PARTE 2 — LA ESPOSA DEL INVERSOR

La puerta de la villa se abrió de golpe cuarenta minutos después.

Jiang Chen entró sin quitarse el abrigo.

Su cabello estaba desordenado, la corbata torcida y el rostro cubierto por una palidez que jamás había visto en él.

Detrás venía Bai Weiwei.

Todavía llevaba mi vestido.

Los cristales cosidos a mano brillaron bajo la luz del pasillo cuando ella dio un paso hacia la sala.

—Lin Xi —dijo Jiang Chen con la respiración agitada—. ¿Por qué estás sentada a oscuras?

No respondí.

Encendió la lámpara.

La claridad reveló la maleta junto a mis pies y una carpeta de color negro sobre la mesa.

Su mirada pasó de una a otra.

—¿Qué significa esto?

—Significa que llegaste a tiempo.

Bai Weiwei soltó su brazo.

Ya no sonreía como en la entrada del hotel.

—Señora Lin, todo ha sido un malentendido —dijo con voz suave—. El vestido me lo prestó el director Jiang porque pensó que usted no asistiría.

La miré.

—¿También te prestó mi lugar junto a él?

Sus labios temblaron.

—Yo solo fui como secretaria.

—Las secretarias no suelen entrar abrazadas al director general.

Jiang Chen se colocó entre nosotras.

—Weiwei, sube a cambiarte.

Ella no se movió.

—Chen…

—He dicho que subas.

—No conoce la contraseña del vestidor —respondí—. Y desde esta noche ya no tendrá que aprenderla.

Bai Weiwei apretó los dedos contra la falda.

—El vestido puede devolvérselo ahora mismo.

—No lo quiero.

—Costó más de un millón —intervino Jiang Chen—. No digas tonterías por estar enfadada.

Lo observé en silencio.

Aquel hombre todavía creía que el precio del vestido era el problema.

—Puedes regalárselo —dije—. Será un buen recuerdo de la fiesta que no llegó a celebrarse.

La mandíbula de Jiang Chen se tensó.

—Lin Xi, basta.

Se sentó frente a mí y bajó la voz.

—El presidente Chen congeló la transferencia. Los bancos suspendieron los créditos puente y tres proveedores exigen que paguemos por adelantado. Si la inversión desaparece, la empresa no sobrevivirá un mes.

—Qué grave.

—No juegues conmigo.

—No estoy jugando.

Empujé la carpeta negra hacia él.

—Ábrela.

Jiang Chen no la tocó.

—Primero llama a tu primo.

—No.

—Solo explícale que hubo una confusión.

—No hubo ninguna confusión.

—Lin Xi…

—Me prohibiste entrar por instrucciones directas.

Él se quedó callado.

—Entregaste mi vestido a tu amante.

—Weiwei no es mi amante.

—Entonces no tendrás problemas cuando tus abogados revisen los hoteles, los departamentos y las transferencias que aparecen en esa carpeta.

Bai Weiwei perdió el color del rostro.

Jiang Chen se volvió hacia ella.

—¿Qué transferencias?

Ella negó rápidamente.

—No sé de qué está hablando.

—Ábrela —repetí.

Esta vez Jiang Chen tomó la carpeta.

En la primera página había fotografías de ambos entrando en un hotel junto al río.

En la segunda, facturas de una suite reservada durante once fines de semana.

Después aparecían transferencias realizadas desde una filial de la empresa a una sociedad registrada a nombre de Bai Weiwei.

Un millón ochocientos mil.

Tres millones.

Seis millones y medio.

Jiang Chen pasó las hojas cada vez más rápido.

—Esto no demuestra una relación.

—No necesito demostrarla para divorciarme.

Sus manos se detuvieron.

—¿Divorciarte?

Saqué el documento que estaba debajo de la carpeta.

—El acuerdo está preparado.

Bai Weiwei bajó la cabeza, pero no pudo ocultar una ligera esperanza en sus ojos.

Jiang Chen la vio.

Entonces comprendió algo que hasta aquel momento se había negado a admitir.

—Sal de mi casa —le ordenó.

Ella levantó el rostro.

—Chen, no puedes echarme ahora. Yo también dejé la fiesta por ti.

—Te dije que subieras.

—Todo lo que hice fue para ayudarte.

—Te llevaste el vestido de mi esposa y ordenaste al personal que no la dejara entrar.

—Tú fuiste quien dio esa orden.

La frase cayó pesadamente.

Jiang Chen se quedó inmóvil.

Bai Weiwei se dio cuenta demasiado tarde de que acababa de exponerlo.

