PARTE 2: LA ESCRITURA QUE NUNCA LEYERON

El silencio cayó sobre la entrada.

Karla fue la primera en reír.

Una carcajada corta, burlona.

—¿Escuchaste eso, Arturo?

Se volvió hacia él con una sonrisa de superioridad.

—Ahora resulta que la casa también es suya.

Arturo no sonrió.

Frunció ligeramente el ceño.

—Elena…

Su voz sonó menos segura que unos segundos antes.

—No compliques las cosas.

Ella mantuvo la calma.

—No las estoy complicando.

Solo estoy diciendo la verdad.

Karla cruzó los brazos.

—La empresa pagó esta casa.

—No.

Respondió Elena sin elevar la voz.

—La empresa pagó las remodelaciones.

La casa la compramos tres años antes de que existiera la constructora.

Los ojos de Arturo parpadearon apenas.

Era un detalle que él esperaba que nadie recordara.

Elena abrió lentamente el bolso.

Sacó una carpeta color beige.

No era el sobre de la herencia.

Todavía no.

Era otra carpeta.

Mucho más antigua.

Dentro había copias certificadas.

La primera hoja quedó sobre el cofre de un automóvil estacionado.

—Escritura pública número 4187.

Propietaria.

Elena Salgado Martínez.

Karla tomó el documento con brusquedad.

Lo revisó apenas unos segundos.

Su sonrisa comenzó a desaparecer.

—Esto…

Debe ser una copia vieja.

Arturo dio un paso adelante.

Le arrebató la escritura.

Leyó una vez.

Después otra.

Su rostro perdió color.

—No puede ser…

Elena inclinó ligeramente la cabeza.

—Claro que puede.

Cuando compramos la casa, tú mismo insististe en ponerla a mi nombre.

Decías que los bancos te complicaban los créditos de la empresa.

Durante años olvidaste ese pequeño detalle.

Karla levantó la voz.

—¡Entonces se cambia!

—No es tan sencillo.

Contestó Elena.

—Además…

Sacó otra hoja.

—Aquí está el régimen matrimonial.

Separación de bienes.

La expresión de Karla cambió por completo.

Arturo guardó silencio.

Por primera vez desde que ella había llegado…

No sabía qué decir.

En ese momento aparecieron los dos nietos desde la casa de la vecina.

Sofía corrió hacia Elena.

—¿Abuela?

Mateo la abrazó por la cintura.

Elena les acarició el cabello.

—Todo está bien.

Karla señaló las cajas.

—Entonces llévate tus cosas y nosotros nos iremos después.

Elena negó con tranquilidad.

—No.

Las cajas se quedan.

—¿Qué?

—Porque yo no me voy a ninguna parte.

La que entró en esta casa sin invitación fuiste tú.

No yo.

El rostro de Karla enrojeció.

—¡Arturo!

Él seguía mirando la escritura.

Como si la viera por primera vez.

Entonces el teléfono de Elena comenzó a sonar.

Era el abogado de Ciudad de México.

Ella observó la pantalla unos segundos.

Contestó.

—Buenas tardes, licenciado.

La voz del abogado se escuchó incluso desde donde estaban Arturo y Karla.

—Señora Salgado, solo le llamo para confirmar que mañana a las diez de la mañana se hará la lectura formal del testamento de la señora Beatriz del Valle.

Toda la documentación del patrimonio ya está lista.

Elena respondió con serenidad.

—Ahí estaré.

Colgó.

Guardó nuevamente el teléfono.

Karla soltó una risa nerviosa.

—¿Qué patrimonio?

—Nada que les preocupe.

Respondió Elena.

Pero Arturo ya no podía apartar los ojos del bolso donde ella acababa de guardar el celular.

Algo en el tono del abogado…

Y en la forma en que había dicho “patrimonio”…

Le hizo comprender que aquella carpeta que Elena seguía protegiendo dentro del bolso era mucho más importante que una simple escritura.

Y mientras Karla seguía creyendo que todo se resolvería con otra discusión…

Arturo empezaba a sospechar que acababa de cometer el error más caro de toda su vida.

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