Ethan miró mi teléfono como si acabara de aparecer una bomba entre nosotros.
La llamada seguía entrando.
En su pantalla aparecía el número de su esposa.
En la mía, su nombre.
Finalmente contesté.
—¿Hola, esposo?
La voz salió también por su teléfono.
Ethan colgó de inmediato.
—No puede ser.
—Puede.
—¿Tú eres Emma Harrison?
—Emma Bennett Harrison —respondí—. Tu esposa desde hace tres años.
Retrocedió dos pasos.
Por primera vez desde que lo conocía, Ethan Harrison parecía incapaz de encontrar una respuesta.
—¿Lo sabías aquella noche en el hotel?
—Desde que entré.
—¿Y no dijiste nada?
Lo miré fijamente.
—Tú tampoco preguntaste quién era la mujer con la que llevabas tres años casado.
Eso lo silenció.
Ethan pasó una mano por su cabello.
—Entonces los quinientos mil…
—Me los pagaste a mí.
—Dios.
—Fue bastante divertido.
No sonrió.
—¿Todo esto fue una venganza?
La pregunta me dolió más de lo esperado.
—Al principio quizá fue curiosidad. Después dejé de saberlo.
Ethan levantó los ojos.
—¿Y ahora?
Recordé los restaurantes, sus llamadas, el abrigo sobre mis hombros.
Después recordé la frase que acababa de pronunciar sin dudar:
“Divorciarme”.
—Ahora quedan dos semanas para que termine nuestro acuerdo.
Me levanté.
—Así que hagamos exactamente lo que siempre quisiste.
A la mañana siguiente envié el acuerdo de divorcio firmado.
Ethan no respondió.
Al mediodía apareció frente a mi apartamento.
—No voy a firmarlo.
—Qué curioso. Hace doce horas estabas dispuesto a llamar a tu esposa para divorciarte inmediatamente.
—Porque no sabía que eras tú.
—Precisamente.
Intentó entrar.
Bloqueé la puerta.
—Emma, escúchame.
—Durante tres años tuviste mi número, mi expediente y hasta fotografías disponibles si hubieras querido conocerme. Nunca lo hiciste.
Su mandíbula se tensó.
—Odiaba aquel matrimonio.
—Lo sé.
—Pero no te odiaba a ti.
Sonreí tristemente.
—Para ignorarme durante tres años, la diferencia no importa demasiado.
Cerré la puerta.
Esta vez Ethan no intentó detenerme.
Durante los días siguientes desaparecí de su vida.
Devolví el collar.
Bloqueé el automóvil que enviaba por mí.
No fui a nuestros restaurantes.
Ethan llamó.
Escribió.
Esperó frente a mi edificio.
Yo no respondí.
Hasta que llegó el último día del contrato matrimonial.
Las dos familias se reunieron en la residencia Harrison.
Mi padre estaba conmigo.
El abuelo de Ethan presidía la mesa.
Ethan llegó tarde.
Llevaba el traje arrugado y parecía no haber dormido.
Su abuelo colocó los documentos delante de nosotros.
—Hace tres años acordaron que cualquiera podría solicitar la separación al terminar el plazo. Emma ya firmó.
Empujó los papeles hacia Ethan.
—Solo falta tu firma.
Ethan no tocó el bolígrafo.
Su padre frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—No quiero divorciarme.
El silencio fue absoluto.
Su abuelo casi dejó caer la taza.
Yo lo miré.
—Ethan, no conviertas esto en otra decisión unilateral.
—Tienes razón.
Se levantó.
—Por eso esta vez voy a preguntarte.
Sacó una pequeña caja.
Pensé que era un anillo.
No lo era.
Dentro estaba la tarjeta bancaria que había dejado en el hotel aquella primera mañana.
La misma con la que me había transferido quinientos mil yuanes.
—Esta fue la primera estupidez que hice contigo —dijo.
Algunos familiares intercambiaron miradas confundidas.
Ethan continuó:
—Conocí a una mujer sin saber que era mi esposa. La traté como una desconocida y terminé enamorándome de ella.
Sentí que mi respiración se detenía.
—Cuando descubrí quién era, entendí algo peor: tuve tres años para conocerla y desperdicié cada día.
Colocó los documentos delante de mí.
—No puedo borrar eso.
Entonces firmó.
Me quedé helada.
Había firmado el divorcio.
Ethan dejó el bolígrafo.
—Ya está. Eres libre.
—¿Entonces por qué dijiste que no querías divorciarte?
—Porque no quiero.
Sus ojos encontraron los míos.
—Pero tampoco quiero que sigas casada conmigo por una deuda entre nuestras familias.
Sacó ahora una segunda caja.
Esta sí contenía un anillo.
—El primer matrimonio lo eligieron nuestros padres.
Lo dejó frente a mí.
—Si algún día existe otro, quiero que lo elijas tú.
Nadie habló.
Yo tampoco.
Tomé los documentos del divorcio.
Y me fui.
Pasaron seis meses.
Ethan cumplió su palabra.
No me presionó.
No apareció sin permiso.
Solo me enviaba un mensaje cada domingo:
“Espero que estés bien.”
Nunca pedía respuesta.
Hasta que una tarde entré en el restaurante donde habíamos tenido nuestra segunda cita.
Ethan estaba solo.
Cuando me vio, se levantó tan rápido que golpeó la mesa.
—Emma.
Dejé algo frente a él.
Un sobre.
Su rostro palideció.
—¿Qué es?
—Una factura.
La abrió.
Dentro había un cheque por quinientos mil yuanes.
La cantidad exacta que me había transferido aquella primera noche.
Ethan levantó lentamente la mirada.
—¿Me estás devolviendo el dinero?
—Sí.
Me senté frente a él.
—Porque si vamos a empezar otra vez, no quiero que puedas presumir que tuviste que pagarme para conseguir nuestra primera cita.
Por primera vez, Ethan rio.
Yo también.
Entonces extendió la mano sobre la mesa, pero se detuvo antes de tocarme.
Esta vez preguntó:
—¿Puedo?
Miré su mano.
Después la tomé.
Nuestro primer matrimonio había comenzado con una deuda, un contrato y dos desconocidos.
Si alguna vez existía un segundo…

comenzaría exactamente como debía haber empezado el primero.
Con dos personas eligiéndose.