—Yo solo repetí lo que tú dijiste —añadió—. Dijiste que la presencia de Lin Xi haría que los inversores pensaran que la empresa dependía de su familia.

Sonreí.

—Al menos esta noche alguien ha decidido decir la verdad.

Jiang Chen cerró la carpeta.

—Weiwei, vete.

—¿Y yo qué gano si me voy?

—¿Qué acabas de decir?

La dulzura de su rostro desapareció.

—Prometiste que después de conseguir la inversión te divorciarías de ella.

Jiang Chen miró hacia mí.

—Está mintiendo.

Bai Weiwei soltó una risa nerviosa.

—También prometiste nombrarme directora de operaciones y darme el cinco por ciento de las acciones.

—Cállate.

—¿Ahora quieres fingir que todo fue idea mía?

—¡He dicho que te calles!

Ella metió la mano en su bolso y sacó el teléfono.

—Tengo todos tus mensajes.

Jiang Chen avanzó hacia ella, pero me levanté.

—No hace falta.

Ambos me miraron.

—Ya tengo una copia.

Bai Weiwei palideció.

—¿Cómo?

—La cuenta corporativa que usaban para guardar documentos estaba registrada con un correo que pertenece al dominio de mi familia.

Jiang Chen frunció el ceño.

—Esa cuenta la creó el antiguo director financiero.

—La creó por orden mía.

Él me miró como si acabara de hablarle en otro idioma.

Durante cinco años, creyó que yo solo había utilizado unas cuantas conexiones familiares al inicio de su empresa.

Nunca comprendió hasta dónde llegaban esas conexiones.

—¿Quién eres realmente? —preguntó.

Me resultó imposible no reír.

—Tu esposa.

—Sabes a qué me refiero.

—Soy la mujer a la que acabas de prohibir entrar en una fiesta financiada por su propia familia.

Jiang Chen apretó la carpeta contra la mesa.

—El presidente Chen dijo que conocía a tu primo.

—No solo lo conoce.

—¿Qué relación tienen?

Antes de que respondiera, el timbre sonó.

Tres vehículos negros se habían detenido frente a la villa.

Jiang Chen se acercó a la ventana.

—¿A quién llamaste?

—A nadie.

La empleada abrió la puerta.

El primero en entrar fue el abogado de mi familia.

Detrás de él caminaba un hombre alto, de cabello ligeramente canoso, vestido con un abrigo oscuro.

Jiang Chen lo reconoció de inmediato.

Lo había visto varias veces en videoconferencias.

Era Chen Yucheng, el presidente del fondo que encabezaba la inversión de cincuenta mil millones.

Jiang Chen corrió hacia él.

—Presidente Chen, gracias por venir. Puedo explicarlo todo.

Chen Yucheng pasó a su lado sin detenerse.

Caminó directamente hacia mí.

—Lin Xi.

—Primo.

La palabra hizo que el rostro de Jiang Chen se quedara vacío.

Chen Yucheng me abrazó brevemente y después observó la maleta.

—¿Terminaste?

—Casi.

—Tu madre está preocupada.

—Dile que estoy bien.

—Puedes decírselo tú misma. Está esperando en el coche.

Jiang Chen abrió la boca.

—¿Su madre también está aquí?

Chen Yucheng lo miró por primera vez.

—La señora Lin dirige el fideicomiso que controla nuestro fondo asiático.

El silencio se volvió absoluto.

Jiang Chen parecía no comprender.

—¿El fideicomiso?

—El capital de esta ronda procede de varias entidades —explicó mi primo—, pero la participación principal pertenece a la familia Lin.

—Eso no puede ser.

—Puede revisar el contrato.

Jiang Chen miró hacia mí.

—Tú dijiste que tu familia tenía algunos negocios en Europa.

—Los tiene.

—Nunca dijiste que controlaban el fondo.

—Nunca preguntaste.

—¡Soy tu esposo!

—Hasta hoy, para ti yo solo era la mujer que debía quedarse en casa.

Su rostro se contrajo.

—Entonces todo esto era una prueba.

—No.

Negué lentamente.

—La inversión era real. La confianza también.

—¿Y ahora la retiras para castigarme?

Chen Yucheng respondió antes que yo.

—No retiramos el capital por una disputa matrimonial.

—¿Entonces por qué?

Mi primo hizo una señal al abogado.

El hombre abrió su maletín y colocó varios informes sobre la mesa.

—Encontramos facturas infladas, contratos con proveedores relacionados con la señorita Bai y transferencias sin justificación comercial.

Bai Weiwei dio un paso atrás.

—Yo no tengo autoridad para aprobar transferencias.

