis años juntos, ¿vas a dejarme perderlo todo?

Lo miré fijamente.

—Ethan, según tus propios documentos, nunca estuvimos juntos.

Entonces sonó su teléfono.

Después otro.

Y otro.

Los ejecutivos comenzaron a revisar sus pantallas.

Mi abogado había presentado la demanda.

Fraude.

Falsificación documental.

Uso de un matrimonio ficticio para obtener beneficios financieros.

Además, los bancos habían sido notificados de que mi fortuna no respaldaría ninguna deuda de Lawson Industries.

Uno de los directivos se levantó.

—Señor Lawson, el banco acaba de suspender nuestra línea de crédito.

Otro recibió una llamada.

—Dos inversionistas quieren retirarse.

Ethan golpeó la mesa.

—¡Clara!

Maya comenzó a llorar.

—Me prometiste que cuando recibiera la herencia dejaríamos de escondernos.

La sala volvió a quedar muda.

La miré.

—Así que ese era el plan.

Maya comprendió que acababa de confesarlo delante de todos.

Ethan cerró los ojos.

Yo recogí mi bolso.

Había entrado pensando que aquel hombre era mi esposo y necesitaba salvar su empresa.

Salía sabiendo que nunca había sido ninguna de las dos cosas.

Antes de cruzar la puerta, Ethan preguntó:

—¿Qué vas a hacer con todo ese dinero?

Me detuve.

—Lo que mi padre esperaba que hiciera.

Sonreí.

—Invertirlo en personas que no intenten robármelo.

Y me marché.

Seis años antes, Ethan Lawson había organizado una boda falsa para quedarse con una heredera.

Su único error fue olvidar algo muy sencillo:

Sin un matrimonio verdadero, tampoco existía una esposa obligada a salvarlo.

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