A la mañana siguiente regresé.
No iba sola.
Dos abogados caminaban a mi lado.
Uno llevaba un maletín negro.
El otro sostenía varias carpetas con separadores de colores.
Cuando Patricia abrió la puerta y los vio, sonrió con desprecio.
—¿Ahora vienes con abogados?
Entré sin pedir permiso.
—Sí.
—Porque hablar con ustedes ya no sirve de nada.
Mark apareció desde la cocina.
Todavía llevaba la taza de café en la mano.
—Elena, estás exagerando.
Uno de los abogados dejó una carpeta sobre la mesa.
—Buenos días.
—Representamos legalmente a la señora Elena Brooks.
Nicole dejó escapar una risa.
—¿Nos va a demandar por un testamento que ni siquiera vale?
No respondí.
El abogado abrió la primera carpeta.
—No hemos venido por el testamento.
—Hemos venido por esta propiedad.
Patricia frunció el ceño.
—¿Qué tiene esta casa?
El abogado deslizó una copia de la escritura.
—Según el Registro de la Propiedad, esta vivienda pertenece a la sociedad Brooks Development desde hace nueve años.
Patricia soltó una carcajada.
—Eso es imposible.
—Esta casa es nuestra.
El abogado continuó hablando con absoluta calma.
—Hace cuatro años, cuando la familia Reynolds enfrentó graves problemas económicos, Brooks Development compró el inmueble y firmó un contrato de ocupación con opción de recompra.
Mark empezó a ponerse pálido.
Él sí conocía esa historia.
Solo que nunca imaginó que yo también.
Patricia giró hacia su hijo.
—¿Qué está diciendo?
Mark bajó lentamente la cabeza.
—Mamá…
—La casa… sí se vendió.
Ella retrocedió un paso.
—¿Qué?
—Papá la vendió para pagar las deudas del negocio.
Nicole abrió mucho los ojos.
—¿Entonces por qué seguimos viviendo aquí?
Respiré profundamente.
Había llegado el momento.
Saqué otro documento.
—Porque quien compró la casa fue mi padre.
El silencio fue absoluto.
—Durante todos estos años solo pagaron un alquiler simbólico.
—Muy por debajo del valor de mercado.
Patricia negó una y otra vez.
—No…
—Eso no puede ser.
Le mostré el contrato.
En la última página aparecía la firma de su difunto esposo.
Y la de mi padre.
Ambas certificadas por notario.
Patricia sintió que las piernas dejaban de sostenerla.
Se dejó caer en una silla.
—Mark…
—¿Lo sabías?
Él tardó varios segundos en responder.
Finalmente asintió.
—Sí.
—Papá me lo contó antes de morir.
Nicole lo miró con incredulidad.
—¿Y nunca dijiste nada?
Mark cerró los ojos.
—Porque tenía miedo de que mamá no lo soportara.
Patricia comenzó a llorar.
Pero yo ya no sentía compasión.
No después del testamento.
No después de intentar repartir mi apartamento, mi automóvil y las joyas de mi madre como si fueran objetos olvidados en un cajón.
Mi abogado abrió la última carpeta.
—La señora Brooks ha decidido no renovar el contrato de ocupación.
Patricia levantó la cabeza de golpe.
—¿Qué significa eso?
—Que disponen de treinta días para desalojar voluntariamente la vivienda.
Nicole se puso de pie de un salto.
—¡No puedes echarnos!
La miré con serenidad.
—Curioso.
—Ayer querías quedarte con mi apartamento.
—Hoy descubres que ni siquiera esta casa era realmente tuya.
Mark caminó lentamente hacia mí.
—Elena…
—Podemos hablar.
Negué con suavidad.
—Llevé tres años hablando.
—Ustedes solo empezaron a escuchar cuando aparecieron los documentos.
Saqué una pequeña caja de terciopelo de mi bolso.
La abrí.
Dentro estaban las joyas que mi madre me había regalado el día de mi boda.
Las observé unos segundos.
Después la cerré.
—Mi madre me dijo una vez que una mujer siempre debía conservar tres cosas.
Todos guardaron silencio.
—Su nombre.
—Su dignidad.
—Y las llaves de aquello que le pertenece.
Metí las llaves del Mercedes en el bolso.
Guardé también las del apartamento.
Luego tomé las llaves de aquella casa.
Las dejé sobre la mesa, delante del abogado.
—Cuando termine el plazo, él vendrá a recogerlas oficialmente.
Me dirigí hacia la puerta.
Antes de salir, Patricia habló con una voz completamente rota.

—Elena…
—¿Todo esto por un testamento?
Me detuve solo un instante.
Sin volver la cabeza.
—No.
—Todo esto empezó el día en que dejaron de verme como una persona… y empezaron a verme como una herencia antes de tiempo.
Y esa fue la última vez que crucé aquella puerta como miembro de la familia Reynolds.