—Pero su empresa las recibió —dijo el abogado.

Jiang Chen tomó el primer documento.

—Son gastos de consultoría.

—La sociedad no tiene empleados, oficina ni actividad declarada —respondió Chen Yucheng—. Fue constituida tres semanas después de que usted iniciara una relación con su secretaria.

—No pueden retirar cincuenta mil millones por una irregularidad menor.

—No es menor.

Mi primo pasó a la siguiente página.

—También declaró que la familia Lin no tenía participación ni influencia en su compañía.

Jiang Chen me miró.

—Porque tú nunca apareciste como accionista.

—No necesitaba aparecer —dije.

Durante los primeros dos años de su emprendimiento, mi padre había garantizado préstamos sin revelar su identidad.

Mi primo presentó a los primeros clientes.

Mi madre convenció a dos fondos de no exigir la devolución anticipada cuando la empresa estuvo a punto de quebrar.

Yo diseñé la estructura de la primera ronda y entregué a Jiang Chen una lista de contactos que él siempre presentó como si fueran propios.

—La inversión se aprobó por la confianza depositada en Lin Xi —continuó Chen Yucheng—. Esta noche usted demostró que no respeta a la persona que garantizaba esa confianza.

Jiang Chen respiró con dificultad.

—Puedo corregirlo.

—Los documentos financieros no se corrigen con una disculpa.

—Haré una auditoría interna.

—Ya la estamos haciendo.

—Presidente Chen, necesito tiempo.

—Lo tuvo.

Jiang Chen volvió hacia mí.

—Xi Xi, dile que no retire la inversión.

—No depende solo de mí.

—Pero te escuchará.

—¿Y qué quieres que diga?

Se acercó con los ojos enrojecidos.

—Dile que fue un error. Dile que Bai Weiwei no significa nada para mí.

Ella lo miró como si acabara de recibir una bofetada.

—¿No significo nada?

Jiang Chen ni siquiera se volvió.

—Dile que seguimos casados.

—El matrimonio no es una garantía financiera —respondí.

—Piensa en todo lo que construimos.

—Lo estoy haciendo.

Abrí otra carpeta.

—Por eso quiero recuperar lo que aporté.

Su rostro se volvió rígido.

—¿Qué significa eso?

El abogado de mi familia se adelantó.

—La señora Lin reclama la devolución de los préstamos personales otorgados a la empresa durante sus primeros tres años.

—Ella nunca me prestó dinero.

—Aquí están los contratos.

Jiang Chen revisó las primeras páginas.

Reconoció su firma.

—Pensé que estos documentos eran simples formalidades para recibir capital familiar.

—Precisamente —dije—. El capital no era un regalo.

—¿Cuánto reclamas?

—Con intereses y garantías, nueve mil doscientos millones de yuanes.

Bai Weiwei se apoyó en el sofá.

Jiang Chen levantó lentamente la mirada.

—Eso destruirá la empresa.

—No. Lo que la destruyó fue utilizar dinero corporativo para mantener a tu amante.

—Ya te dije que no es mi amante.

Chen Yucheng tomó el teléfono de Bai Weiwei.

En la pantalla había un mensaje enviado por Jiang Chen dos días antes.

Después de la fiesta, Lin Xi ya no tendrá ninguna utilidad. Cuando se cierre la ronda, iniciaré el divorcio.

Debajo aparecía otro.

Tú serás la mujer que esté a mi lado cuando la empresa salga a bolsa.

Jiang Chen se quedó sin voz.

Bai Weiwei intentó recuperar el aparato.

—Eso es privado.

—Lo será cuando se presente ante el tribunal —respondió el abogado.

Jiang Chen se volvió hacia ella.

—¿Por qué guardaste eso?

—Porque sabía que algún día intentarías negarlo.

—Todo esto ocurrió por tu culpa.

Bai Weiwei soltó una carcajada amarga.

—Hace una hora me estabas llamando la única mujer que te comprendía.

—¡Sal de aquí!

—No me iré sin lo que me prometiste.

—No te debo nada.

—Me debes cinco por ciento de la empresa.

—Nunca firmamos un acuerdo.

—Sí lo hicimos.

Sacó de su bolso una copia doblada.

Jiang Chen se la arrebató.

La firma era suya.

Había prometido transferirle acciones después del cierre de la ronda.

—Esto no tiene validez —murmuró.

—Entonces discutiremos la validez delante de los accionistas.

Mientras ellos se acusaban, tomé mi maleta.

Jiang Chen lo notó.

—¿Adónde vas?

—A casa de mi madre.

—Esta es tu casa.

—No.

