Diego dio dos pasos hacia mí antes de que pudiera tocar el tablero eléctrico.
—Mariana, no hagas tonterías.
Lo miré con una calma que él nunca me había visto.
—Tranquilo. No voy a dejar a nadie sin luz.
Aparté la mano del interruptor.
No necesitaba apagar la electricidad.
Lo que estaba a punto de apagarse era mucho más importante.
Tomé la maleta.
Crucé la sala.
Antes de salir, dejé una sola frase.
—Mañana, a las diez, llegará mi abogado.
Doña Teresa soltó una carcajada.
—¿Tu abogado? ¿Para qué? ¿Para reclamar los trastes que nunca lavaste?
No respondí.
Cerré la puerta detrás de mí.
Aquella noche dormí en un hotel pequeño cerca de mi oficina.
No lloré.
Abrí la carpeta azul que llevaba años guardando en una caja de seguridad del banco.
Dentro estaba la escritura original de la casa.
También estaban los comprobantes de las transferencias con las que pagué la remodelación, las ampliaciones y la liquidación anticipada de la hipoteca.
Pero había un documento más.
El que Diego nunca había leído.
A la mañana siguiente, exactamente a las diez, el licenciado Armando Rivas llamó a la puerta de la casa de la Narvarte.
Doña Teresa abrió con expresión de fastidio.
—¿Qué se le ofrece?
El abogado mostró su identificación.
—Vengo en representación de la señora Mariana Salgado.
Diego apareció desde el comedor.
—¿Qué está pasando?
Armando abrió su portafolio.
—He venido a entregar una notificación formal.
Diego tomó el documento.
Lo leyó una vez.
Luego otra.
Su rostro perdió el color.
—Esto… esto no puede ser.
—¿Qué ocurre? —preguntó doña Teresa, arrebatándole las hojas.
Leyó apenas el encabezado.
“Requerimiento de entrega voluntaria del inmueble.”
—¿Entrega de qué inmueble?
Armando habló con absoluta tranquilidad.
—De esta vivienda.
Doña Teresa soltó una risa incrédula.
—Esta casa es de mi hijo.
El abogado negó lentamente.
—No, señora.
Sacó la escritura original.
—La propiedad figura inscrita exclusivamente a nombre de la señora Mariana Salgado desde hace cinco años.
El silencio cayó sobre el comedor.
Diego abrió mucho los ojos.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Armando colocó otro documento sobre la mesa.
—Cuando el señor Diego Valdés atravesó problemas financieros, fue la señora Mariana quien liquidó el crédito pendiente.
Se realizó una compraventa debidamente inscrita en el Registro Público de la Propiedad.
Diego miró desesperado a su madre.
Ella negó con la cabeza.
—Nunca nos dijo nada.
—Porque nunca preguntaron —respondió el abogado.
Sacó entonces una carpeta aún más gruesa.
—Hay además un convenio privado firmado por el señor Diego.
Diego sintió un vuelco en el estómago.
Reconoció inmediatamente su firma.
—¿Qué dice eso?
Armando leyó despacio.
—”Mientras la señora Mariana Salgado permita gratuitamente el uso de la vivienda, los ocupantes deberán respetar su posesión pacífica y abstenerse de cualquier acto de hostigamiento o limitación del uso del inmueble.”
Levantó la vista.
—Entre esos actos se incluyen impedir el acceso a los servicios básicos o crear un ambiente de intimidación.
Doña Teresa dejó caer los papeles.
—¿Está diciendo que…?
—Que la señora Mariana tiene pleno derecho a revocar el préstamo gratuito de la vivienda.
El abogado guardó silencio unos segundos antes de concluir.
—Y, desde ayer por la tarde, ese permiso ha quedado formalmente cancelado.
Diego sintió que las piernas le temblaban.

—¿Cuánto tiempo tenemos?
Armando cerró la carpeta.
—Treinta días para entregar la casa en perfecto estado.
Después añadió una frase que terminó de derrumbar toda la seguridad con la que habían tratado a Mariana durante años.
—Por cierto… todas las mejoras que ustedes disfrutan hoy —el aire acondicionado, la cocina, la instalación eléctrica, la lavandería y los sistemas de climatización— también fueron adquiridos exclusivamente por mi clienta y constan en las facturas que obran en el expediente.
Doña Teresa recordó el interruptor que había bajado el día anterior.
Y comprendió, demasiado tarde, que había llamado “mantenida” a la única persona que realmente sostenía aquella casa.