Miré a Bai Weiwei, todavía vestida con mi ropa, y después a él.

—Esta villa pertenece a una sociedad de mi familia. Tú solo tienes derecho de uso mientras dure el matrimonio.

—No puedes echarme de un día para otro.

—No lo haré. Tienes siete días.

—Lin Xi, espera.

Intentó sujetarme del brazo, pero Chen Yucheng se interpuso.

—No la toque.

—Es mi esposa.

—Ella acaba de pedirle que la deje ir.

Jiang Chen bajó la mano.

—Xi Xi, dame una oportunidad para explicar.

—Llevas cinco años explicando cada traición como una necesidad empresarial.

—Nunca quise hacerte daño.

—Me prohibiste entrar en una fiesta organizada gracias a mi dinero.

—Pensé que tu presencia…

—¿Te avergonzaría?

No terminó la frase.

—Cuando la empresa no tenía empleados, yo dormía en el suelo de la oficina contigo —continué—. Cuando los proveedores exigieron pagos, vendí una propiedad para cubrirlos. Cuando nadie confiaba en ti, puse el nombre de mi familia detrás del tuyo.

Mi voz no se elevó.

No hacía falta.

—Y esta noche, cuando por fin creíste que habías llegado a la cima, elegiste esconder a la persona que te ayudó a subir.

Jiang Chen bajó la cabeza.

—Me equivoqué.

—Sí.

—Puedo cambiar.

—Tal vez.

Tomé la carpeta del divorcio y la coloqué frente a él.

—Pero no conmigo.

Salí de la villa acompañada por mi primo.

Mi madre esperaba dentro del automóvil.

Al verme, abrió la puerta sin preguntar nada.

Me abrazó como no lo hacía desde que me casé.

—Vámonos a casa —dijo.

Esta vez entendí la diferencia entre una villa y un hogar.

Detrás de nosotras, Jiang Chen salió corriendo.

—¡Lin Xi!

No me volví.

—¡Hablaré con los inversores! ¡Salvaré la empresa sin tu familia!

Chen Yucheng cerró la puerta del coche.

—¿Puede hacerlo? —pregunté.

Mi primo miró por la ventana.

—Quizá consiga capital en otro lugar.

—Entonces no habrá aprendido nada.

—No necesita aprender para que tú puedas seguir adelante.

El vehículo arrancó.

A través del espejo vi a Jiang Chen cada vez más pequeño bajo las luces de la villa.

A la mañana siguiente, la retirada de la inversión se hizo pública.

Las acciones de los socios minoritarios fueron congeladas.

Tres directivos renunciaron.

Los bancos exigieron garantías adicionales.

Los proveedores suspendieron las entregas.

Jiang Chen convocó una conferencia urgente.

Dijo que todo era un malentendido.

Aseguró que la empresa tenía suficiente liquidez.

Negó cualquier relación impropia con Bai Weiwei.

Dos horas después, ella publicó capturas de sus mensajes.

No lo hizo por justicia.

Lo hizo porque Jiang Chen se negó a cumplir la promesa de entregarle acciones.

El escándalo se extendió por todos los medios financieros.

En menos de una semana, el consejo destituyó temporalmente a Jiang Chen como director general.

Él me llamó más de cien veces.

Después comenzó a enviar correos.

Podemos reconstruirlo todo.

Nunca supe cuánto habías hecho por mí.

No dejes que cinco años terminen así.

No respondí.

El décimo día, llegó a la residencia de mi familia.

Esperó durante seis horas bajo la lluvia.

Cuando finalmente salí, parecía agotado.

—Solo necesito cinco minutos.

—Tienes dos.

—Firmaré el divorcio.

No esperaba escuchar eso.

—A cambio de una condición —añadió.

—No estoy negociando mi libertad.

—No quiero dinero.

—Entonces habla.

Sacó una memoria USB.

—Encontré esto en la oficina de Bai Weiwei.

No la tomé.

—¿Qué contiene?

—Pruebas de que alguien dentro del fondo sabía desde hace meses que las cuentas de la empresa estaban manipuladas.

Miré hacia mi primo, que esperaba cerca de la puerta.

—¿Qué estás insinuando?

—Que la retirada del capital no empezó en la fiesta.

Jiang Chen bajó la voz.

—Alguien estaba esperando una excusa para destruirme.

—Tus propias transferencias fueron suficiente excusa.

—Lo sé.

Por primera vez no intentó justificarse.

—Pero hay algo más.

Extendió la memoria.

—El nombre de tu primo aparece en varios correos.

Chen Yucheng caminó hacia nosotros.

—¿Qué correos?

Jiang Chen lo miró con resentimiento.

—Correos donde ordenaba retrasar la inversión antes de que Lin Xi enviara el mensaje.

Mi primo no cambió de expresión.

—Entrégamela.

—No a usted.

Jiang Chen puso la memoria en mi mano.

—A ella.

Después sacó una pluma y firmó el acuerdo de divorcio sobre el capó de su automóvil.

—No espero que me perdones —dijo—. Pero debes saber que tu familia no te contó toda la verdad.

Se marchó sin mirar atrás.

Esa noche conecté la memoria en el despacho de mi madre.

Había decenas de correos internos.

Uno de ellos estaba fechado tres meses antes de la fiesta.

Mi primo escribía:

La empresa de Jiang Chen no debe recibir el capital completo. Necesitamos que Lin Xi se separe de él antes de intervenir.

Otro mensaje decía:

No le informen todavía. Si conoce la situación financiera, volverá a protegerlo.

Me quedé mirando la pantalla.

—¿Es verdadero? —pregunté.

Mi madre cerró los ojos.

Chen Yucheng permaneció de pie junto a la ventana.

—Sí —respondió finalmente.

—Entonces la fiesta no fue la causa.

—Fue el momento adecuado.

—¿Ustedes sabían lo de Bai Weiwei?

Mi madre guardó silencio.

—Mamá.

—Lo sospechábamos.

—¿Y decidieron observar hasta que me humillara públicamente?

—Intentamos advertirte muchas veces.

—Nunca me mostraron pruebas.

—Porque siempre lo defendías.

Sentí que la rabia subía por mi pecho.

—Así que manipularon la inversión para obligarme a dejarlo.

—Protegimos el dinero de la familia.

—¿Y a mí quién me protegió?

Nadie respondió.

Miré a mi primo.

—¿Por qué no me dijiste que la empresa ya estaba en problemas?

—Porque habrías entregado más dinero para salvarla.

Tenía razón.

Y eso lo hacía aún más doloroso.

—No tenían derecho a decidir por mí.

—Tampoco Jiang Chen tenía derecho a utilizarte —respondió.

—La diferencia es que de él ya no esperaba lealtad.

Cerré la computadora.

Mi madre se acercó.

—Lin Xi, todo lo hicimos por ti.

—No.

Me puse de pie.

—Lo hicieron porque no confiaban en que yo pudiera enfrentar la verdad.

Tomé la memoria y los documentos del divorcio.

Aquella noche no regresé a la casa de mi madre.

Tampoco volví con Jiang Chen.

Me instalé en un apartamento pequeño que había comprado años atrás y que nadie de mi familia utilizaba.

Por primera vez, estaba completamente sola.

Y por primera vez, cada decisión me pertenecía.

Dos meses después, el divorcio quedó finalizado.

La empresa de Jiang Chen entró en reestructuración.

Él vendió varias propiedades para pagar a los empleados y entregó información contra Bai Weiwei y otros ejecutivos implicados.

No recuperó la dirección general.

Pero tampoco terminó en prisión.

Mi familia me ofreció un cargo dentro del fondo.

Lo rechacé.

Creé mi propia firma de inversión con una condición escrita en el primer artículo de sus estatutos:

Ninguna relación personal podría sustituir una auditoría, y ninguna persona sería protegida de la verdad en nombre del amor.

Un año después, recibí una invitación a una conferencia empresarial.

Jiang Chen era uno de los ponentes.

Habló sobre el fracaso, la arrogancia y el precio de confundir éxito con poder.

Al terminar, se acercó a mí.

—Te ves bien.

—Lo estoy.

—Escuché que tu fondo cerró su primera ronda.

—Sí.

—Felicidades.

—Gracias.

Permanecimos en silencio.

—¿Alguna vez pensaste que podríamos empezar de nuevo? —preguntó.

—No.

Asintió, como si ya conociera la respuesta.

—Lo imaginaba.

Antes de marcharse, miró el vestido que llevaba.

No era el de aquella noche.

Era sencillo, negro y elegido por mí.

—Ahora sí nadie podría impedirte entrar a ninguna fiesta —dijo.

Sonreí.

—Nunca necesitaba permiso para entrar.

Lo observé alejarse entre la multitud.

Entonces comprendí que la inversión de cincuenta mil millones no había sido lo más valioso que Jiang Chen perdió aquella noche.

Tampoco lo había sido su empresa.

Había perdido a la única persona que permaneció a su lado antes de que el mundo supiera su nombre.

Y yo, en cambio, había recuperado algo que durante cinco años entregué a todos menos a mí misma:

Mi propio lugar.

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